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LO QUE NO VES TAMBIÉN IMPORTA DISCAPACIDADES INVISIBLES

 


Una mirada a las realidades que no siempre se perciben a simple vista 

Hay realidades que se reconocen con facilidad y otras que pasan desapercibidas. Algunas discapacidades pueden identificarse por determinados signos físicos, mientras que otras no se aprecian a simple vista. Sin embargo, que una discapacidad no sea visible no significa que no exista, que tenga menos impacto en la vida de una persona o que sus necesidades sean menos importantes.

Con motivo de la Semana de las Discapacidades Invisibles, del 18 al 24 de octubre de 2026, desde Viviendo a través de la Parálisis Cerebral (VPC) queremos dedicar un espacio a esta realidad, que nos invita a reflexionar sobre cómo miramos a los demás, qué entendemos por discapacidad, qué palabras utilizamos para hablar de ella y hasta qué punto nuestros prejuicios pueden convertirse en barreras para otras personas.

La iniciativa internacional Invisible Disabilities Week, promovida por la Invisible Disabilities Association, busca fomentar el conocimiento, la comprensión y el apoyo a las personas que conviven con discapacidades o condiciones que no siempre resultan evidentes para quienes las rodean.

Porque la inclusión también empieza cuando dejamos de dar por hecho que conocemos la realidad de alguien por lo que vemos desde fuera.

¿Qué son las discapacidades invisibles?

El término discapacidades invisibles se utiliza para hablar de discapacidades cuyas manifestaciones, limitaciones o necesidades de apoyo no son fácilmente reconocibles a simple vista.

No constituye una categoría única ni se refiere a una sola condición. Engloba realidades muy diversas que pueden afectar a la salud física, el funcionamiento neurológico, los sentidos, el aprendizaje o la salud mental, entre otros ámbitos.

Algunos ejemplos son determinadas discapacidades orgánicas, enfermedades crónicas que producen limitaciones importantes, el dolor persistente, la fatiga intensa, ciertas condiciones neurológicas, las dificultades sensoriales y algunas discapacidades psicosociales o del aprendizaje.

También hay personas con pérdida auditiva, epilepsia, fibromialgia, esclerosis múltiple, trastornos del neurodesarrollo u otras condiciones cuyas dificultades pueden no ser evidentes para quienes no conocen su situación.

No obstante, es importante precisar que no todas las personas que tienen una enfermedad, un trastorno o una condición de salud tienen necesariamente una discapacidad. Del mismo modo, no todas las discapacidades se manifiestan de forma invisible ni todas las personas que comparten un diagnóstico experimentan las mismas dificultades.

Esta diversidad hace necesario evitar las generalizaciones. Las necesidades de apoyo dependen de las características de cada persona, de cómo se manifiesta su situación y de las condiciones del entorno en el que vive, estudia, trabaja o participa en actividades sociales.

Además, una misma condición puede manifestarse de manera diferente según la persona, el momento del día, su estado de salud o las circunstancias que la rodean.

La discapacidad no siempre se ve, y lo que se ve tampoco permite conocer toda la realidad de una persona.

Discapacidad, enfermedad, patología, trastorno y condición: ¿hablamos de lo mismo?

Para comprender las discapacidades invisibles también es necesario distinguir algunos términos que se utilizan con frecuencia como si significaran lo mismo. Aunque pueden estar relacionados, no son equivalentes y emplearlos de manera imprecisa puede generar confusión.

La discapacidad se relaciona con las dificultades que una persona puede experimentar para desarrollar determinadas actividades o participar en la sociedad cuando interactúan sus características personales con las barreras del entorno. No se explica únicamente por un diagnóstico ni por una limitación individual. La accesibilidad, los apoyos disponibles, las actitudes sociales y las oportunidades de participación también influyen en la experiencia de la discapacidad.

La enfermedad es una alteración del estado de salud que puede afectar al funcionamiento físico o mental de una persona. Algunas enfermedades son temporales y otras crónicas. Pueden provocar discapacidad, pero no todas la generan ni todas las personas que tienen una misma enfermedad experimentan las mismas limitaciones.

La patología es un término relacionado con la enfermedad y con el estudio de las alteraciones del organismo y sus mecanismos. En el lenguaje cotidiano también se utiliza para referirse a una enfermedad concreta o a un proceso patológico. Sin embargo, no es un sinónimo general de discapacidad.

El trastorno hace referencia a una alteración de determinadas funciones, procesos o estructuras, según el ámbito en el que se utilice el término. Se emplea, por ejemplo, en contextos neurológicos, del desarrollo, del aprendizaje o de la salud mental. Tener un trastorno no implica automáticamente tener una discapacidad, aunque en determinadas circunstancias ambos conceptos pueden coincidir.

La condición es una palabra más amplia que puede describir una característica, una situación de salud o una realidad personal. Su significado depende del contexto. Por sí sola, no indica necesariamente que exista una enfermedad, una patología, un trastorno o una discapacidad.

Estas diferencias son importantes porque no todas las discapacidades son enfermedades, patologías o trastornos, y no todas las enfermedades, patologías o condiciones generan una discapacidad. Tampoco todas las personas con una discapacidad tienen las mismas necesidades, ni todas necesitan los mismos apoyos.

La parálisis cerebral, por ejemplo, es una condición neurológica que afecta al desarrollo del movimiento y la postura y puede repercutir de diferentes maneras en la actividad cotidiana. No debe describirse como una enfermedad progresiva, aunque las necesidades de apoyo, las manifestaciones funcionales y algunas complicaciones asociadas pueden cambiar a lo largo de la vida.

Comprender estas distinciones nos ayuda a hablar con mayor precisión, evitar interpretaciones erróneas y reconocer que cada persona tiene una realidad propia que no puede reducirse a una palabra o un diagnóstico.

Las palabras también pueden crear barreras

La forma en que hablamos de la discapacidad influye en cómo la comprendemos y en cómo nos relacionamos con las personas. Las palabras pueden contribuir a reconocer derechos y respetar la dignidad, pero también pueden reproducir prejuicios, transmitir una visión negativa o reducir a alguien a una supuesta incapacidad.

Por eso, en la comunicación social es importante utilizar una terminología respetuosa, precisa y coherente con los derechos de las personas.

La expresión «personas con discapacidad» es una forma adecuada y ampliamente utilizada en el ámbito de los derechos, las políticas públicas y la comunicación institucional. Pone en primer plano a la persona y reconoce la discapacidad como una circunstancia que forma parte de su realidad, sin definirla por completo.

También podemos hablar del colectivo de personas con discapacidad cuando nos referimos al conjunto de personas que comparten determinadas experiencias relacionadas con la discapacidad y con las barreras sociales. Conviene recordar, no obstante, que se trata de un colectivo diverso, con situaciones, preferencias y necesidades diferentes.

Por el contrario, términos como «minusválido», «inválido» o «disminuido» deben evitarse para referirse a las personas, porque pueden transmitir una idea de menor valor, invalidez global o incapacidad generalizada. No describen adecuadamente la diversidad de capacidades, derechos y posibilidades de participación de las personas con discapacidad.

También es importante utilizar con criterio expresiones como «diversidad funcional» o «capacidades diferentes». Algunas personas las emplean porque se sienten más identificadas con ellas, pero no deben utilizarse automáticamente como sustitutos de la palabra discapacidad en todos los contextos.

La expresión «diversidad funcional» puede servir para destacar la diversidad de formas de funcionar de las personas, pero no siempre permite nombrar con suficiente precisión las barreras, las situaciones de discriminación o las necesidades de protección de derechos que afectan a las personas con discapacidad. Por su parte, «capacidades diferentes» es una expresión imprecisa que puede ocultar las dificultades reales y las desigualdades que es necesario abordar.

Nombrar la discapacidad no debería considerarse una falta de respeto. Lo importante es cómo se utiliza el término, en qué contexto y con qué intención, sin reducir a la persona a una etiqueta ni negar las barreras que experimenta.

También debemos tener en cuenta que no existe una única preferencia individual. Algunas personas se identifican con la expresión «persona con discapacidad» y otras prefieren determinadas formas de nombrarse. Escuchar y respetar esa elección es importante, siempre dentro de una comunicación que no reproduzca estereotipos ni vulnere derechos.

Utilizar un lenguaje respetuoso no consiste en buscar palabras que hagan desaparecer la discapacidad de la conversación. Consiste en hablar de ella con naturalidad, rigor y respeto, reconociendo tanto la diversidad de las personas como las barreras que todavía existen.

Cuando la apariencia se convierte en un motivo para juzgar

Imaginemos a una persona que espera sentada en una sala y necesita utilizar un asiento prioritario. Otra persona observa que no presenta ninguna dificultad física aparente y considera que no debería ocupar ese lugar.

O pensemos en alguien que cancela una actividad porque el dolor o el agotamiento le impiden continuar con sus planes. Desde fuera, puede parecer que está poniendo excusas, que ha perdido el interés o que no tiene suficiente voluntad.

También puede ocurrir que una persona necesite más tiempo para procesar información, descansar durante una jornada laboral, adaptar su forma de estudiar o disponer de determinadas condiciones para participar en una actividad.

En estas situaciones, la dificultad no reside únicamente en la condición de salud o en la discapacidad. También aparece cuando el entorno interpreta lo que sucede sin conocer las circunstancias, cuestiona las necesidades de apoyo o exige explicaciones que no siempre deberían ser necesarias.

A veces, estos juicios se apoyan en ideas preconcebidas sobre cómo debe ser una persona con discapacidad, qué actividades debería poder realizar o qué aspecto debería tener. Se presupone que una discapacidad tiene que ser visible, permanente y evidente para que resulte creíble.

Es precisamente ante estas situaciones cuando cobra sentido una frase que nos invita a detenernos antes de juzgar y a considerar lo que puede existir detrás de una experiencia que desconocemos:

«Ven, te presto mis zapatos, para que camines la vereda de mi vida y tal vez puedas comprender. Ven, te presto mis zapatos, vive lo que yo he vivido, y dime si aún te molesta mi proceder».

Ponerse en los zapatos de otra persona es una manera de imaginar, aunque sea por un momento, que detrás de aquello que observamos existe una historia que desconocemos. Nos invita a considerar que lo que desde fuera parece sencillo puede implicar un esfuerzo considerable, que una decisión puede responder a necesidades que no conocemos y que una conducta no siempre puede comprenderse sin tener en cuenta las circunstancias en las que se produce.

En el caso de las discapacidades invisibles, esta reflexión adquiere un significado especial. Una persona puede parecer que se encuentra bien y, al mismo tiempo, convivir con dolor, fatiga, dificultades cognitivas, alteraciones sensoriales u otras limitaciones que no resultan evidentes para quienes la rodean. También puede necesitar apoyos o adaptaciones que no siempre son visibles.

Sin embargo, comprender a otra persona no significa dar por hecho que sabemos cómo se siente ni que podemos experimentar exactamente lo que vive. Cada historia es diferente, y ninguna mirada externa permite conocer por completo la experiencia de alguien. La empatía empieza precisamente cuando reconocemos ese límite y estamos dispuestos a escuchar sin imponer nuestras propias interpretaciones.

No necesitamos haber vivido la misma situación para respetar las necesidades de los demás. Tampoco debemos esperar a comprender todos los detalles de una discapacidad para evitar comentarios que cuestionen, minimicen o deslegitimen la experiencia de otra persona.

La apariencia no permite determinar por sí sola si alguien necesita un asiento prioritario, una adaptación, un descanso o un apoyo específico. Tampoco nos permite saber cuánto esfuerzo requiere una actividad ni qué consecuencias puede tener después.

Las consecuencias de estos prejuicios pueden ir más allá de un comentario desagradable. La incomprensión puede generar aislamiento, inseguridad, conflictos, dificultades para pedir ayuda y obstáculos para participar en la educación, el empleo, el ocio o las relaciones sociales.

Cuando una persona tiene que justificar constantemente sus limitaciones para que los demás las acepten, la vida cotidiana puede convertirse en un esfuerzo añadido.

Por eso, hablar de discapacidades invisibles también significa hablar de respeto, accesibilidad, derechos y responsabilidad social. No se trata de exigir que nos pongamos literalmente en el lugar de los demás para reconocer su realidad, sino de aprender a no juzgar aquello que desconocemos y a respetar las experiencias que no podemos ver desde fuera.

El impacto de tener que demostrar lo que no se ve

Una de las dificultades a las que pueden enfrentarse las personas con discapacidades invisibles es la falta de credibilidad.

Cuando no existen signos externos evidentes, algunas personas pueden encontrarse con preguntas, comentarios o actitudes que ponen en duda su situación. A veces, estas reacciones nacen del desconocimiento; otras veces, de ideas preconcebidas sobre cómo debe comportarse una persona con discapacidad.

Expresiones como «pero si te veo bien», «no parece que tengas nada» o «ayer podías hacerlo» pueden parecer inofensivas para quien las pronuncia. Sin embargo, pueden transmitir desconfianza y minimizar una experiencia que la otra persona conoce mucho mejor que quien la observa.

Estar bien en un momento no significa estarlo siempre. Poder realizar una actividad no implica que resulte fácil, que no tenga consecuencias posteriores o que se pueda repetir sin dificultades.

Tampoco todas las personas desean explicar públicamente su diagnóstico, compartir información médica o justificar cada adaptación que necesitan. La decisión de comunicar información personal corresponde a cada persona, teniendo en cuenta las circunstancias y los requisitos legítimos que puedan existir en determinados procedimientos.

La privacidad forma parte de sus derechos. Pedir respeto no debería exigir una exposición permanente de la propia intimidad.

Es importante comprender que escuchar a alguien no significa tener que conocer todos los detalles de su situación. Significa reconocer que nuestra percepción es limitada y que no podemos determinar las necesidades ajenas únicamente a partir de lo que vemos.

No es necesario conocer el diagnóstico de otra persona para tratarla con respeto. Tampoco debemos exigirle que demuestre su sufrimiento, que exponga sus circunstancias médicas o que revele aspectos de su vida privada para que podamos reconocer que puede necesitar apoyo.

La falta de visibilidad no convierte una necesidad en menos legítima. Lo que no conocemos de la vida de otra persona no deja de existir por el hecho de que no podamos verlo.

La importancia de los apoyos y las adaptaciones

Las necesidades de apoyo pueden ser diferentes en cada persona. Algunas pueden necesitar ajustes en el entorno laboral o educativo; otras, flexibilidad horaria, pausas, adaptaciones sensoriales, accesibilidad comunicativa o cambios en la organización de determinadas actividades.

En ocasiones, una pequeña modificación puede facilitar una participación que, de otro modo, resultaría difícil o imposible.

En el ámbito educativo, por ejemplo, puede ser necesario adaptar los tiempos, las instrucciones o los métodos de aprendizaje. En el empleo, pueden resultar útiles una organización flexible, los descansos necesarios o determinadas adaptaciones del puesto. En los espacios públicos y las actividades sociales, es importante que existan alternativas accesibles y que se respeten las necesidades individuales.

En el ámbito de la comunicación, también pueden ser necesarias instrucciones claras, información en formatos accesibles, subtítulos, apoyos visuales o alternativas para participar sin depender exclusivamente de una única forma de comunicarse.

Estas medidas no deberían entenderse como privilegios ni como ventajas injustificadas. Su finalidad es reducir barreras y favorecer que cada persona pueda ejercer sus derechos y participar en condiciones de igualdad.

No todas las personas necesitan las mismas adaptaciones, y una medida útil para alguien puede no serlo para otra persona. Por eso, las respuestas deben ajustarse a las circunstancias individuales, escuchar a quienes las necesitan y revisar su eficacia cuando sea necesario.

La inclusión no consiste en exigir que todo el mundo se adapte a una única manera de hacer las cosas. Consiste en reconocer la diversidad humana y construir entornos capaces de responder a ella.

¿Qué podemos hacer como sociedad?

La sensibilización sobre las discapacidades invisibles necesita traducirse en actitudes y decisiones cotidianas. No basta con compartir información durante una semana si después seguimos juzgando a las personas sin conocer sus circunstancias.

Podemos empezar por cuestiones concretas.

Escuchar antes de juzgar. No debemos dar por hecho que sabemos lo que otra persona experimenta. Si no comprendemos una situación, podemos preguntar con respeto, siempre que sea oportuno y sin invadir su intimidad.

Utilizar un lenguaje respetuoso y preciso. Las palabras que elegimos influyen en la manera de entender la discapacidad. Conviene evitar términos despectivos, expresiones que reduzcan a una persona a sus limitaciones y conceptos que confundan discapacidad, enfermedad y otras condiciones.

Evitar los comentarios que minimizan las dificultades. Decir que alguien parece estar bien no nos permite concluir que no necesita apoyo. Es preferible reconocer que no conocemos toda su realidad.

Respetar la privacidad. Nadie debería tener que explicar públicamente su diagnóstico o compartir información médica para recibir un trato digno. La información personal debe tratarse con respeto.

Comprender que las necesidades pueden cambiar. La autonomía, la capacidad para realizar determinadas actividades y las necesidades de apoyo pueden variar según las circunstancias. Esa variabilidad no convierte a una persona en menos creíble.

Favorecer entornos accesibles y flexibles. Centros educativos, empresas, administraciones, asociaciones, entidades y espacios de ocio deben tener en cuenta diferentes formas de participar, comunicarse, aprender y desenvolverse.

Dar espacio a las propias personas. Las campañas de sensibilización deben incorporar sus testimonios y perspectivas, sin hablar por ellas ni reducir sus vidas a un diagnóstico. También deben respetar a quienes prefieren no compartir públicamente su experiencia.

Compartir información responsable. Difundir contenidos rigurosos ayuda a desmontar prejuicios, siempre que se eviten las generalizaciones y se respete la diversidad de experiencias.

Revisar nuestras propias ideas. A veces, las barreras no se encuentran únicamente en los espacios físicos o en las normas, sino también en nuestras expectativas sobre lo que una persona puede hacer, cómo debería comportarse o qué aspecto debería tener.

No necesitamos conocer todas las condiciones de salud ni convertirnos en especialistas para contribuir a una convivencia más respetuosa. Sí necesitamos estar dispuestos a aprender, revisar nuestras ideas y comprender que no siempre tenemos toda la información.

La inclusión también se construye en las decisiones cotidianas: cuando escuchamos, cuando respetamos una necesidad que no comprendemos del todo y cuando dejamos de utilizar nuestra experiencia personal como medida para juzgar la de los demás.

Las administraciones y las entidades también tienen una responsabilidad

La inclusión no puede depender exclusivamente de la buena voluntad individual. También requiere medidas que permitan identificar y reducir las barreras que encuentran las personas con discapacidades invisibles.

Las administraciones públicas tienen un papel importante en la promoción de la accesibilidad, la igualdad de oportunidades y la atención a las necesidades de apoyo. Esto implica impulsar campañas de sensibilización, facilitar el acceso a los recursos, favorecer la coordinación entre servicios y promover entornos educativos, laborales, sanitarios y comunitarios inclusivos.

También es importante que la información sobre derechos, prestaciones, recursos y procedimientos sea clara y accesible, y que las personas puedan conocer las opciones disponibles sin enfrentarse a barreras comunicativas o administrativas evitables.

Las asociaciones, fundaciones y otras entidades sociales pueden contribuir mediante actividades informativas, espacios de encuentro, acompañamiento, orientación y acciones de defensa de derechos. También pueden ayudar a que las personas compartan sus experiencias si desean hacerlo y a que sus necesidades lleguen a quienes diseñan los servicios y las políticas públicas.

Los centros educativos y las empresas, por su parte, pueden revisar sus prácticas para detectar barreras que pasan desapercibidas: procedimientos demasiado rígidos, falta de flexibilidad, dificultades de comunicación o criterios que no contemplan distintas necesidades.

Las entidades que trabajan con personas en situación de vulnerabilidad también pueden contribuir a identificar necesidades que no siempre se expresan de manera evidente. Para ello, resulta fundamental observar sin prejuzgar, escuchar sin imponer y facilitar que cada persona participe en las decisiones que afectan a su vida.

Estas actuaciones deben desarrollarse escuchando a las personas afectadas y contando con su participación en las decisiones que les conciernen.

No se trata de decidir por ellas qué necesitan, sino de facilitar que puedan expresar sus preferencias, solicitar los apoyos adecuados y participar en igualdad de condiciones.

La responsabilidad colectiva consiste tanto en responder a las necesidades existentes como en prevenir que las barreras se mantengan por desconocimiento, falta de recursos o ausencia de participación.

La discapacidad también forma parte de realidades diversas

Las discapacidades invisibles nos recuerdan que no siempre podemos conocer las necesidades de una persona a partir de su apariencia. Esta reflexión también es importante cuando hablamos de discapacidades que pueden resultar más reconocibles desde el exterior.

La parálisis cerebral forma parte de la realidad desde la que nace Viviendo a través de la Parálisis Cerebral. En muchas personas puede ser reconocible por sus manifestaciones relacionadas con el movimiento, la postura o la coordinación. Sin embargo, tampoco en este caso una apariencia determinada permite conocer todas las capacidades, dificultades, necesidades o circunstancias personales.

La parálisis cerebral es una condición neurológica que afecta al desarrollo del movimiento y la postura y puede tener repercusiones muy diferentes en cada persona. No es una enfermedad progresiva, aunque las necesidades de apoyo, la funcionalidad y algunas complicaciones asociadas pueden cambiar con el paso del tiempo.

Algunas personas con parálisis cerebral necesitan apoyos importantes para realizar actividades cotidianas; otras tienen necesidades diferentes. Puede haber dificultades relacionadas con el movimiento, la comunicación, la alimentación u otras actividades, pero estas no aparecen de la misma forma en todas las personas. Tampoco es posible deducir las capacidades de razonamiento, los intereses, las preferencias o los proyectos de alguien únicamente por su forma de moverse o comunicarse.

Cada persona tiene su propia historia y su manera de vivir la discapacidad.

Algo similar ocurre con otras condiciones: una persona puede desenvolverse de manera autónoma en determinadas situaciones y necesitar apoyos en otras. Puede realizar una actividad un día y no tener fuerzas para repetirla al siguiente. Puede participar en una conversación con normalidad y experimentar, al mismo tiempo, dolor, fatiga o dificultades que las demás personas desconocen.

Incluso hay necesidades de apoyo que solo aparecen en determinados contextos. Un entorno accesible puede facilitar la participación, mientras que otro, con barreras físicas, sensoriales, comunicativas o sociales, puede dificultarla considerablemente.

Por eso, no debemos confundir lo que una persona puede hacer en un momento concreto con todo lo que puede hacer, ni utilizar una experiencia individual para establecer cómo deberían desenvolverse las demás.

Reconocer la diversidad significa aceptar que las capacidades y las necesidades no siempre son visibles, constantes ni iguales para todo el mundo.

Desde Viviendo a través de la Parálisis Cerebral, hablar de discapacidad también implica reconocer que existen muchas realidades diferentes, que ninguna persona puede representar por sí sola a todo un colectivo y que cada experiencia merece ser escuchada en sus propios términos.

VPC nace de una experiencia personal, pero su mirada se extiende a otras realidades sociales. No pretende ocupar todas las voces ni hablar en nombre de quienes tienen experiencias distintas. Busca abrir espacios de comunicación, compartir información, plantear preguntas y contribuir a una sociedad más consciente de las barreras que afectan a las personas.

Porque visibilizar no significa hablar por los demás. También significa escuchar, preguntar cuando corresponde y facilitar que cada persona pueda contar su propia historia si así lo desea.

Visibilizar no significa obligar a mostrarse

Cuando hablamos de discapacidades invisibles, es importante recordar que cada persona tiene derecho a decidir qué parte de su historia quiere compartir y con quién.

Visibilizar estas realidades no significa exigir testimonios personales, hacer públicos los diagnósticos ni convertir a quienes conviven con ellas en portavoces permanentes de una causa.

Significa generar oportunidades para informar, escuchar y comprender, respetando la libertad individual.

También implica evitar que la sensibilización se limite a presentar historias de superación. Las personas con discapacidad no tienen que demostrar una fortaleza extraordinaria para merecer respeto, apoyos y oportunidades. Sus derechos no dependen de cuánto consigan hacer, de cómo afronten sus dificultades ni de la imagen que proyecten ante los demás.

Tampoco deberían verse obligadas a explicar constantemente sus necesidades, justificar sus decisiones o exponerse públicamente para que otras personas comprendan que la discapacidad forma parte de una realidad diversa.

Cada persona tiene capacidades, limitaciones, proyectos, preferencias y circunstancias propias. La discapacidad puede formar parte de su vida sin definir por completo quién es.

Por eso, la mejor manera de visibilizar estas realidades es reconocer a las personas en toda su diversidad, escuchar sus voces y trabajar para que las barreras no condicionen sus posibilidades de participar en la sociedad.

La sensibilización no debe convertir la experiencia personal en una obligación. Cada testimonio compartido puede ayudar a comprender una realidad, pero el derecho a la privacidad y a decidir qué contar debe mantenerse siempre.

Una reflexión para cerrar

No siempre podemos reconocer a simple vista las dificultades que atraviesa otra persona. Tampoco sabemos cuánto esfuerzo puede requerir una actividad aparentemente sencilla, qué consecuencias puede tener para ella o qué apoyos necesita para desenvolverse en determinadas circunstancias.

Del mismo modo, no siempre utilizamos las palabras con la precisión necesaria para distinguir una discapacidad de una enfermedad, un trastorno, una patología o una condición. Aprender a diferenciarlas también forma parte de una comunicación responsable, porque nombrar adecuadamente una realidad ayuda a comprenderla sin confundirla ni reducirla a estereotipos.

Lo que sí podemos elegir es cómo actuamos ante aquello que desconocemos.

Podemos desconfiar de lo que no comprendemos o acercarnos con respeto. Podemos dar por hecho que nuestra percepción es suficiente o aceptar que existen experiencias diferentes a la nuestra. Podemos exigir explicaciones o aprender a escuchar sin invadir la intimidad ajena.

La frase «Ven, te presto mis zapatos» nos recuerda que la experiencia de otra persona no puede medirse únicamente desde nuestra propia perspectiva. No siempre podremos recorrer su mismo camino ni comprender todos los detalles de su historia, pero podemos dejar de convertir nuestras dudas en juicios y nuestra falta de información en una razón para cuestionar su realidad.

La empatía no exige que vivamos lo mismo. Nos invita a reconocer que cada persona tiene circunstancias propias y que respetarlas no depende de que seamos capaces de comprenderlas por completo.

La Semana de las Discapacidades Invisibles nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre estas cuestiones, pero la comprensión no debería limitarse a unos días del calendario. Las palabras que utilizamos, las barreras que contribuimos a mantener y la manera en que respondemos a las necesidades de los demás forman parte de nuestra convivencia cotidiana.

Que no puedas ver una discapacidad no significa que no exista. Que una persona tenga una discapacidad no significa que necesariamente tenga una enfermedad. Y que no conozcas las dificultades de alguien no te da derecho a decidir cuáles son sus necesidades ni a cuestionar su realidad.

Desde Viviendo a través de la Parálisis Cerebral, queremos contribuir a una sociedad en la que las personas no tengan que demostrar constantemente lo que viven para recibir comprensión, respeto y los apoyos que necesitan.

Una sociedad inclusiva no es aquella en la que todas las personas tienen que desenvolverse de la misma manera, sino aquella que reconoce sus diferencias, identifica las barreras y trabaja para que cada una pueda ejercer sus derechos y participar con dignidad.

Porque una mirada inclusiva no consiste en adivinar lo que les sucede a los demás. Consiste en reconocer que no lo sabemos todo, escuchar cuando nos hablan y contribuir a construir entornos en los que todas las personas puedan vivir y participar con dignidad.

No hace falta caminar con los zapatos de otra persona para respetar su camino. A veces, basta con dejar de juzgarlo desde fuera.

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