Hay situaciones que no pueden resolverse desde una sola mirada.
Una emergencia puede comenzar afectando de manera muy concreta a un territorio y, en cuestión de días, poner a prueba los servicios públicos, los recursos sociales, la capacidad de coordinación entre administraciones y también la convivencia de una comunidad.
Lo que está ocurriendo en Ceuta nos permite plantear una cuestión que va mucho más allá de este territorio:
¿Qué necesita una sociedad para responder socialmente cuando las necesidades aumentan de manera repentina y los recursos ordinarios dejan de ser suficientes?
Esta es la mirada que quiero aportar desde la Línea de Integración Social VPC.
No se trata de volver a explicar todo lo ocurrido en Ceuta ni de convertir esta publicación en una cronología de acontecimientos.
Tampoco de situar a unas personas frente a otras.
Se trata de mirar una situación compleja desde la intervención social.
Porque cuando una emergencia altera el funcionamiento habitual de una ciudad, el desafío no consiste únicamente en atender las nuevas necesidades.
También consiste en conseguir que las personas que ya vivían allí continúen teniendo acceso a los servicios que necesitan, que quienes llegan puedan recibir una atención adecuada, que los profesionales puedan trabajar en condiciones suficientes, que los recursos se coordinen y que nadie quede invisible dentro de una situación que cambia rápidamente.
El marco estatal aprobado en agosto de 2026 reconoce que la afluencia masiva de personas migrantes de los días 30 y 31 de julio generó una presión extraordinaria sobre las capacidades de identificación, atención humanitaria y acogida, afectando también al funcionamiento ordinario de servicios sociales, protección de menores, seguridad, transporte y gestión administrativa. (BOE)
Y ahí aparece una de las primeras cuestiones fundamentales de la intervención social.
Una emergencia no elimina las necesidades que ya existían
Cuando aparece una nueva necesidad social de gran magnitud, existe el riesgo de que toda la atención se concentre en ella.
Es comprensible.
Una situación extraordinaria necesita una respuesta extraordinaria.
Pero intervenir socialmente también significa recordar que una ciudad no comienza a tener necesidades el día en que aparece una emergencia.
Antes ya había familias que necesitaban apoyo.
Personas mayores.
Personas con discapacidad.
Niños, niñas y adolescentes.
Personas en situación de pobreza o exclusión.
Personas con problemas de salud.
Familias con dificultades económicas.
Personas que necesitan acompañamiento social.
Profesionales que sostienen servicios esenciales.
Por eso, una emergencia no debería plantearnos únicamente:
«¿Cómo atendemos esta nueva necesidad?»
También debería hacernos preguntar:
«¿Cómo conseguimos atender las nuevas necesidades sin dejar de atender las anteriores?»
Esta diferencia es importante.
Porque las necesidades sociales no deberían convertirse en una competición por los recursos.
Si un servicio necesita más capacidad, la respuesta no debería consistir simplemente en decidir quién deja de recibir atención.
Debería consistir en preguntarnos:
¿Qué recursos adicionales hacen falta?
¿Quién puede aportarlos?
¿Cómo deben coordinarse?
¿Durante cuánto tiempo serán necesarios?
Antes de intervenir, hay que saber qué necesita cada persona
Una de las ideas fundamentales de la intervención social es sencilla, aunque no siempre resulte fácil aplicarla:
las personas no son únicamente el colectivo al que pertenecen.
Dos personas pueden encontrarse dentro de la misma categoría y tener necesidades completamente diferentes.
Por eso, una intervención adecuada no debería quedarse en:
«Es una persona migrante».
«Es menor».
«Es una persona con discapacidad».
«Es una mujer».
«Es una persona mayor».
«Es una familia».
Estas categorías pueden ser relevantes para identificar derechos, recursos o posibles situaciones de vulnerabilidad.
Pero no sustituyen la valoración individual.
La pregunta profesional tiene que avanzar un paso más:
¿Qué necesita esta persona?
¿Qué dificultades presenta?
¿Qué apoyos tiene?
¿Qué apoyos ha perdido?
¿Qué capacidades puede utilizar?
¿Qué riesgos existen?
¿Qué recursos necesita ahora?
¿Necesita una respuesta inmediata o un acompañamiento más prolongado?
¿Puede comprender la información que se le está proporcionando?
¿Tiene barreras de comunicación?
¿Necesita accesibilidad física, cognitiva o comunicativa?
¿Tiene una red familiar o social?
¿Existe alguna situación específica de protección que deba tenerse en cuenta?
El Programa de Atención Humanitaria contempla precisamente la valoración de circunstancias personales y la detección de vulnerabilidades, con derivación a recursos específicos cuando sea necesario. Entre las situaciones de vulnerabilidad que contempla se encuentran, entre otras, la discapacidad, la edad avanzada, el embarazo, tener menores a cargo y las posibles víctimas de trata. (Ministerio de Inclusión)
Esto nos recuerda algo esencial:
atender no significa solamente proporcionar un recurso.
Significa proporcionar el recurso adecuado para una necesidad concreta.
Los menores necesitan una mirada específica
Dentro de una emergencia social, niños, niñas y adolescentes no pueden ser tratados simplemente como una parte más de las cifras.
La edad importa.
La situación familiar importa.
Estar acompañados o no importa.
Las necesidades educativas, sanitarias y sociales importan.
También importa saber quién se hace cargo de su protección y qué sucede cuando la emergencia se prolonga.
Por eso, la protección de la infancia necesita mecanismos específicos incluso cuando el resto de los recursos están sometidos a una presión extraordinaria.
Y esto también es intervención social:
identificar rápidamente situaciones de especial protección y evitar que queden diluidas dentro de una emergencia general.
La discapacidad también debe estar presente en la respuesta
Una emergencia puede generar barreras que, en circunstancias normales, quizá no serían tan evidentes.
Información que no está adaptada.
Espacios que no son accesibles.
Dificultades para desplazarse.
Problemas para comprender instrucciones.
Falta de apoyos personales.
Barreras de comunicación.
Dificultades para acceder a un recurso.
Por eso, la accesibilidad no debería incorporarse después.
Debería formar parte de la planificación desde el principio.
Una respuesta social realmente inclusiva necesita preguntarse:
¿Puede acceder todo el mundo a esta ayuda en igualdad de condiciones?
No basta con que el recurso exista.
Hay que comprobar que las personas puedan llegar a él, comprenderlo, utilizarlo y beneficiarse de él.
Coordinar no es simplemente reunir instituciones
Cuando una emergencia supera la capacidad ordinaria de una administración, aparecen muchas instituciones y profesionales:
Administración estatal.
Administración local.
Servicios sociales.
Protección de menores.
Sanidad.
Educación.
Fuerzas y cuerpos de seguridad.
Entidades sociales.
Organizaciones humanitarias.
Profesionales de diferentes ámbitos.
Voluntariado.
Y precisamente por eso puede aparecer otro problema:
tener muchos recursos no significa necesariamente tener una respuesta coordinada.
La coordinación implica saber quién hace qué.
A quién se deriva una situación.
Quién realiza el seguimiento.
Qué información puede compartirse.
Cómo se evitan duplicidades.
Qué ocurre cuando una persona necesita varios servicios simultáneamente.
Quién toma decisiones cuando existen diferentes competencias.
Y cómo se mantiene la continuidad de la intervención cuando la emergencia se prolonga.
El marco estatal adoptado para la situación de Ceuta contempla mecanismos de coordinación entre autoridades y recursos estatales y de la Ciudad de Ceuta precisamente ante una situación que supera las capacidades ordinarias. (BOE)
Desde la intervención social, esto puede traducirse en algo muy concreto:
la persona no debería tener que convertirse en la coordinadora de sus propios recursos.
Cuando alguien necesita varios servicios, debería existir una estructura profesional que facilite esa conexión.
También hay que cuidar a quienes cuidan
En una emergencia se habla mucho de las personas que necesitan ayuda.
Es lógico.
Pero existe otra realidad que no debería quedar en segundo plano:
las personas que sostienen la respuesta.
Profesionales de servicios sociales.
Personal sanitario.
Profesionales de protección de menores.
Personal de emergencias.
Trabajadores de entidades sociales.
Voluntariado.
Personal administrativo.
Muchas personas pueden estar trabajando durante jornadas especialmente intensas y enfrentándose a situaciones complejas.
Si la emergencia se prolonga, la presión puede aumentar.
Por eso, una intervención social responsable también tiene que preguntarse:
¿Con qué recursos humanos estamos respondiendo?
¿Hay suficientes profesionales?
¿Tienen información clara?
¿Pueden coordinarse?
¿Disponen de descansos adecuados?
¿Tienen apoyo profesional?
¿Pueden mantener una intervención de calidad?
No podemos hablar de calidad en la atención mientras olvidamos las condiciones necesarias para que quienes proporcionan esa atención puedan realizar su trabajo adecuadamente.
La comunidad también necesita intervención social
Una ciudad que atraviesa una situación extraordinaria no está formada únicamente por las personas directamente implicadas en la emergencia.
Está formada por una comunidad.
Y las comunidades también pueden experimentar preocupación, incertidumbre, cansancio, solidaridad, miedo, enfado o necesidad de información.
Escuchar estas emociones no significa validar automáticamente todas las interpretaciones que puedan aparecer.
Significa reconocer que forman parte de la realidad social sobre la que también hay que intervenir.
Por eso, además de atender necesidades individuales, puede ser necesario trabajar sobre:
- información clara y accesible;
- mediación comunitaria;
- prevención de conflictos;
- espacios de escucha;
- participación ciudadana;
- prevención de discursos de odio;
- acompañamiento a colectivos especialmente vulnerables;
- fortalecimiento de redes comunitarias.
La intervención social no debería aparecer únicamente cuando el conflicto ya ha estallado.
También debe trabajar para prevenirlo.
Informar también forma parte de intervenir
En situaciones complejas, la información puede ayudar a reducir incertidumbre.
Pero también puede aumentarla.
Cuando circulan imágenes, cifras, declaraciones, opiniones y mensajes en redes sociales, resulta especialmente importante distinguir entre:
un hecho comprobado;
una declaración institucional;
una denuncia;
una hipótesis;
una investigación abierta;
una interpretación;
y una opinión.
Esta diferencia no es solamente importante para periodistas.
También lo es para profesionales de la intervención social y para cualquier persona que participe en la conversación pública.
Una información falsa puede generar miedo.
Un dato descontextualizado puede alimentar prejuicios.
Una generalización puede convertir una experiencia individual en una acusación contra todo un colectivo.
Y una situación de emergencia puede convertirse rápidamente en un conflicto social si dejamos de hablar de personas concretas y empezamos a hablar de grupos como si todos fueran iguales.
Por eso, también podemos considerar la educación mediática y la alfabetización informacional como herramientas de intervención comunitaria.
¿Qué podemos hacer ante una situación así desde la Integración Social?
No existe una única respuesta.
Pero sí podemos establecer diferentes líneas de actuación, siempre adaptándolas a la realidad concreta.
1. Evaluar las necesidades reales
No intervenir únicamente desde las cifras.
Realizar valoración individual y detectar situaciones de especial vulnerabilidad.
2. Mantener la atención a la población residente
Reforzar los servicios que ya existían para evitar que las personas que utilizaban esos recursos queden desatendidas.
3. Establecer mecanismos claros de coordinación
Definir responsabilidades, derivaciones, seguimiento y canales de comunicación entre administraciones y entidades.
4. Incorporar la accesibilidad desde el inicio
Garantizar que la información, los espacios, los procedimientos y los servicios puedan ser utilizados por personas con diferentes necesidades.
5. Proteger especialmente a la infancia
Detectar rápidamente situaciones de riesgo y garantizar que niños, niñas y adolescentes reciban una intervención específica.
6. Identificar situaciones de vulnerabilidad añadida
Discapacidad, edad, embarazo, violencia, trata, ausencia de red familiar, problemas de salud u otras circunstancias pueden requerir respuestas diferenciadas.
7. Reforzar los equipos profesionales
Aumentar recursos humanos cuando sea necesario y establecer medidas que permitan mantener la calidad de la atención.
8. Trabajar con la comunidad
Escuchar a la población, facilitar información, prevenir conflictos y crear espacios de participación.
9. Combatir la desinformación y el discurso de odio
Promover información contrastada y evitar que una situación excepcional se convierta en una generalización sobre todo un colectivo.
10. Evaluar después de la emergencia
Cuando la situación más urgente disminuya, hay que detenerse y analizar qué funcionó, qué falló, qué recursos fueron insuficientes y qué debería modificarse para futuras situaciones.
Porque una emergencia también debería dejar aprendizaje.
No se trata solamente de responder. Se trata de estar preparados para volver a responder.
Algunas actividades que podría desarrollar un/a Integrador/a Social
Aquí sí incorporaría el nuevo elemento TIS que antes no estaba suficientemente desarrollado, pero sin convertirlo en una lista artificial.
Dependiendo de la situación y del contexto, un/a Integrador/a Social podría plantear actividades como:
Dinámicas de conocimiento y convivencia, destinadas a facilitar relaciones entre personas de diferentes procedencias y prevenir prejuicios.
Talleres de alfabetización informacional, trabajando cómo identificar información no contrastada, diferenciar hechos de opiniones y comprobar fuentes.
Espacios participativos de escucha, donde diferentes personas de la comunidad puedan expresar necesidades y propuestas dentro de un entorno estructurado y respetuoso.
Actividades de sensibilización sobre diversidad y convivencia, adaptadas a diferentes edades y contextos.
Talleres sobre accesibilidad y participación, en los que se identifiquen barreras del propio entorno y se propongan soluciones.
Mapas comunitarios de recursos, realizados de manera participativa para identificar servicios, asociaciones, espacios de ocio, cultura, deporte y otros recursos disponibles.
Dinámicas de prevención de conflictos y discriminación, trabajando habilidades sociales, comunicación y resolución pacífica de situaciones problemáticas.
La actividad no sería un fin en sí misma.
Debería responder a una necesidad previamente identificada y tener un objetivo de intervención concreto.
¿Qué puedo hacer yo?
La intervención social no corresponde únicamente a profesionales y administraciones.
También podemos preguntarnos qué hacemos nosotros ante una situación compleja.
Podemos:
- informarnos antes de compartir una noticia;
- comprobar la procedencia de una información;
- distinguir hechos de opiniones;
- evitar generalizar sobre un colectivo a partir de experiencias individuales;
- no compartir contenidos que puedan alimentar el odio o la discriminación;
- escuchar antes de juzgar;
- respetar que detrás de cada cifra hay personas con historias y necesidades diferentes;
- detectar y comunicar barreras de accesibilidad;
- facilitar información fiable sobre recursos cuando podamos hacerlo;
- participar en iniciativas comunitarias;
- apoyar espacios de convivencia;
- y preguntarnos si nuestra propia manera de hablar sobre una situación está contribuyendo a comprenderla o a enfrentar a las personas.
También podemos hacernos una pregunta muy sencilla:
«¿Estoy ayudando a resolver una dificultad o estoy contribuyendo a hacerla más grande?»
A veces la intervención social empieza precisamente ahí.
En la manera en que hablamos.
En la información que compartimos.
En cómo tratamos a una persona.
En si incluimos o dejamos fuera.
En si escuchamos.
En si buscamos soluciones.
Ceuta como ejemplo de una cuestión mucho más amplia
Lo que ocurre en Ceuta puede hacernos hablar de migración.
De fronteras.
De seguridad.
De infancia.
De derechos.
De recursos.
De convivencia.
Pero desde la Línea de Integración Social VPC quiero añadir otra pregunta:
¿Estamos preparados como sociedad para intervenir cuando varias necesidades aparecen al mismo tiempo?
Porque probablemente esa sea una de las grandes dificultades de cualquier emergencia social.
No existe una sola necesidad.
No existe un único colectivo.
No existe una única administración.
No existe una única respuesta.
Y tampoco debería existir una única mirada.
La intervención social tiene precisamente la responsabilidad de ampliar esa mirada.
De mirar a la persona y no solamente a la etiqueta.
De mirar la necesidad sin olvidar el contexto.
De proteger sin desatender.
De coordinar sin duplicar.
De escuchar sin alimentar enfrentamientos.
De garantizar derechos sin ignorar las dificultades reales.
Y de recordar que atender una emergencia no significa dejar de trabajar por la inclusión social que ya existía antes de que esa emergencia apareciera.
Una última pregunta desde VPC
Quizá el verdadero reto no sea decidir a quién mirar.
Quizá sea aprender a mirar una realidad compleja en toda su dimensión.
A las personas que necesitan protección.
A quienes viven en el territorio.
A los menores.
A las familias.
A las personas con discapacidad.
A quienes trabajan en los servicios.
A las entidades sociales.
A quienes tienen miedo.
A quienes ayudan.
A quienes necesitan ser escuchados.
Y también a quienes tienen la responsabilidad de poner los recursos necesarios para que la respuesta sea posible.
Porque una sociedad inclusiva no debería necesitar que una persona desaparezca de nuestra mirada para que otra pueda ser atendida.
La intervención social debería ayudarnos precisamente a ampliar la mirada.
A entender que los recursos pueden reforzarse.
Que las responsabilidades pueden compartirse.
Que las administraciones pueden coordinarse.
Que las comunidades pueden participar.
Y que, incluso en situaciones extraordinarias, podemos intentar que la respuesta no se construya enfrentando unas necesidades contra otras.
Hoy, Día de Ceuta, quizá esta ciudad pueda servirnos también para recordar algo que debería estar presente mucho más allá de sus fronteras:
cuando una realidad se vuelve compleja, la solución no debería ser mirar menos.
Debería ser aprender a mirar mejor.
Y, sobre todo, intervenir mejor.
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Integración Social VPC es una línea de Viviendo a través de la Parálisis Cerebral que incorpora la perspectiva profesional de la Integración Social para transformar experiencias, preguntas y situaciones sociales en nuevas formas de comprender la intervención y nuestra manera de relacionarnos con las diferentes realidades que forman parte de la sociedad
Viviendo a través de la Parálisis Cerebral
Un espacio de divulgación social donde la experiencia, el conocimiento y la accesibilidad se unen para comprender la discapacidad y otras realidades invisibilizadas, promoviendo una sociedad más inclusiva, comprometida y humana.
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