Día Internacional del Autocuidado: cuando cuidarnos también significa respetar nuestra propia manera de hacer las cosas
Hay días en los que nuestro cuerpo intenta hablarnos sin pronunciar una sola palabra.
Lo hace a través del cansancio, de una molestia que aparece al repetir un movimiento, de la necesidad de hacer una pausa o de esa sensación de que necesitamos bajar el ritmo. Sin embargo, vivimos tan pendientes de cumplir horarios, responder a las obligaciones y alcanzar las expectativas de los demás que, muchas veces, dejamos de escuchar esos pequeños mensajes.
Quizá el mayor acto de autocuidado no consista en hacer más cosas por nosotros mismos, sino en aprender a escucharnos antes de que nuestro cuerpo tenga que gritar para llamar nuestra atención.
¿Por qué existe el Día Internacional del Autocuidado?
Cada 24 de julio se celebra el Día Internacional del Autocuidado, una iniciativa que nos recuerda que cuidar de nuestra salud no es una tarea puntual, sino un compromiso que nos acompaña todos los días del año.
La elección del 24/7 simboliza precisamente esa idea: que el autocuidado debe estar presente las 24 horas del día, los 7 días de la semana.
Su objetivo es concienciar sobre la importancia de asumir un papel activo en el cuidado de nuestra salud, prevenir enfermedades y adoptar hábitos que mejoren nuestra calidad de vida.
También pretende recordarnos que nuestro bienestar no depende únicamente de los profesionales sanitarios cuando aparece una enfermedad, sino de las pequeñas decisiones que tomamos cada día.
En una sociedad cada vez más acelerada, en la que el estrés, las prisas y la sobrecarga forman parte de la rutina de muchas personas, detenernos para hablar de autocuidado es más necesario que nunca.
Porque cuidarnos no debería ser algo que hacemos únicamente cuando nuestro cuerpo ya no puede más, sino una forma de acompañarnos durante toda nuestra vida.
¿Qué entendemos realmente por autocuidado?
En los últimos años el término autocuidado se ha hecho muy popular. Sin embargo, no siempre se utiliza con el mismo significado.
Con frecuencia se relaciona con una alimentación saludable, el ejercicio físico, el descanso o momentos de relajación. Aunque todo ello forma parte del autocuidado, reducirlo únicamente a esos aspectos ofrece una visión incompleta.
La Organización Mundial de la Salud lo define como la capacidad de las personas para promover su salud, prevenir enfermedades, mantener el bienestar y afrontar diferentes situaciones relacionadas con la salud, con o sin el apoyo de profesionales.
Aunque pueda parecer una definición muy técnica, en realidad habla de algo que todos hacemos cada día.
Cada vez que decidimos descansar porque estamos agotados, acudimos a una revisión médica, seguimos un tratamiento, pedimos ayuda cuando la necesitamos, dedicamos tiempo a algo que nos hace sentir bien o aprendemos a gestionar nuestras emociones, estamos practicando el autocuidado.
También conviene desmontar algunos mitos.
El autocuidado no es egoísmo. Cuidarnos no significa dejar de preocuparnos por los demás, sino reconocer que nuestro bienestar también importa.
Tampoco es un premio que nos concedemos cuando hemos terminado todas nuestras obligaciones. Es una necesidad que debería formar parte de nuestra vida cotidiana.
Y, sobre todo, el autocuidado no consiste en seguir un modelo único.
Cada persona tiene unas circunstancias, unas capacidades y unas necesidades diferentes. Por eso, la manera de cuidarnos también debe adaptarse a nuestra propia realidad.
Los hábitos que construyen nuestro bienestar físico, emocional y social
Nuestro bienestar no depende de una única decisión, sino del conjunto de pequeños hábitos que repetimos cada día.
Dormir las horas necesarias, mantener una alimentación equilibrada, hidratarnos correctamente, realizar actividad física adaptada a nuestras posibilidades, cuidar nuestra higiene, acudir a las revisiones médicas y seguir los tratamientos cuando son necesarios constituyen una parte importante del autocuidado físico.
Sin embargo, cuidarnos va mucho más allá de atender nuestro cuerpo.
También implica prestar atención a nuestra salud emocional: aprender a identificar lo que sentimos, expresar nuestras emociones, gestionar el estrés, permitirnos descansar sin sentir culpa, dedicar tiempo a aquello que nos hace disfrutar y reconocer cuándo necesitamos parar.
A veces pensamos que descansar es perder el tiempo o que debemos mantener siempre el mismo ritmo. Pero escuchar nuestras necesidades también es una forma de responsabilidad hacia nosotros mismos.
El autocuidado también está relacionado con la manera en la que organizamos nuestra vida.
Aprender a poner límites, respetar nuestros tiempos, desconectar cuando lo necesitamos y encontrar un equilibrio entre nuestras responsabilidades y nuestro bienestar son decisiones que influyen directamente en nuestra calidad de vida.
Pero existe otro aspecto del autocuidado del que se habla menos y que tiene una gran importancia: nuestras relaciones personales.
Rodearnos de personas que nos respeten, nos escuchen, comprendan nuestras necesidades y nos hagan sentir valorados favorece nuestro bienestar emocional.
Las relaciones sanas son aquellas en las que podemos mostrarnos tal y como somos, sin sentir que tenemos que ocultar una parte de nosotros o cambiar nuestra manera de vivir para cumplir las expectativas de otra persona.
Una persona que nos quiere y nos acompaña no intenta imponernos cómo debemos hacer las cosas, sino que aprende a comprender nuestra realidad y respeta nuestras decisiones.
El apoyo verdadero no consiste en decidir por alguien, sino en caminar a su lado.
También forma parte del autocuidado aprender a identificar aquellas relaciones que no favorecen nuestro bienestar.
Vínculos basados en la crítica constante, el control, la falta de respeto o la sensación de que siempre debemos justificar nuestras decisiones pueden afectar a nuestra salud emocional.
Cuidarnos también significa reconocer qué personas aportan tranquilidad, confianza y seguridad a nuestra vida, y cuáles nos alejan de nuestro propio bienestar.
Porque las relaciones que construimos también influyen en la manera en la que nos sentimos con nosotros mismos.
Un error muy frecuente: pensar que existe una única forma correcta de cuidarse
Vivimos rodeados de recomendaciones sobre cómo deberíamos alimentarnos, cuánto ejercicio tendríamos que realizar, cuántas horas debemos dormir o cuál debería ser nuestra rutina ideal.
La información puede ser útil, pero también puede transmitir una idea equivocada: que existe una única manera válida de cuidar nuestra salud.
La realidad es muy diferente.
Cada persona tiene unas circunstancias, unas responsabilidades, unas capacidades y unas necesidades distintas.
No necesita cuidarse igual una persona deportista que alguien con una enfermedad crónica, una persona mayor que una persona joven, alguien que acaba de ser madre que alguien que vive con una discapacidad.
El verdadero autocuidado comienza cuando dejamos de intentar encajar en un modelo universal y empezamos a construir una forma de cuidarnos que tenga sentido para nuestra propia vida.
Porque respetar nuestras necesidades no significa conformarnos.
Significa conocernos.
Significa escuchar nuestro cuerpo.
Y significa entender que aquello que funciona para otra persona no tiene por qué ser lo mejor para nosotros.
El autocuidado en las personas con discapacidad: escuchar el cuerpo también es cuidarse
Cuando hablamos de autocuidado solemos hacerlo desde una perspectiva general. Sin embargo, no todas las personas partimos de las mismas circunstancias.
Para quienes convivimos con una discapacidad, una enfermedad crónica o cualquier condición que influya en nuestra vida cotidiana, el autocuidado adquiere un significado más amplio.
Muchas actividades que para otras personas pueden resultar automáticas, como vestirse, desplazarse, cocinar o escribir, pueden requerir más tiempo, más planificación o estrategias diferentes.
Por eso, hablar de autocuidado desde la discapacidad implica hablar también de adaptación.
Adaptar no significa hacer las cosas peor.
Significa encontrar la manera que mejor protege nuestra salud, respeta nuestras capacidades y nos permite mantener nuestra autonomía.
En muchas ocasiones supone aprender a dosificar la energía, alternar momentos de actividad y descanso, utilizar productos de apoyo, reorganizar tareas o aceptar que no todos los días tenemos las mismas fuerzas.
Estas decisiones no representan una falta de capacidad.
Al contrario, muestran conocimiento sobre nuestro propio cuerpo y una forma de cuidarnos desde la realidad que vivimos.
Porque la verdadera autonomía no consiste en hacer las cosas exactamente igual que los demás.
Consiste en poder realizarlas de la manera que mejor se adapta a nosotros.
Mi forma de entender el autocuidado
Convivir con una parálisis cerebral me ha enseñado que cuidarme no siempre significa hacer más cosas.
Muchas veces significa hacerlas de otra manera.
Con el paso de los años he comprendido que, para mí, el autocuidado tiene que basarse principalmente en el bienestar y en la comodidad.
Puede parecer una idea sencilla, pero ha cambiado completamente mi manera de afrontar muchas situaciones.
Si realizo una actividad de una determinada forma porque así evito hacerme daño, reduzco el esfuerzo o consigo hacerla con mayor comodidad, esa forma también está bien.
Puede que otra persona piense que existe una técnica diferente o incluso una manera más rápida de hacerlo.
Y probablemente sea cierto… para su cuerpo.
Pero no necesariamente para el mío.
Durante mucho tiempo pensé que el objetivo era intentar hacer las cosas igual que los demás.
Creía que, cuanto más me acercaba a una forma considerada “normal”, más autónoma era.
Con los años he descubierto que esa idea no era correcta.
La verdadera autonomía no consiste en copiar la manera en la que otras personas realizan una actividad, sino en encontrar la estrategia que mejor responde a nuestras propias capacidades y necesidades.
He aprendido que adaptar una tarea no significa hacerla peor.
Significa conocer nuestro cuerpo, escuchar sus señales y tomar decisiones que protejan nuestra salud y nuestro bienestar.
Y esta reflexión también me ha enseñado algo importante: nadie debería sentirse con derecho a criticar la forma en la que otra persona realiza las cosas cuando esa manera le permite vivir mejor.
A veces, desde fuera, se juzgan determinadas formas de hacer algo simplemente porque son diferentes.
Se comparan ritmos, movimientos o estrategias sin conocer todo lo que hay detrás.
Pero cada persona desarrolla sus propias herramientas para desenvolverse en el mundo.
Lo que para alguien puede parecer extraño, lento o diferente, puede ser precisamente aquello que permite a otra persona ser independiente, sentirse segura y cuidar de sí misma.
Por eso, respetar nuestras propias formas de hacer las cosas también forma parte del autocuidado.
Porque cuidarnos no es solamente escuchar nuestro cuerpo, sino también defender el derecho a que los demás respeten aquello que hemos aprendido sobre él.
La autonomía también significa poder decidir cómo queremos hacer las cosas
Durante muchos años se ha relacionado la autonomía con la idea de hacer todo sin ayuda y siguiendo los mismos pasos que la mayoría de las personas.
Sin embargo, esta visión deja fuera muchas realidades.
Una persona puede ser completamente autónoma aunque utilice apoyos, necesite más tiempo o haya encontrado una manera diferente de realizar una actividad.
La autonomía está relacionada con poder decidir sobre nuestra propia vida.
Conocer nuestras necesidades.
Elegir.
Participar.
Y tener la libertad de encontrar nuestro propio camino.
A veces, el mayor obstáculo para la autonomía no está en la propia discapacidad, sino en las expectativas de quienes nos rodean.
Cuando alguien cuestiona continuamente nuestras decisiones, corrige nuestra manera de hacer las cosas o piensa que sabe mejor que nosotros qué necesitamos, puede terminar limitando una capacidad fundamental: la de decidir sobre nuestra propia vida.
Acompañar no significa dirigir.
Ayudar no significa sustituir.
Y cuidar a alguien no significa quitarle la oportunidad de descubrir sus propias estrategias.
El respeto comienza cuando entendemos que cada persona conoce su cuerpo y su realidad mejor que nadie.
Respetar también es cuidar
El autocuidado no depende únicamente de nosotros.
El entorno también puede favorecerlo o dificultarlo.
Una persona puede esforzarse mucho por escuchar sus necesidades, organizar sus tiempos y encontrar la manera más adecuada de realizar sus actividades, pero si quienes la rodean no respetan esas decisiones, ese proceso puede resultar mucho más difícil.
Respetar también es una forma de cuidar.
Significa preguntar antes de ayudar.
Significa escuchar antes de opinar.
Significa comprender que una forma diferente de hacer algo no implica que sea incorrecta.
Significa aceptar que cada persona tiene sus propios ritmos y sus propias estrategias.
Porque muchas veces la ayuda que más necesitamos no es que alguien haga las cosas por nosotros, sino que nos permita hacerlas a nuestra manera.
El acompañamiento verdadero nace del respeto, no de la imposición.
Y ese respeto también debe estar presente en nuestras relaciones personales.
Una relación sana es aquella en la que podemos mostrarnos como somos, expresar nuestras necesidades y tomar decisiones sin miedo a ser juzgados.
Las personas que forman parte de nuestra vida deberían ser un espacio donde encontremos comprensión y apoyo, no un lugar donde tengamos que demostrar constantemente que nuestra forma de vivir es válida.
¿Qué puede hacer la sociedad para favorecer el autocuidado de todas las personas?
Aunque solemos hablar del autocuidado como una responsabilidad individual, la sociedad también desempeña un papel fundamental.
No todas las personas tienen las mismas oportunidades para cuidar de su salud.
Es mucho más sencillo practicar el autocuidado cuando vivimos en entornos accesibles, cuando contamos con apoyos adecuados, cuando podemos acceder a los recursos que necesitamos y cuando nuestras necesidades son escuchadas y respetadas.
Por eso, hablar de autocuidado también significa hablar de inclusión.
Una sociedad que favorece el bienestar de todas las personas debe eliminar barreras, garantizar la accesibilidad y comprender que la diversidad forma parte de la vida.
Las familias pueden favorecer el autocuidado aprendiendo a acompañar sin sustituir, escuchando antes de tomar decisiones y fomentando la autonomía.
Los profesionales pueden contribuir ofreciendo apoyos personalizados, entendiendo que cada persona tiene una realidad diferente y que no existen soluciones únicas para todos.
Las administraciones tienen la responsabilidad de impulsar recursos y políticas que faciliten el acceso a la salud, la prevención, la accesibilidad y la participación de todas las personas.
Y cada uno de nosotros podemos contribuir con algo tan sencillo como cambiar nuestra mirada.
Dejar de juzgar cómo una persona se mueve, cómo realiza una actividad, cuánto tiempo necesita o qué estrategias utiliza.
Porque muchas veces aquello que interpretamos como una diferencia es, en realidad, una forma de adaptación.
Una forma de superar barreras.
Una forma de cuidar de uno mismo.
Respetar que cada persona encuentre la manera que mejor se adapta a sus necesidades también es una forma de autocuidado colectivo.
Una reflexión final
Quizá el mayor aprendizaje que nos deja el Día Internacional del Autocuidado sea comprender que no existe una única forma correcta de cuidarse.
Los hábitos saludables son importantes, pero solo tienen verdadero sentido cuando respetan nuestras circunstancias, nuestras capacidades y nuestras necesidades.
Desde mi experiencia he aprendido que el bienestar no consiste en hacer las cosas como las hacen los demás, sino en encontrar la manera que me permite vivir con más seguridad, más comodidad y más libertad.
El autocuidado no empieza cuando todo va bien.
Empieza cuando decidimos escucharnos, respetarnos y tratarnos con la misma comprensión con la que tratamos a las personas que queremos.
También empieza cuando dejamos de sentir que debemos justificar nuestra manera de hacer las cosas ante quienes no conocen nuestra realidad.
Cada cuerpo tiene su propio ritmo.
Cada persona desarrolla sus propias estrategias.
Cada historia tiene sus propias circunstancias.
Y todas merecen ser respetadas.
Cuidarnos también significa rodearnos de relaciones sanas, de personas que nos acompañen sin intentar cambiarnos, que respeten nuestras decisiones y que entiendan que ayudar no es imponer, sino apoyar.
Porque una relación basada en el respeto nos permite crecer, sentirnos seguros y vivir desde quienes realmente somos.
Y quizá ahí encontremos la verdadera esencia del autocuidado: no intentar encajar en una única forma de vivir, sino descubrir aquella que nos permite ser nosotros mismos, respetar nuestro cuerpo y avanzar con mayor bienestar.
Porque cuidar de nosotros también significa aceptar que cada persona tiene derecho a construir su propio camino.
Un camino en el que pueda sentirse escuchada, valorada y libre para vivir de la manera que mejor le permita estar bien consigo misma.
✦ ✦ ✦
Viviendo a través de la Parálisis Cerebral
Visibilizando la discapacidad desde la experiencia y la inclusión. Rompiendo barreras con una voz real que comparte vivencias, historias y reflexiones desde dentro.

Comentarios
Publicar un comentario