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El valor de la salud en nuestras vidas

 

Introducción: la salud, un derecho que va mucho más allá de no estar enfermo

Cada 7 de abril se celebra el Día Mundial de la Salud, una jornada que nos invita a reflexionar sobre uno de los bienes más importantes de nuestra vida y que, paradójicamente, muchas veces solo valoramos cuando empieza a faltar.

Con frecuencia entendemos la salud como la ausencia de enfermedad. Pensamos en hospitales, tratamientos o medicamentos, y olvidamos que vivir con salud significa mucho más que no padecer una dolencia.

La salud influye en nuestra forma de vivir, de relacionarnos con los demás, de desarrollar nuestros proyectos y de participar en la sociedad. Acompaña cada decisión cotidiana, aunque muchas veces pase desapercibida mientras todo va bien.

Sin embargo, no todas las personas vivimos la salud desde el mismo punto de partida. Las circunstancias personales, el entorno y las oportunidades disponibles hacen que cuidar de nuestra salud no sea igual para todo el mundo.

Por eso, el Día Mundial de la Salud es una oportunidad para ampliar nuestra mirada y preguntarnos qué significa realmente disfrutar de este derecho.

A lo largo de esta publicación descubriremos que hablar de salud también es hablar de prevención, de calidad de vida, de autonomía, de accesibilidad y de igualdad de oportunidades. Porque solo cuando entendemos la salud en toda su amplitud podemos comprender los retos que todavía debemos afrontar como sociedad para que este derecho sea verdaderamente universal.

¿Por qué se celebra el Día Mundial de la Salud?

El Día Mundial de la Salud se celebra cada 7 de abril para conmemorar la creación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), fundada en 1948 con el propósito de promover el derecho de todas las personas a alcanzar el mayor nivel posible de salud.

La primera Asamblea Mundial de la Salud decidió instaurar esta jornada, que comenzó a celebrarse oficialmente en 1950. Desde entonces, cada año se dedica a un tema prioritario para la salud pública mundial con el objetivo de sensibilizar a la población, promover la prevención e impulsar políticas que contribuyan a mejorar la calidad de vida de las personas.

Uno de los cambios más importantes impulsados por la OMS ha sido transformar la forma en que entendemos la salud.

Durante mucho tiempo se pensó que una persona estaba sana simplemente porque no tenía ninguna enfermedad. Sin embargo, esta visión resultaba demasiado limitada para explicar la realidad.

Por ello, la OMS definió la salud como un estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de enfermedades o afecciones.

Esta definición marcó un antes y un después porque puso de manifiesto que el bienestar de una persona depende de muchos factores que van más allá de la atención médica.

No basta con tratar una enfermedad cuando aparece. También es necesario promover hábitos saludables, prevenir problemas de salud y crear las condiciones necesarias para que todas las personas puedan desarrollar su vida con la mayor calidad posible.

Esta forma de entender la salud sigue siendo hoy uno de los grandes retos de nuestras sociedades y sirve como punto de partida para reflexionar sobre aspectos que, con frecuencia, pasan desapercibidos, pero que influyen directamente en nuestro bienestar y en el ejercicio de nuestros derechos.

La salud también depende del entorno: una mirada más amplia

Durante mucho tiempo se pensó que la salud dependía casi exclusivamente de nuestro cuerpo. Si una persona enfermaba, acudía al médico, recibía un tratamiento y el problema se entendía únicamente desde un punto de vista físico.

Hoy sabemos que la realidad es mucho más compleja.

Nuestra salud está influida por muchos factores que interactúan entre sí. Importa, por supuesto, el estado de nuestro organismo, pero también nuestro bienestar emocional y las condiciones en las que vivimos.

Los profesionales conocen esta forma de entender la salud como el modelo biopsicosocial. Aunque el nombre pueda parecer técnico, la idea es sencilla: la salud no depende de un único elemento, sino del equilibrio entre diferentes aspectos de nuestra vida.

Por un lado, está la dimensión biológica, que incluye las enfermedades, los tratamientos, el dolor o las características propias de nuestro cuerpo.

Por otro, encontramos la dimensión psicológica, relacionada con nuestras emociones, la manera en que afrontamos las dificultades y los recursos personales que utilizamos para adaptarnos a ellas.

Y, finalmente, está la dimensión social, formada por todo aquello que nos rodea: la familia, las relaciones personales, la educación, el trabajo, la situación económica y las oportunidades que tenemos para desarrollar nuestro proyecto de vida.

Estas tres dimensiones no funcionan de manera independiente. Lo que ocurre en una influye inevitablemente en las demás.

Por eso, hoy entendemos que cuidar la salud no consiste únicamente en tratar una enfermedad cuando aparece. También implica favorecer el bienestar emocional, promover hábitos saludables y crear entornos que permitan a las personas desarrollar su vida en las mejores condiciones posibles.

Esta forma de entender la salud nos ayuda a comprender que, para hablar realmente de bienestar, también debemos mirar más allá del cuerpo y prestar atención a todo aquello que influye en la vida cotidiana de las personas.

Cuando el derecho a la salud no parte del mismo punto para todas las personas

Aunque el derecho a la salud está reconocido como un derecho fundamental, la realidad demuestra que no todas las personas pueden ejercerlo en las mismas condiciones.

Las circunstancias personales, sociales y económicas hacen que el acceso a la atención sanitaria, a la prevención o a los recursos de salud no sea igual para todo el mundo.

En el caso de las personas con discapacidad, esta desigualdad suele hacerse especialmente visible.

Con frecuencia, las dificultades no aparecen únicamente como consecuencia de la propia discapacidad, sino por la existencia de barreras que dificultan el acceso a una atención sanitaria en igualdad de condiciones.

Estas barreras pueden adoptar muchas formas.

Algunas son físicas y dificultan el acceso a hospitales, consultas o pruebas médicas.

Otras aparecen cuando la información no resulta comprensible, cuando la comunicación entre profesionales y pacientes no se adapta a las necesidades de cada persona o cuando determinados procedimientos no tienen en cuenta la diversidad existente.

También existen obstáculos administrativos, tecnológicos o sociales que pueden complicar gestiones tan habituales como solicitar una cita, comprender un consentimiento informado o participar plenamente en las decisiones relacionadas con la propia salud.

Todo ello demuestra que el derecho a la salud no depende únicamente de la existencia de buenos profesionales o de tratamientos eficaces.

También depende de que todas las personas puedan acceder a esos recursos, comprender la información que reciben y participar activamente en las decisiones que afectan a su bienestar.

Por eso, cuando hablamos de igualdad en salud, no basta con ofrecer los mismos servicios a toda la población.

También es necesario identificar las barreras que todavía existen y crear las condiciones para que cualquier persona pueda ejercer este derecho con la misma autonomía, seguridad y dignidad.

Solo entonces podremos decir que el derecho a la salud deja de ser un principio teórico para convertirse en una realidad compartida.

La accesibilidad también es salud

Cuando hablamos de accesibilidad, muchas personas piensan de inmediato en una rampa, un ascensor o una plaza de aparcamiento reservada. Sin embargo, la accesibilidad es un concepto mucho más amplio.

En el ámbito de la salud, significa que cualquier persona pueda acceder a la atención sanitaria, comprender la información que recibe, comunicarse con los profesionales y participar en las decisiones relacionadas con su propia salud en igualdad de condiciones.

Para conseguirlo, la accesibilidad debe estar presente en todos los ámbitos del sistema sanitario.

La accesibilidad física garantiza que hospitales, centros de salud y consultas puedan utilizarse con seguridad y autonomía por todas las personas.

La accesibilidad comunicativa facilita que la información pueda intercambiarse de forma eficaz, respetando las distintas formas de comunicación y proporcionando los apoyos necesarios cuando sean precisos.

La accesibilidad cognitiva hace que la información sanitaria sea clara, sencilla y fácil de comprender, favoreciendo que cada persona pueda entender un diagnóstico, un tratamiento o un consentimiento informado.

A todo ello se suma la accesibilidad digital, cada vez más importante en una sanidad donde muchas gestiones se realizan a través de páginas web y aplicaciones móviles, como solicitar una cita, consultar resultados o acceder a la historia clínica.

La accesibilidad no debe entenderse como una adaptación excepcional para unas pocas personas. Debe formar parte del diseño de los servicios desde el principio, para que cualquier ciudadano pueda utilizarlos con independencia de sus capacidades o necesidades de apoyo.

Cuando un sistema sanitario incorpora la accesibilidad como un principio básico, no solo mejora la atención a las personas con discapacidad. También facilita la vida de las personas mayores, de quienes atraviesan una enfermedad temporal, de quienes tienen dificultades para comprender determinada información o, simplemente, de cualquier persona que, en algún momento de su vida, pueda necesitar un apoyo adicional.

Por eso, hablar de accesibilidad no es hablar de privilegios.

Es hablar de calidad asistencial, de igualdad de oportunidades y de un sistema sanitario pensado para todas las personas desde el primer momento.


Comunicarse también puede salvar vidas

Cuando acudimos a una consulta médica solemos dar por hecho que podremos explicar qué nos ocurre, responder a las preguntas del profesional sanitario, comprender un diagnóstico o expresar nuestras dudas.

Sin embargo, para muchas personas esto no resulta tan sencillo.

Las personas que tienen dificultades en el habla o utilizan formas alternativas de comunicación pueden encontrarse con obstáculos que afectan directamente a la atención sanitaria que reciben.

Si una persona no puede explicar con claridad qué siente, dónde le duele o qué necesita, aumenta el riesgo de que la información sea incompleta y de que el diagnóstico o el tratamiento no respondan realmente a su situación.

Del mismo modo, si no puede comprender las explicaciones que recibe o expresar su consentimiento de forma libre e informada, también se limita su capacidad para participar en las decisiones sobre su propia salud.

Por eso, la comunicación no es un aspecto secundario de la asistencia sanitaria.

Es un derecho que permite ejercer muchos otros derechos.

En este contexto adquieren una importancia fundamental los Sistemas Aumentativos y Alternativos de la Comunicación (SAAC).

Aunque su nombre pueda parecer complejo, su finalidad es muy sencilla: ofrecer herramientas para que las personas puedan comunicarse cuando el habla no es suficiente o no constituye su principal forma de expresión.

Existen recursos muy diversos, como los tableros de comunicación con pictogramas, los comunicadores con voz sintetizada, las aplicaciones para dispositivos móviles o los sistemas basados en imágenes, símbolos o gestos. Herramientas como ARASAAC o Proloquo2Go han permitido que muchas personas puedan expresar sus necesidades, participar en conversaciones y tomar decisiones sobre su propia vida con mayor autonomía.

Pero el verdadero valor de estos sistemas no está en la tecnología.

Está en que permiten que una persona pueda decir cómo se encuentra, hacer preguntas, comprender las indicaciones de los profesionales sanitarios, expresar sus preferencias y participar activamente en las decisiones que afectan a su salud.

Porque una atención sanitaria de calidad no consiste solo en escuchar a quien puede hablar.

Consiste en garantizar que todas las personas puedan ser escuchadas, independientemente de la forma en la que se comuniquen.


Mi experiencia: aprender a convivir con la salud

Para mí, la salud nunca ha sido algo que simplemente “está ahí”.

Desde pequeña he convivido con ella de una manera diferente y eso ha hecho que siempre haya sido muy consciente de su valor.

Muchas veces se dice que solo apreciamos la salud cuando la perdemos. Creo que hay mucho de verdad en esa afirmación.

Mientras todo va bien, seguimos con nuestra rutina, hacemos planes y damos por hecho que nuestro cuerpo responderá como esperamos. Pero cuando aparece el dolor o cualquier dificultad que altera nuestra vida cotidiana, nuestra forma de entender la salud cambia por completo.

En mi caso, esa realidad comenzó muy pronto.

Como consecuencia de mi parálisis cerebral, pasé por varias operaciones en las piernas debido a la luxación de caderas. Recuerdo aquella etapa como un tiempo marcado por hospitales, intervenciones quirúrgicas, rehabilitación y una adaptación constante a cada nuevo reto.

No fue un camino fácil.

Pero, poco a poco, aprendí que mi vida no podía quedarse detenida en cada obstáculo. Tenía que seguir avanzando, adaptándome a una realidad que no había elegido, pero que sí podía aprender a afrontar.

Con el paso de los años, aquella etapa quedó atrás.

Sin embargo, crecer no significó dejar de convivir con las consecuencias de mi discapacidad.

Hoy sigo enfrentándome a distintas dolencias y sé que probablemente mi salud nunca será perfecta. Aun así, eso no me impide seguir construyendo la vida que quiero vivir.

Con el tiempo he comprendido que cuidar de mi salud no consiste en buscar una solución definitiva, sino en ser constante con todo aquello que me ayuda a mantener mi bienestar y mi calidad de vida.

Por eso, la fisioterapia forma parte de mi día a día. También los tratamientos, la medicación y, cuando son necesarias, las infiltraciones.

No los vivo como una carga.

Los entiendo como una forma de cuidar de mí y de preservar, en la medida de lo posible, mis capacidades para seguir disfrutando de una vida activa.

Todo este recorrido me ha enseñado que cuidar la salud también significa escuchar al propio cuerpo, aceptar cuando necesitamos ayuda y comprender que prevenir muchas veces es tan importante como tratar.

Quizá esa sea una de las mayores lecciones que me ha dejado la vida: la salud no es algo que podamos dar por hecho. Es un equilibrio que necesita cuidados, constancia y compromiso.

Y precisamente por haber aprendido esa lección desde muy pequeña, hoy valoro profundamente todo aquello que me permite seguir avanzando y continuar construyendo la vida que deseo.


Lo que la discapacidad me ha enseñado sobre la salud


Convivir con una discapacidad durante toda la vida cambia inevitablemente la forma de entender la salud.


Con el tiempo he descubierto que muchas de las dificultades que encontramos las personas con discapacidad no están provocadas únicamente por nuestra condición, sino por un entorno que todavía no siempre está preparado para responder a la diversidad de las personas.


Cuando existen apoyos adecuados, accesibilidad y profesionales que escuchan, muchas barreras dejan de serlo o disminuyen considerablemente.


Por eso, hoy entiendo que cuidar de la salud va mucho más allá de recibir un tratamiento médico.


También significa poder acceder a los servicios sanitarios sin obstáculos, comprender la información que recibimos, comunicarnos en igualdad de condiciones y participar activamente en las decisiones que afectan a nuestra propia vida.


La salud también depende de sentirse escuchado, respetado y tratado como una persona con capacidad para decidir sobre su propio bienestar.


Esta forma de mirar la salud ha cambiado también mi manera de entender la discapacidad.


Ya no la veo únicamente como una condición que implica determinados desafíos.


La veo como una realidad que nos recuerda que los derechos solo se ejercen plenamente cuando la sociedad elimina las barreras que dificultan su ejercicio.


Cuando un sistema sanitario incorpora la accesibilidad desde el principio, ofrece apoyos personalizados y coloca a la persona en el centro de la atención, no solo mejora la experiencia de quienes tenemos una discapacidad.


Mejora la calidad de la atención para toda la población.


Porque una sanidad verdaderamente inclusiva no beneficia únicamente a un colectivo.


Construye un sistema más humano, más seguro y más eficaz para todas las personas.


Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que la discapacidad me ha enseñado sobre la salud: que el bienestar no depende solo de nuestro cuerpo, sino también del compromiso de la sociedad para garantizar que nadie quede excluido del ejercicio de un derecho tan esencial.

Reflexión final: el verdadero reto de una sociedad saludable

Cuando hablamos de salud solemos pensar en hospitales, tratamientos, avances científicos o nuevos medicamentos. Sin embargo, el verdadero desafío de una sociedad no consiste únicamente en curar enfermedades, sino en crear las condiciones para que todas las personas puedan cuidar de su salud y ejercer este derecho en igualdad de oportunidades.

Ese reto va mucho más allá del ámbito sanitario.

Nos obliga a pensar cómo diseñamos nuestras ciudades, cómo construimos los servicios públicos, cómo comunicamos la información, cómo formamos a los profesionales y, sobre todo, cómo entendemos la diversidad humana.

Una sociedad verdaderamente saludable es aquella que deja de adaptarse a las personas solo cuando aparecen las dificultades y empieza a planificar desde el principio pensando en la diversidad de quienes la forman.

Cuando diseñamos entornos accesibles, una comunicación comprensible y servicios centrados en la persona, no estamos respondiendo únicamente a las necesidades de un colectivo concreto. Estamos construyendo una sociedad más justa, más humana y preparada para acompañar a cualquier persona a lo largo de su vida.

Porque todos, antes o después, podemos atravesar situaciones en las que necesitemos apoyos, comprensión o una atención adaptada a nuestras circunstancias.

Por eso, hablar de salud también es hablar de corresponsabilidad.

De comprender que el bienestar colectivo depende de las decisiones que tomamos como sociedad y de la importancia que damos a valores como la inclusión, la accesibilidad, la prevención y el respeto a la dignidad de cada persona.


Quizá ese sea el mayor aprendizaje que nos deja el Día Mundial de la Salud: entender que proteger la salud no consiste solo en cuidar de nuestro cuerpo, sino también en construir una sociedad donde todas las personas puedan vivir, participar y desarrollar su proyecto de vida con las mismas oportunidades.

Porque cuidar de nuestra salud no debería ser un privilegio; debería ser un derecho que todos podamos ejercer, todos los días, sin excepción.

💜✨ Porque una sociedad realmente saludable no se mide solo por la calidad de su sanidad, sino por su capacidad para garantizar que nadie quede atrás.


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