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San Valentín y discapacidad: amar sin etiquetas

 



San Valentín siempre llega cargado de flores, cuerpos normativos y parejas que parecen sacadas de una película romántica. Todo es bonito, casi irreal. Pero pocas veces se habla del amor que yo conozco. Del amor cuando la discapacidad también forma parte de la historia 

Hablar de amor puede ser tan diverso como las personas y la discapacidad, porque todas las vidas merecen ser amadas.

Hoy quiero hablar como mujer con discapacidad que ama, desea, duda, se ilusiona y se le rompe el corazón como cualquier otra persona. Quiero poner palabras a lo que tantas veces se silencia: el amor real, diverso y profundamente humano.


Pero también podía mostrar la perspectiva que se tenía en épocas pasadas, sobre el amor y la discapacidad


Durante mucho tiempo a las personas con discapacidad se las hizo creer que no puedes”, amar siendo una persona con discapacidad a veces sin decirlo en voz alta. Incluso en alguna ocasión cuando era joven llegué a pensar que mis necesidades me colocaban fuera del mapa del deseo. Como si las personas con discapacidad no sintiéramos atracción, como si no supiéramos amar, como si no mereciéramos que alguien nos eligiera. Y no. Eso no solo es falso, sino que es cruel.


Las personas con discapacidad sentimos, deseamos, sufrimos y amamos con la misma intensidad. La diferencia no está en nuestra capacidad de amar, sino en la mirada social que todavía nos juzga, nos infantiliza o nos limita. Una mirada que sigue sorprendida cuando una persona con discapacidad tiene pareja, especialmente si esa pareja no tiene discapacidad.


Para nosotras no es algo nuevo. Lo vivimos, lo sabemos. Pero socialmente aún no está tan normalizado como parece. Cuando se trata de salir con alguien con discapacidad, el estigma hace que se hable poco, o que se hable mal. Probablemente escucharás alguna de estas frases:

— «¿Eres su cuidadora?»

— «Tu novio también tiene discapacidad, ¿no?»

— «Ah, pero… ¿tienes novia?»

— «¡Qué buena persona es tu novio! Es un santo.»

Como si el amor tuviera que explicarse o justificarse.

Comentarios que no parecen malintencionados, pero que esconden ideas muy arraigadas sobre el amor, la autonomía y la discapacidad.

Yo misma he vivido y visto relaciones entre personas con y sin discapacidad llenas de verdad. Relaciones que no tienen nada que ver con la lástima y por el contrario sí mucho con el crecimiento mutuo. En ellas se aprende a comunicarse mejor, a escuchar con más empatía, a construir vínculos basados en el apoyo y no en el sacrificio. Se rompen estereotipos que dicen que una persona con discapacidad solo recibe, cuando el apoyo emocional, la comprensión y el cuidado también sostienen una relación.


A veces incluso nosotras mismas dudamos de lo que podemos aportar por no poder ofrecer cierto apoyo físico, olvidando que el acompañamiento emocional, la presencia y el amor son igual de importantes en cualquier pareja.


Y aun así, siguen llegando las miradas incómodas, las preguntas disfrazadas de preocupación, los comentarios que duelen más de lo que parece. Como si el amor no pudiera ser libre, como si no pudiera ser elegido, como si siempre tuviera que explicarse.


Otro gran tabú aparece cuando dos personas con discapacidad forman pareja. Se pone en duda su autonomía, su futuro, la validez de su relación. Pero pocas cosas son tan poderosas como amar a alguien que te comprende sin tener que explicarte constantemente. En estas relaciones hay una empatía profunda, se habla sin miedo de los límites, del cuerpo y de las emociones, se construyen formas propias de autonomía compartida y se crea un espacio seguro donde no hay que justificarse ante nadie. No necesitamos aprobación externa. Nuestro amor ya es suficiente.


A pesar de los avances, los mitos siguen pesando. Se sigue creyendo que las personas con discapacidad no tenemos interés en el amor, que estar con nosotras es una carga, que no podemos tener relaciones sanas o duraderas, que solo podemos salir con personas como nosotras. Todo eso ignora una realidad básica: amar nunca debería entenderse como una carga, sino como un acuerdo mutuo entre personas que se eligen. La calidad de una relación no depende del cuerpo, sino del respeto, la comunicación y el cuidado.


También persisten ideas falsas sobre la sexualidad, como si salir con una persona con discapacidad fuera sinónimo de renunciar al placer. Todas las personas somos seres sexuados, sexuales y eróticos. No todos los cuerpos funcionan igual ni sienten del mismo modo, y eso es parte de la diversidad humana, no una carencia. La sexualidad se construye en pareja, con diálogo, confianza y exploración, independientemente de tener discapacidad o no.


Lo mismo ocurre con la maternidad y la paternidad. Aún se asocia la discapacidad con la imposibilidad de formar una familia, cuando el verdadero obstáculo no suele ser el cuerpo, sino los prejuicios y la falta de apoyos. Y tampoco es cierto que tener pareja con discapacidad implique renunciar a viajar, salir con amistades o disfrutar de la vida. Las personas con discapacidad pueden tener una vida activa, social y plena. Las adaptaciones no restan, suman, como en cualquier relación.


A veces el mayor obstáculo no está fuera, sino dentro. En los estereotipos que se cuelan en la cabeza y te hacen pensar que no eres suficiente, que amar es pedir demasiado, que mejor no ilusionarse. Por eso hablar importa. Visibilizar importa. Contar nuestras historias importa. Porque cuando cambia la mirada social, cambia también la forma en la que nos permitimos amar.


Este San Valentín quiero celebrar el amor real. El que se adapta, el que aprende, el que no es perfecto pero es auténtico. Celebrar los besos sin prejuicios, las parejas diversas y las historias que no salen en los anuncios, pero laten con más verdad.


Porque la discapacidad no anula el amor. Porque el amor no entiende de etiquetas.

Y porque amar y ser amados es un derecho, no un privilegio.


El amor es simplemente eso amor,  no discrimina

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