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Lo que el empleo todavía no entiende sobre discapacidad e igualdad real


Hoy, 1 de mayo, se habla de trabajo, de derechos laborales, de oportunidades y de condiciones dignas. Es un día importante; sin embargo, también es un buen momento para pararnos a pensar en algo que todavía no ha cambiado lo suficiente. Porque, aunque se hable mucho de igualdad, las mujeres con discapacidad seguimos sin estar presentes en muchos de los espacios donde se toman decisiones importantes sobre el trabajo. Y esto es clave, ya que cuando no estamos en esos espacios empresas, instituciones, sindicatos o política, las decisiones se toman sin tener en cuenta nuestra realidad.

Cuando hablamos de derechos laborales, hablamos de cosas muy básicas que deberían estar garantizadas para todas las personas: tener un trabajo digno, un salario justo, igualdad de oportunidades, estabilidad y seguridad en el trabajo, así como poder conciliar la vida laboral con la personal. Son derechos reconocidos, pero la realidad es que no siempre se viven igual para todas las personas.

Esto no ocurre por casualidad. Las mujeres con discapacidad vivimos una doble discriminación: por ser mujeres y por tener una discapacidad. Más del 60% de las personas con discapacidad en Europa somos mujeres; aun así, seguimos teniendo poca presencia en los espacios donde se decide. En política, por ejemplo, las mujeres ocupan alrededor del 36% de los puestos; cuando hablamos de discapacidad, la representación es todavía menor. Todo esto deja una realidad muy clara: no todas las personas están dentro de las decisiones que afectan directamente a su vida.

No es una cuestión de falta de capacidad ni de formación, sino de barreras. Algunas son visibles, como la falta de accesibilidad o de apoyos; otras son más sutiles, como los prejuicios o el hecho de no ser tenidas en cuenta desde el principio. A esto se suman situaciones como el mayor riesgo de pobreza, las dificultades para acceder a la educación o al empleo, y la carga de cuidados que, en muchos casos, recae sobre las mujeres. Si no estamos en los espacios donde se decide, nuestras realidades no se tienen en cuenta. Por eso, debería asumirse como norma general un principio claro: “Nada sobre nosotras sin nosotras.”

Y esto no solo impacta en el trabajo, sino también en la educación, la sanidad y en muchas otras áreas de la vida. Al final, quien toma decisiones también define qué es importante y qué no lo es.

El trabajo no es únicamente tener un empleo; también implica participar en la sociedad, tener voz y formar parte de lo que se construye entre todas las personas. Cuando no estamos en los espacios de decisión, también quedamos fuera de cómo se organiza el sistema. Todavía existe una idea que ya no encaja con la realidad: que hay trabajos para hombres y trabajos para mujeres. Sin embargo, cualquier persona puede desarrollar cualquier trabajo si existen oportunidades reales y se eliminan las barreras. Cuando a esto se suma la discapacidad, las dificultades se multiplican.

Por todo ello, la presencia de mujeres con discapacidad en los espacios de decisión no es algo simbólico, sino necesario. Es una cuestión de derechos, pero también de justicia y de igualdad real. El cambio no ocurre solo; requiere voluntad para transformar estructuras que llevan demasiado tiempo sin revisarse.

Para las mujeres con discapacidad, el mensaje es claro: tenemos derecho a trabajar, pero también a participar en cómo se organiza ese trabajo. A quienes están en la búsqueda de empleo con discapacidad: no pierdas de vista tu valor; cada paso que das no solo te acerca a tu oportunidad, también abre camino para que otras personas encuentren la suya. A la sociedad en general le corresponde asumir que no basta con hablar de derechos si luego no se cumplen en la vida real. Si no estamos todas, el sistema no está completo.


En lo personal, en los estudios e intentar encontrar un trabajo no está siendo un camino fácil ni lineal. Me he tenido que enfrentar barreras reales de acceso, no por falta de capacidad, sino por falta de oportunidades. He luchado por demostrar lo que valgo en espacios donde ni siquiera se me daba la opción de entrar. Aun así, he seguido avanzando, sosteniéndome en la insistencia, el esfuerzo y la convicción de que mi lugar también existe, aunque en muchos momentos haya tenido que construirlo desde cero.

Desde ahí nace también mi trabajo. Lo cuento como lo vivo: mostrar la discapacidad desde dentro para que pueda comprenderse también desde fuera, alejándola de ideas equivocadas y miradas superficiales que no reflejan lo que realmente somos ni lo que vivimos. Me apoyo en mis vivencias como mujer con discapacidad y en mi formación como integradora social, junto con otros estudios complementarios, con el objetivo de contribuir a romper prejuicios y estereotipos que todavía persisten.

Todo esto lo hago desde lo personal, desde mis vivencias como mujer con discapacidad, porque necesito reafirmar que mis capacidades y cualidades tienen valor también en el ámbito laboral, siempre que existan oportunidades reales donde puedan demostrarse. Mientras esas oportunidades no siempre llegan, me considero emprendedora social: alguien que sigue aportando, generando conciencia y creando valor social.

Me dedico a crear  y compartir contenidos que ponen en valor las capacidades y cualidades del colectivo de las personas con discapacidad y, al mismo tiempo, alzo la voz para recordar algo esencial: siempre hemos formado parte de la sociedad, aunque muchas veces no se haya visto ni reconocido como debería.

Lo que aquí comparto no es solo una experiencia individual, sino parte de una realidad que afecta a muchas mujeres con discapacidad. Nuestras necesidades y nuestros derechos no pueden depender de otros; tienen que ser reales en todos los ámbitos de la vida: en el trabajo, en la participación social y en la toma de decisiones. Solo así podremos vivir la vida plena que merecemos, sin tener que justificar constantemente quiénes somos.

Esto no va solo de inclusión; va de cambiar de verdad la forma en la que entendemos la sociedad y cómo la construimos. Se trata de un mundo donde cada persona tenga su lugar, sin tener que demostrar el doble ni encajar a la fuerza.

Porque, al final, todo se resume en algo muy sencillo: un mundo hecho por todos y para todos, donde nadie quede fuera ni invisible, y donde cada persona pueda aportar desde su historia sin barreras. No se trata de adaptarse a un sistema que no nos ha tenido en cuenta, sino de transformarlo.

Y hoy, Día del Trabajo, la pregunta sigue siendo muy sencilla, pero también muy importante: si queremos una sociedad donde todas las personas puedan participar y decidir, o una que siga dejando fuera a muchas. Porque si la respuesta es la primera, entonces este cambio no puede esperar más.

El futuro no está escrito: se construye, y empieza cada vez que una voz que antes no estaba presente decide ocupar su lugar.


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