UNA SOCIEDAD QUE AVANZA SIN DEJAR A NADIE ATRÁS Una reflexión desde la actualidad que nos lleva hasta la sociedad
Una reflexión a partir del discurso de Christina Koch, Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2026
Hay discursos que nos invitan a mirar más allá de lo que tenemos delante. Nos ayudan a detenernos, a observar nuestra manera de relacionarnos con los demás y a preguntarnos qué responsabilidad tenemos en la sociedad que compartimos.
El discurso de Christina Koch, astronauta de la misión Artemis II y Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2026, es una invitación a reflexionar sobre la humanidad, la convivencia y la responsabilidad colectiva. Sus palabras, vinculadas a una misión que representa el esfuerzo compartido de muchas personas, nos recuerdan que los grandes objetivos no se alcanzan de manera individual: necesitan colaboración, confianza y una voluntad común.
El lema de Artemis II, «Una misión de todos y para todos», permite trasladar esa idea más allá de la exploración espacial. Porque, aunque no todas las personas participemos en una misión a la Luna, todas formamos parte de una misma sociedad. Compartimos espacios, derechos, responsabilidades y un futuro en cuya construcción intervenimos, de una manera u otra, a través de nuestras decisiones cotidianas.
Christina Koch lo expresó con una frase especialmente significativa: «No esperen a la próxima misión a la Luna para darse cuenta de que sus semejantes son sus compañeros de tripulación».
No necesitamos viajar al espacio para comprender que dependemos unos de otros. Basta con observar lo que sucede en nuestras familias, nuestros barrios, nuestros centros educativos, nuestros lugares de trabajo y los espacios en los que convivimos. La forma en que tratamos a las personas, las oportunidades que ofrecemos y las barreras que mantenemos también contribuyen a determinar qué sociedad estamos construyendo.
La inclusión también es una responsabilidad compartida
Esta reflexión adquiere una importancia especial cuando hablamos de discapacidad.
Las personas con discapacidad formamos parte de la sociedad, pero nuestra participación no siempre se desarrolla en condiciones de igualdad. Todavía existen barreras físicas, comunicativas, sociales y actitudinales que dificultan el acceso a los espacios, la información, el empleo, la educación, la cultura y la vida comunitaria.
A veces, esas barreras son visibles. Otras veces se encuentran en prejuicios que parecen inofensivos, en decisiones tomadas sin escuchar a las personas afectadas, en la falta de accesibilidad o en actitudes que confunden necesitar apoyos con no tener capacidad para decidir.
Por eso, construir una sociedad inclusiva no puede ser una tarea que recaiga exclusivamente en las personas con discapacidad, sus familias o las entidades que las acompañan. Es una responsabilidad compartida que implica a las administraciones públicas, los profesionales, las organizaciones, las empresas y la ciudadanía.
La inclusión no consiste únicamente en permitir que alguien esté presente. También requiere que pueda participar, expresarse, tomar decisiones, ejercer sus derechos y formar parte de la comunidad en condiciones de dignidad e igualdad.
Para conseguirlo, necesitamos aprender a mirar más allá de nuestras propias experiencias. Escuchar a quienes encuentran obstáculos diferentes de los nuestros nos ayuda a comprender realidades que quizá desconocíamos y a reconocer que una sociedad no puede considerarse plenamente inclusiva mientras parte de sus integrantes encuentre dificultades evitables para participar en ella.
Elegir el mundo en el que queremos vivir
Otra de las ideas del discurso de Christina Koch invita a pensar en la sociedad que construimos a través de nuestras acciones más cotidianas. La posibilidad de elegir el mundo en el que queremos vivir no se limita a los grandes acontecimientos ni a las decisiones extraordinarias. También se manifiesta en cada interacción y en cada calle, en la manera de dirigirnos a otras personas, de responder ante una injusticia o de actuar cuando observamos una barrera.
Podemos contribuir a una convivencia más respetuosa cuando escuchamos sin juzgar, cuando cuestionamos un prejuicio, cuando no hablamos en nombre de quienes pueden expresar su propia experiencia y cuando procuramos que nuestros espacios y nuestras comunicaciones sean accesibles.
También podemos hacerlo cuando reconocemos que las personas no necesitan ser iguales para tener los mismos derechos, que recibir apoyos no elimina la autonomía y que la diversidad forma parte de la realidad humana.
Son gestos cotidianos, pero no por ello insignificantes. La manera en que nos relacionamos puede reforzar la exclusión o ayudar a transformarla. Y, aunque una sola acción no resuelva todas las desigualdades, nuestras decisiones sí pueden contribuir a que determinadas barreras dejen de normalizarse.
La convivencia y la inclusión se construyen precisamente ahí: en la relación entre nuestros valores y aquello que hacemos cada día.
Soñar sinceramente también significa asumir responsabilidades
Durante el discurso de entrega de los premios, el rey Felipe VI evocó una frase de Jorge Luis Borges que también invita a reflexionar sobre el significado de crear:
«Escribir es soñar, y uno tiene que tratar de soñar sinceramente».
Para mí, esta idea de soñar y crear está relacionada con nuestra responsabilidad en la construcción del mundo en el que vivimos. No somos simples espectadores de la sociedad que nos rodea. Con nuestras decisiones, nuestras actitudes, nuestras palabras y nuestra manera de relacionarnos contribuimos a darle forma. Por eso, imaginar un mundo mejor no debería quedarse en un deseo: también implica preguntarnos qué podemos hacer para acercarnos a él.
Esa responsabilidad no termina en nuestro presente. El mundo que construimos hoy será el mundo en el que crecerán las nuevas generaciones. Lo que normalizamos, las barreras que decidimos mantener o eliminar, los prejuicios que transmitimos y las oportunidades que ofrecemos influyen en la sociedad que heredarán.
Tenemos la responsabilidad de procurar que encuentren un mundo más accesible, respetuoso e inclusivo, pero también de dejar espacio para que puedan cuestionarlo, transformarlo y construirlo desde su propia mirada. No se trata de decidir por ellas cómo debe ser el futuro, sino de contribuir a que dispongan de más oportunidades para imaginarlo y hacerlo posible.
Desde mi perspectiva, esta reflexión conecta directamente con la discapacidad. No basta con desear una sociedad inclusiva si seguimos reproduciendo actitudes que limitan la autonomía, la participación o los derechos de algunas personas. Necesitamos revisar lo que hacemos hoy para que las próximas generaciones no tengan que seguir enfrentándose a barreras que ya conocemos y que podemos empezar a cambiar.
Soñar sinceramente implica reconocer la distancia que puede existir entre la sociedad que tenemos y la que nos gustaría construir. Crear significa asumir que también tenemos una parte de responsabilidad para reducir esa distancia. Y hacerlo requiere algo más que buenas intenciones: necesita compromiso, escucha, aprendizaje y acciones concretas.
Comunicar para abrir espacios y cambiar miradas
Esta forma de entender nuestra responsabilidad es también una de las razones de ser de Viviendo a través de la Parálisis Cerebral (VPC) como proyecto de comunicación social.
VPC nació desde mi experiencia personal con la parálisis cerebral, pero su propósito no se limita a contar una historia individual. A través de la comunicación, busca visibilizar realidades, compartir experiencias, ofrecer información y generar conciencia sobre la discapacidad y otras cuestiones sociales que nos afectan como sociedad.
Para mí, comunicar no significa hablar por todas las personas ni pretender representar experiencias que no son propias. Significa reconocer que existen muchas realidades que merecen ser escuchadas y contribuir a que encuentren espacios en los que puedan expresarse en primera persona.
La comunicación puede ayudarnos a cuestionar ideas preconcebidas, comprender necesidades que desconocíamos y reflexionar sobre las barreras que, en ocasiones, hemos aprendido a considerar normales. También puede acercarnos a experiencias diferentes de la nuestra y recordarnos que detrás de cada realidad hay personas con historias, decisiones, capacidades, necesidades y formas propias de entender el mundo.
Por eso, la frase de Borges adquiere para mí un significado que va más allá de la escritura. Soñar sinceramente también es atrevernos a imaginar una sociedad distinta sin perder de vista la realidad que queremos transformar. Y crear, desde la comunicación, es buscar maneras de compartir esa mirada, abrir conversaciones y contribuir a que otras personas también puedan cuestionar lo establecido.
Las palabras, por sí solas, no eliminan las desigualdades ni derriban todas las barreras. Sin embargo, pueden ayudarnos a identificarlas, ponerlas en cuestión y comprender por qué es necesario actuar. Cuando la comunicación se acompaña de escucha, responsabilidad y compromiso, puede convertirse en una herramienta para generar conciencia y favorecer cambios en nuestra manera de mirar y relacionarnos.
Ese es uno de los sentidos que encuentro en VPC: utilizar la comunicación para acercar realidades, promover una reflexión compartida y contribuir, desde nuestras posibilidades, a una sociedad más consciente e inclusiva.
El mundo que compartimos también es el que dejamos
La imagen de la Tierra como un pequeño «bote salvavidas azul eléctrico», evocada en el discurso de Christina Koch, nos recuerda nuestra condición compartida. Vivimos en un mismo planeta y, aunque nuestras circunstancias, oportunidades y experiencias sean distintas, nuestras vidas están conectadas.
Reconocerlo no significa ignorar las desigualdades ni pensar que todas las personas partimos del mismo lugar. Al contrario: implica comprender que la convivencia requiere atender esas diferencias, eliminar obstáculos injustos y procurar que nadie quede al margen por motivos que pueden y deben cambiarse.
La responsabilidad colectiva comienza cuando dejamos de pensar que determinados problemas solo afectan a quienes los experimentan directamente. La accesibilidad no beneficia únicamente a las personas con discapacidad; una comunicación comprensible puede facilitar la participación de muchas personas; y una sociedad que respeta la autonomía y los derechos de cada individuo ofrece mejores condiciones para convivir.
También comienza cuando comprendemos que nuestras decisiones tienen consecuencias que van más allá del momento presente. Las actitudes que transmitimos, los espacios que diseñamos, las historias que contamos y las voces que decidimos escuchar contribuyen a construir la sociedad que las nuevas generaciones recibirán.
No podemos controlar por completo cómo será ese futuro, ni decidir por quienes tendrán que vivirlo. Pero sí podemos responsabilizarnos de la parte que nos corresponde en el presente. Podemos procurar no transmitir prejuicios como si fueran verdades, no mantener barreras que sabemos que excluyen y no cerrar espacios a quienes pueden aportar otras perspectivas.
Quizá no todas las personas compartamos la misma idea de un mundo mejor. Precisamente por eso, necesitamos escucharnos, dialogar y construir respuestas que tengan en cuenta la diversidad de experiencias y necesidades. Un futuro más inclusivo no se crea imponiendo una única mirada, sino permitiendo que muchas personas puedan participar en su construcción.
Una misión que continúa cada día
El discurso de Christina Koch nos invita a recordar que nuestros semejantes son nuestros compañeros de tripulación. Para mí, esa idea también puede aplicarse a la sociedad que compartimos: no basta con reconocer que viajamos en el mismo mundo; necesitamos preguntarnos cómo queremos convivir en él y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo.
Desde VPC, quiero seguir contribuyendo a esa reflexión mediante la comunicación social, dando espacio a experiencias diversas, compartiendo información y promoviendo una mirada más respetuosa hacia la discapacidad y las diferentes realidades que forman parte de nuestra sociedad.
No porque la comunicación pueda resolverlo todo, ni porque una persona o un proyecto tengan todas las respuestas, sino porque considero que comprender mejor la realidad es un paso importante para poder transformarla.
La sociedad que queremos no se construye únicamente con grandes gestos ni con promesas de futuro. También se construye en el presente, en nuestras decisiones, en nuestras relaciones y en la disposición a revisar aquello que podemos hacer de otra manera.
Soñar es imaginar el mundo que queremos. Crear es asumir la responsabilidad de contribuir a hacerlo posible. Y comunicar es abrir caminos para que esa transformación también alcance a las nuevas generaciones.
Porque no somos únicamente quienes vivimos en el mundo de hoy. También somos responsables, dentro de nuestras posibilidades, del mundo que estamos ayudando a construir para quienes vendrán después.
Y quizá esa sea una de las formas más sinceras de soñar: no conformarnos con imaginar una sociedad mejor, sino contribuir a que las personas que la habiten tengan más oportunidades para vivir, participar y construirla desde su propia mirada.

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