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Cuando cumplir años también puede significar enfrentarse a nuevas barreras: edad, tecnología e inclusión digital



1 de octubre. Día Internacional de las Personas Mayores.

Cumplir años debería significar muchas cosas.

Significar haber vivido.

Haber aprendido.

Haber acumulado experiencias, recuerdos, relaciones, conocimientos y también nuevas formas de mirar la vida.

Pero vivimos en una sociedad que cambia muy deprisa. Y uno de esos cambios que más ha transformado nuestra manera de relacionarnos con el mundo es, sin duda, la tecnología.

Hoy muchas de las cosas que antes hacíamos de manera presencial se hacen desde una pantalla.

Pedimos una cita médica por Internet. Hacemos una transferencia desde el móvil. Consultamos una factura. Sacamos una entrada. Buscamos información. Hablamos con alguien que está lejos. Realizamos una gestión administrativa. Accedemos a determinados servicios.

La tecnología puede facilitarnos muchísimo la vida.

Puede acercarnos.

Puede darnos autonomía.

Puede abrirnos oportunidades.

Puede permitirnos estar conectados incluso cuando físicamente estamos lejos.

Pero hay una pregunta que quizá deberíamos hacernos más a menudo

¿Facilitamos realmente la vida de todas las personas cuando digitalizamos nuestra sociedad?

Porque no todas las personas parten del mismo lugar.

Y tampoco todas necesitan lo mismo.

Envejecer no significa dejar de aprender

Cuando hablamos de personas mayores y tecnología, todavía aparecen demasiados estereotipos.

Como si cumplir años significara automáticamente dejar de aprender.

Como si una persona mayor no pudiera interesarse por la tecnología.

Como si no pudiera aprender a utilizar una aplicación, hacer una videollamada, utilizar las redes sociales o descubrir nuevas herramientas.

Y no.

La edad no determina por sí sola nuestra capacidad para seguir aprendiendo.

Una persona puede necesitar más tiempo para familiarizarse con algo que nunca había utilizado.

Puede necesitar que se lo expliquen de una manera diferente.

Puede necesitar practicar.

Puede necesitar acompañamiento.

Y eso no significa que no pueda aprender.

Quizá el problema esté en que hemos construido muchas herramientas pensando en que todas las personas tienen que adaptarse rápidamente a ellas.

Y cuando alguien no consigue hacerlo al mismo ritmo, tendemos a pensar que el problema está en esa persona.

¿Y si no fuera así?

¿Y si también tuviéramos que preguntarnos cómo estamos diseñando aquello que queremos que utilice?

Porque una tecnología puede ser muy avanzada y, al mismo tiempo, resultar difícil de utilizar.

Puede tener muchas funciones y ser poco intuitiva.

Puede permitir hacer muchísimas cosas y no explicar bien cómo hacerlas.

Puede ser digital y, sin embargo, no ser accesible.

Y aquí aparece la brecha digital.

La brecha digital es mucho más que tener o no tener Internet

Durante mucho tiempo hemos pensado en la brecha digital principalmente como una cuestión de acceso.

Tener ordenador.

Tener teléfono.

Tener conexión a Internet.

Pero hoy la realidad es bastante más compleja.

Puedes tener un móvil y no saber utilizar una determinada aplicación.

Puedes tener Internet y no comprender un trámite.

Puedes tener un ordenador y encontrarte con una página que no es accesible.

Puedes disponer de una conexión y no tener los conocimientos suficientes para desenvolverte con seguridad en el entorno digital.

Incluso puedes saber utilizar la tecnología y encontrarte con que el sistema que necesitas utilizar no está pensado para tus necesidades.

Por eso, la brecha digital también tiene que ver con los conocimientos, la accesibilidad, la comprensión, los recursos, los apoyos y las posibilidades reales de participación.

La Organización Mundial de la Salud ha señalado precisamente que las desigualdades digitales no afectan únicamente al acceso a dispositivos o conexión, sino también a la alfabetización digital y a que los servicios estén realmente adaptados a las diferentes necesidades de las personas. (Organización Mundial de la Salud)

Y esto es especialmente importante cuando hablamos de servicios esenciales.

Porque si una persona no puede utilizar una aplicación para entretenerse, quizá pierda una posibilidad.

Pero si no puede utilizar un sistema digital para acceder a un servicio sanitario, realizar una gestión administrativa o comunicarse con una institución, estamos hablando de algo mucho más serio.

Estamos hablando de participación social y acceso a derechos.

Ayudar no debería significar decidir por otra persona

Aquí hay algo que, desde mi propia experiencia con la discapacidad, me resulta especialmente importante.

Necesitar apoyo no significa dejar de tener capacidad para decidir.

Y creo que esto también podemos trasladarlo a muchas otras realidades.

Una persona mayor puede necesitar ayuda para aprender a utilizar una aplicación.

Pero ayudarla no debería significar coger el teléfono y hacerlo todo por ella sin explicarle nada.

Puede ser mucho más útil sentarnos a su lado, tener paciencia, explicar los pasos, repetirlos si hace falta y permitir que sea ella quien vaya descubriendo cómo hacerlo.

Porque existe una diferencia enorme entre:

“Déjamelo, que ya lo hago yo”.

y

“Vamos a hacerlo juntos hasta que puedas hacerlo tú”.

La primera frase puede resolver una necesidad inmediata.

La segunda puede contribuir a mantener la autonomía.

Y la autonomía no significa necesariamente hacerlo todo sin ayuda.

Para mí, la autonomía también significa poder decidir qué quiero hacer, cómo quiero hacerlo y qué apoyos necesito para conseguirlo.

Eso también es autonomía.

Eso también es inclusión.

Pero la brecha digital no tiene una única edad

Y aquí es donde esta reflexión deja de hablar únicamente de las personas mayores.

Porque cuando hablamos de brecha digital, podemos descubrir muchas otras realidades.

Una persona con discapacidad puede encontrarse con una herramienta que no funciona correctamente con su tecnología de apoyo.

Una persona con dificultades de comprensión puede encontrarse con instrucciones demasiado complejas.

Una persona con dificultades de lectura puede encontrarse ante formularios difíciles de entender.

Una persona con pocos recursos económicos puede no disponer de un dispositivo adecuado o de una conexión estable.

Una persona migrante puede encontrarse con barreras relacionadas con el idioma o con sistemas administrativos difíciles de comprender.

Una persona que vive en un entorno rural puede encontrarse con problemas de conectividad o con una menor disponibilidad de determinados servicios.

Una persona que vive sola puede no tener a quién acudir cuando algo se complica.

Y seguro que existen muchas otras situaciones que ahora mismo ni siquiera estamos nombrando.

Porque hay realidades que conocemos.

Y hay otras que todavía no vemos.

Eso también forma parte de la inclusión: reconocer que nuestra mirada siempre es parcial.

Desde VPC puedo hablar de la discapacidad porque forma parte de mi experiencia.

Puedo hablar de las barreras que conozco.

Puedo contar lo que significa vivir con una realidad que muchas veces ha sido observada desde fuera en lugar de ser escuchada desde dentro.

Pero eso no significa que pueda hablar por todas las personas con discapacidad.

Y mucho menos por otros colectivos.

Por eso, cuando VPC amplía su mirada hacia otras realidades sociales, para mí hay una premisa que debe mantenerse:

visibilizar no significa apropiarse de una voz que no es la nuestra.

Significa abrir espacio.

Escuchar.

Aprender.

Dar visibilidad cuando corresponde.

Compartir experiencias.

Preguntar.

Y permitir que sean las propias personas protagonistas de cada realidad quienes también puedan contarla.

Porque dentro de cualquier colectivo existe diversidad.

No todas las personas mayores viven igual.

No todas las personas con discapacidad necesitan los mismos apoyos.

No todas las personas migrantes tienen las mismas experiencias.

No todas las personas que viven una situación de vulnerabilidad necesitan las mismas respuestas.

La diversidad también existe dentro de la diversidad.

A veces las barreras se acumulan

Y hay otra cuestión que me parece fundamental.

Las personas no vivimos nuestras circunstancias por separado.

Una persona puede ser mayor y tener una discapacidad.

Puede tener una discapacidad y vivir sola.

Puede vivir sola y tener dificultades económicas.

Puede necesitar apoyos y, además, encontrarse con un entorno digital poco accesible.

Cuando varias circunstancias se cruzan, una dificultad aparentemente pequeña puede convertirse en una barrera enorme.

Por eso creo que no basta con mirar una característica de una persona y decidir qué necesita.

Tenemos que mirar a la persona completa.

Su historia.

Su entorno.

Sus capacidades.

Sus necesidades.

Sus apoyos.

Sus circunstancias.

Y también aquello que quiere hacer con su propia vida.

Porque una etiqueta nunca puede explicar por completo a una persona.

Y esto también tiene mucho que ver con la forma en la que hablamos de las personas mayores.

No son solamente personas que han cumplido determinada edad.

Son personas con proyectos.

Con deseos.

Con opiniones.

Con conocimientos.

Con relaciones.

Con decisiones que tomar.

Con cosas que seguir aprendiendo.

Con cosas que seguir aportando.

La propia ONU destaca en 2026 la importancia de que las personas mayores puedan continuar participando de manera significativa en la sociedad, con elección, seguridad y dignidad, dentro de una realidad en la que vivimos cada vez más años. (Naciones Unidas)

Por eso quizá deberíamos dejar de mirar el envejecimiento solamente desde aquello que se pierde.

También deberíamos mirar todo aquello que permanece.

Y todo aquello que todavía puede construirse.

Una tecnología accesible puede beneficiar a muchas personas

Cuando hablamos de accesibilidad digital solemos pensar, con razón, en las personas con discapacidad.

Pero una herramienta accesible puede beneficiar a muchísimas personas diferentes.

Una información clara puede ayudar a alguien con dificultades de comprensión, pero también a una persona que utiliza por primera vez ese servicio.

Una letra fácil de leer puede ser importante para una persona con baja visión, pero también para una persona mayor.

Un lenguaje sencillo puede ayudar a alguien que tiene dificultades cognitivas, pero también a quien no domina suficientemente el idioma.

Una navegación sencilla puede facilitar las cosas a una persona con dificultades motoras, pero también a cualquiera que utilice el móvil en determinadas circunstancias.

Y una alternativa presencial puede ser fundamental para algunas personas, pero también puede ser necesaria para cualquiera de nosotros en algún momento de nuestra vida.

Esto nos demuestra algo importante:

la accesibilidad no debería pensarse como una excepción para unas pocas personas.

Debería formar parte de la manera en la que diseñamos nuestro mundo.

Porque cuando hacemos algo más accesible, muchas veces no estamos ayudando únicamente a quienes inicialmente teníamos en mente.

Estamos haciendo que ese entorno sea más humano para más personas.

No todo tiene que ser digital

Hay algo que me preocupa especialmente cuando hablamos de transformación digital.

Que confundamos avanzar con eliminar alternativas.

Digitalizar un servicio puede ser positivo.

Pero convertirlo en exclusivamente digital puede dejar fuera a personas que necesitan otro camino.

No todas las personas pueden utilizar una aplicación.

No todas pueden comprender un trámite digital.

No todas tienen los mismos recursos.

No todas tienen la misma conexión.

No todas cuentan con alguien que pueda ayudarles.

Y no todas deberían tener que demostrar constantemente que son capaces de adaptarse al sistema.

Por eso creo que una sociedad verdaderamente inclusiva debería ser capaz de ofrecer diferentes formas de acceder a una misma posibilidad.

Digital cuando sea útil.

Presencial cuando sea necesario.

Con apoyos cuando hagan falta.

Con información comprensible.

Con accesibilidad.

Con acompañamiento.

Y, sobre todo, respetando la autonomía de cada persona.

Porque el objetivo no debería ser conseguir que todo el mundo haga las cosas exactamente de la misma manera.

El objetivo debería ser que todas las personas puedan participar.

¿Qué podemos hacer nosotros como sociedad?

Quizá esta sea una de las preguntas más importantes.

Porque hablar de brecha digital no consiste únicamente en señalar lo que hacen mal las instituciones, las empresas o quienes diseñan la tecnología.

También tenemos una responsabilidad cotidiana.

Podemos tener paciencia.

Podemos explicar sin ridiculizar.

Podemos acompañar sin infantilizar.

Podemos preguntar antes de hacer algo por otra persona.

Podemos respetar sus tiempos.

Podemos ofrecer ayuda sin imponerla.

Podemos enseñar sin hacer sentir incapaz a quien está aprendiendo.

Podemos recordar que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades para familiarizarse con la tecnología.

Y también podemos mirar más allá de aquello que conocemos.

Porque quizá haya personas a nuestro alrededor que estén viviendo una barrera que nosotros ni siquiera hemos imaginado.

Y escuchar puede ser el primer paso para descubrirla.

Porque nadie sabe qué apoyos necesitará mañana

Hay algo que me gustaría que quedara especialmente claro.

Hablar de inclusión no debería significar hablar de “los demás”.

Porque todos podemos necesitar apoyos en algún momento de nuestra vida.

Podemos envejecer.

Podemos adquirir una discapacidad.

Podemos atravesar una situación económica complicada.

Podemos cambiar de lugar.

Podemos encontrarnos en un entorno desconocido.

Podemos necesitar aprender algo nuevo.

Podemos pasar de ser quienes ayudan a ser quienes necesitan ayuda.

La vida cambia.

Y nuestras necesidades también.

Por eso construir una sociedad accesible no debería verse únicamente como una forma de ayudar a determinados colectivos.

También significa construir la sociedad en la que cualquiera de nosotros podría necesitar vivir algún día.

Una sociedad digital también tiene que ser una sociedad humana

La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria.

Puede acercarnos.

Puede facilitar nuestra vida.

Puede ayudarnos a comunicarnos.

Puede abrir oportunidades.

Puede permitir que determinadas personas tengan más autonomía.

Puede dar visibilidad a realidades que durante mucho tiempo permanecieron ocultas.

Pero solo podrá cumplir todo ese potencial si conseguimos que no se convierta en una nueva forma de exclusión.

Porque detrás de cada pantalla hay una persona.

Una persona con una historia.

Con unas capacidades.

Con unas necesidades.

Con unos apoyos.

Con unas circunstancias.

Con unos sueños.

Y con derecho a participar.

Por eso, quizá la pregunta no sea:

“¿Por qué esta persona no sabe utilizar la tecnología?”

Quizá deberíamos empezar a preguntar:

“¿Qué necesita esta persona para poder utilizarla?”

Y todavía podemos ir un paso más allá:

“¿Qué podemos cambiar para que no tenga que enfrentarse a esta barrera?”

Porque cuando toda la responsabilidad recae sobre la persona, dejamos de mirar el entorno.

Y muchas veces la inclusión empieza precisamente ahí: cuando dejamos de preguntarnos qué tiene que cambiar la persona y empezamos a preguntarnos qué tenemos que cambiar nosotros.

Hoy hablamos de personas mayores.

Pero la reflexión no termina ahí.

Porque detrás de la brecha digital también pueden aparecer la discapacidad, la pobreza, el aislamiento, las dificultades de comprensión, las barreras lingüísticas, el lugar donde vivimos y muchas otras realidades que quizá no siempre vemos.

Y no necesitamos convertirnos en portavoces de todas ellas.

Necesitamos aprender a mirar.

A escuchar.

A dejar espacio.

A reconocer que no todas las personas parten del mismo lugar.

Y a entender que la inclusión no consiste en meter a todo el mundo dentro del mismo molde.

Consiste en construir una sociedad suficientemente flexible como para que las diferentes maneras de vivir tengan un lugar en ella.

Porque la edad cambia.

La tecnología cambia.

Nuestra realidad cambia.

Nosotros también cambiamos.

Pero hay algo que debería acompañarnos siempre:

el derecho a seguir participando, decidiendo, aprendiendo, comunicándonos y formando parte de la sociedad.

Y quizá una sociedad realmente avanzada no sea aquella que utiliza más tecnología.

Quizá sea aquella que consigue que la tecnología avance sin dejar atrás a las personas.

Porque incluir no es hacer que todos encajemos en el mismo mundo.

Es construir un mundo en el que haya espacio para todos.

Y si algo me gustaría que nos lleváramos hoy de esta reflexión es precisamente esto:

no sabemos qué apoyos necesitaremos mañana, pero sí podemos decidir qué sociedad queremos construir para que, cuando los necesitemos, existan.

💜


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Viviendo a través de la Parálisis Cerebral

Un espacio de divulgación social donde la experiencia, el conocimiento y la accesibilidad se unen para comprender la discapacidad y otras realidades invisibilizadas, promoviendo una sociedad más inclusiva, comprometida y humana.

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