A veces miro hacia atrás y me doy cuenta de que esto no ha sido nada fácil. Ni los estudios, ni la búsqueda de trabajo. Y no porque no tuviera ganas, ni capacidad, ni esfuerzo porque no tenga la formación necesaria…sino porque muchas veces las oportunidades directamente no estaban ahí para mí.
No estaban pensadas. No estaban adaptadas. O simplemente no existían para alguien como yo.
Y esto no es algo individual. Es algo que vivimos muchas personas con discapacidad en el acceso a la educación y al empleo, donde todavía hoy las barreras siguen marcando el punto de partida.
Y eso es algo que desde fuera no siempre se ve. Porque parece que todo el mundo empieza desde el mismo sitio, pero no es así. Hay personas que tienen un camino más o menos claro desde el principio, y otras que vamos encontrando el camino mientras avanzamos, como podemos.
A lo largo de este tiempo he sentido de todo.
Frustración, por no entender por qué todo costaba tanto.
Cansancio, de tener que insistir una y otra vez.
Dudas, de si realmente el problema era yo o todo lo que me rodeaba.
Y una sensación que se repite mucho: tener que demostrar el doble para que se te reconozca la mitad.
Esto no es algo aislado. Es una realidad bastante común entre mujeres con discapacidad en el ámbito educativo y laboral, donde la falta de accesibilidad, los prejuicios y la falta de oportunidades reales siguen estando presentes.
Eso desgasta. No es algo puntual, es algo que se va quedando contigo con el tiempo. Está en las oportunidades que no llegan, en las puertas que no se abren, en los sitios donde entras pero no sientes que estés del todo incluida.
Aun así, si hay algo que ha sido más fuerte que todo eso, es la necesidad de seguir.
No siempre con fuerza. No siempre con claridad. A veces simplemente porque no quedaba otra.
Seguir, aunque no fuera fácil.
Seguir, aunque no supiera bien cómo.
Seguir, aunque el camino no estuviera hecho para mí.
Con el tiempo entendí algo importante: que no siempre encuentras el camino… a veces lo tienes que construir tú.
Y eso no es algo grande ni espectacular. Es algo muy de día a día. De ir paso a paso. De equivocarte, volver a intentarlo, parar, seguir otra vez. De hacer camino mientras avanzas, aunque a veces no tengas claro hacia dónde.
Todo lo que hago hoy viene de ahí.
De lo que he vivido.
De lo que me ha dolido.
Y también de lo que me ha hecho más fuerte.
Porque, aunque muchas cosas han sido difíciles, también forman parte de una realidad más amplia: la de muchas personas que seguimos enfrentando barreras para poder acceder en igualdad de condiciones.
Contar la discapacidad desde dentro para mí es importante.
No es solo una decisión, es una necesidad. Porque durante mucho tiempo la discapacidad se ha contado desde fuera, desde la mirada de otros. Y cuando eso pasa, muchas cosas se pierden o se entienden mal.
Por eso para mí es importante hablarlo desde mi experiencia. Sin adornarlo, sin suavizarlo, pero también sin minimizarlo
Soy mujer, tengo discapacidad, y también tengo capacidades, ideas, valores y muchas cosas que aportar.
Y aunque esto debería ser algo normal, la realidad es que muchas veces no se reconoce así de fácil.
Me considero emprendedora social: alguien que sigue aportando, generando conciencia y creando valor social.
Me dedico a crear y compartir contenidos que ponen en valor las capacidades y cualidades del colectivo de las personas con discapacidad y, al mismo tiempo, alzo la voz para recordar algo esencial: siempre hemos formado parte de la sociedad, aunque muchas veces no se haya visto ni reconocido como debería.
Cuando las oportunidades no llegan, cuando tienes que demostrar constantemente lo que vales, cuando no te lo ponen fácil… llega un momento en el que entiendes que no puedes quedarte esperando.
“Porque mi lugar no debería ser una meta que cueste alcanzar, sino el punto de partida.”
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