Ir al contenido principal

Seguidores

Cuando el respiro desaparece, también cambia nuestra forma de vivir

Hay cosas que forman parte de nuestra vida durante tantos años que terminamos pensando que siempre estarán ahí.

Una actividad.
Un grupo de personas.
Unos fines de semana diferentes.
Un campamento.
Un espacio para salir de la rutina.

Hasta que un día dejan de estar.

Y entonces descubrimos que aquello que parecía simplemente una actividad podía significar mucho más.

Por eso hoy quiero hablar del respiro familiar desde una mirada diferente.

Cuando hablamos de respiro familiar solemos pensar, sobre todo, en las personas que cuidan: en la necesidad de descansar, desconectar durante un tiempo y disponer de espacios propios.

Y, por supuesto, eso es necesario.

Pero hay otra parte de esta realidad de la que hablamos mucho menos:

¿Qué significa el respiro para la persona que recibe los apoyos?

Porque también puede significar libertad.

Y creo que ha llegado el momento de entender que el respiro familiar no es solamente una necesidad de quien cuida. También puede ser una necesidad de quien recibe los cuidados.


Quien cuida también necesita seguir siendo quien es

Cuidar a una persona puede formar una parte muy importante de nuestra vida.

Pero no debería convertirse en nuestra única identidad.

Una persona que cuida también es hija, madre, padre, hermana, pareja, amiga, trabajadora, compañera, persona con sueños, proyectos, aficiones y necesidades propias.

Antes de ser cuidadora, sigue siendo una persona.

Necesita poder descansar, salir con sus amistades, dedicar tiempo a sus aficiones, hacer planes, trabajar, viajar cuando sea posible o, simplemente, disponer de unas horas para sí misma.

No porque quiera menos a la persona que cuida.

Precisamente porque seguir teniendo una vida propia también es necesario para poder cuidar sin perderse a uno mismo por el camino.

Por eso, el respiro familiar no debería verse como un premio para quien cuida ni como algo al que se recurre únicamente cuando ya no puede más.

Debería formar parte de una manera sostenible de organizar los cuidados.

Cuidar también significa poder seguir siendo uno mismo.


La persona con discapacidad también necesita su propio espacio

Aquí es donde creo que falta una parte importante de la conversación.

Cuando una persona con discapacidad participa en una actividad de respiro, muchas veces pensamos en lo que gana la familia durante ese tiempo.

Pero también deberíamos preguntarnos:

¿Qué gana la propia persona?

Puede tener sus propios planes.

Sus propias actividades.

Su propio grupo de personas.

Sus propias experiencias.

Puede conocer gente diferente, relacionarse fuera del entorno familiar, descubrir nuevas capacidades, probar cosas nuevas y disfrutar de momentos en los que no sea solamente «la persona a la que cuidan».

Y eso también es libertad.

Porque una persona con discapacidad puede querer muchísimo a su familia y, al mismo tiempo, necesitar espacios que no estén dentro de ella.

Tener una vida propia no significa alejarse de quienes queremos. Significa poder construir también otras relaciones y experiencias.

Todos necesitamos relacionarnos con diferentes personas, movernos por distintos entornos y descubrir nuevas facetas de nosotros mismos.

Las personas con discapacidad también.


Tener apoyos no significa dejar de tener una vida propia

Una persona con discapacidad puede necesitar ayuda para determinadas cosas.

Pero necesitar ayuda no significa necesitar que otras personas hagan todo por ella.

Tampoco significa que toda su vida tenga que girar alrededor de los cuidados.

Tenemos gustos, amistades, intereses, decisiones, proyectos y ganas de hacer cosas.

Queremos salir.

Queremos participar.

Queremos conocer personas.

Queremos hacer planes.

Queremos disfrutar de nuestro tiempo libre.

A veces pensamos que ser autónomo significa poder hacerlo todo sin ayuda.

Yo creo que es algo más amplio.

La autonomía también consiste en poder decidir sobre nuestra propia vida, aunque para algunas cosas necesitemos apoyo.

Que alguien nos ayude no debería significar que esa persona decida por nosotros.

Y disponer de apoyos tampoco debería significar que nuestra vida tenga que desarrollarse siempre en los mismos espacios ni alrededor de las mismas personas.


El respiro puede abrir otro espacio de vida

Creo que esta es una de las ideas que deberíamos incorporar cuando hablamos de estos servicios.

El respiro puede crear un espacio diferente para cada una de las dos partes.

Mientras la persona cuidadora puede recuperar durante unas horas o unos días una parte de su vida que no está relacionada con los cuidados, la persona con discapacidad puede mantener o construir su propio entorno fuera de la familia.

Otras personas.

Otras conversaciones.

Otras actividades.

Otros planes.

Otras experiencias.

Y eso puede ser muy importante.

Porque nuestra vida no debería desarrollarse únicamente en un mismo espacio ni alrededor de las mismas personas.

Una vida completa también se construye a través de los diferentes entornos en los que participamos.


En mi caso, el respiro formó parte de mi vida durante muchos años

Esta reflexión no nace solamente de una idea.

También nace de mi propia experiencia.

Entre 2005 y 2017 tuve un servicio de respiro familiar que ofrecía actividades durante todo el año, incluyendo actividades de fin de semana y campamentos.

Durante esos años tuve la oportunidad de participar en diferentes actividades, relacionarme con otras personas, hacer planes y vivir experiencias fuera de la rutina familiar habitual.

Aquello formaba parte de mi vida.

No era simplemente «ir a una actividad».

Era tener un espacio propio, salir de la rutina, compartir experiencias y convivir con personas fuera de mi entorno familiar.

Y hay algo especialmente importante que hoy puedo valorar con el paso del tiempo.

En aquel espacio conocí a muchas personas que terminaron siendo muy importantes en mi vida.

Algunas relaciones se quedaron vinculadas a aquella etapa, pero otras fueron mucho más allá de aquellas actividades y terminaron formando parte de mi historia.

Compartimos momentos, experiencias, conversaciones, risas y diferentes etapas.

Quizá entonces no era plenamente consciente de todo lo que estaba construyendo.

Yo simplemente participaba en las actividades, disfrutaba de aquellos momentos y compartía mi tiempo con otras personas.

Pero con los años he podido entender que aquel servicio me estaba dando algo que iba mucho más allá del ocio.

Me estaba ayudando a construir mi propio mundo de relaciones.

Por eso, cuando pienso en aquel servicio, no recuerdo solamente las actividades, los fines de semana o los campamentos.

Recuerdo también a las personas que conocí.

Y algunas de ellas siguen siendo importantes para mí.

Al mismo tiempo, aquellas actividades permitían que mi familia pudiera disponer de sus propios espacios.

Por eso hoy puedo mirar atrás y entender que aquel servicio tenía dos caras de una misma realidad:

yo tenía mi espacio, mis actividades y mis relaciones; y mi familia también podía disponer del suyo.

No se trataba de elegir entre mi bienestar y el suyo.

El respiro podía beneficiar a todos.


En 2017 tuve que tomar una decisión

En 2017 llegó un momento en el que las condiciones en las que se había producido mi integración en aquel servicio ya no me permitían continuar como lo había hecho hasta entonces.

Y decidí no continuar.

Fue una decisión personal.

No porque hubiera dejado de necesitar espacios propios, actividades o relaciones.

Sino porque las circunstancias habían cambiado y ya no podía continuar de la misma manera.

Y aquí aparece una cuestión de la que creo que deberíamos hablar más:

¿Qué ocurre cuando una persona deja un recurso porque ya no puede continuar en él y después no encuentra otro que responda a sus necesidades?

Porque dejar un servicio no significa dejar de necesitar aquello que ese servicio aportaba.


Desde entonces, mi vida también ha cambiado

Desde 2017 hasta la actualidad no he vuelto a tener un servicio de respiro familiar equivalente.

Y eso ha tenido consecuencias concretas.

He perdido oportunidades de participar en actividades de este tipo y algunas posibilidades de relacionarme, hacer determinados planes y vivir experiencias como las que formaban parte de aquella etapa.

Encontrar asociaciones o servicios que ofrezcan actividades destinadas a personas con discapacidad tampoco siempre resulta fácil.

Pero quiero hacer una precisión importante:

eso no significa que mi vida se haya detenido.

He seguido teniendo proyectos, intereses, amistades y experiencias.

He seguido construyendo mi vida.

Lo que cambió fueron algunas de las oportunidades que antes formaban parte de ella de manera habitual.

Algunas posibilidades de relacionarme, hacer determinados planes o participar en actividades dejaron de estar disponibles con la misma facilidad.

Y cuando tienes que buscar constantemente dónde puedes hacer algo, si existe un recurso adecuado o si las condiciones son compatibles con tus necesidades, algo tan sencillo como hacer un plan puede convertirse en una tarea mucho más complicada.


No es lo mismo no haber tenido una oportunidad que haberla perdido

Hay una diferencia importante entre no haber tenido nunca una determinada oportunidad y haberla tenido durante años para después dejar de disponer de ella.

Cuando algo forma parte de nuestra rutina durante mucho tiempo, construimos recuerdos, relaciones y experiencias alrededor de ello.

Se convierte en una parte más de nuestra vida.

Por eso, cuando desaparece, no siempre basta con decir:

«Ya encontraremos otra actividad».

¿Y si no existe?

¿Y si la alternativa no está adaptada?

¿Y si está demasiado lejos?

¿Y si la persona ya no puede participar de la misma manera?

¿Y si simplemente no hay ningún otro recurso?

Entonces ya no estamos hablando solamente de perder una actividad.

Estamos hablando de perder oportunidades.

Y las oportunidades también forman parte de una vida.


Una persona con discapacidad tiene muchas dimensiones dentro de una misma vida

Quizá haya otra idea que necesitamos tener presente cuando hablamos de estos recursos.

Una persona con discapacidad no tiene una única dimensión.

Tiene muchas.

Tiene una familia, pero también amistades.

Tiene un entorno habitual, pero también necesita conocer otros entornos.

Tiene intereses, aficiones, proyectos, estudios, trabajo, actividades, relaciones y sueños.

Puede ser hija, hermana, amiga, compañera, profesional, estudiante, voluntaria, creadora, deportista o simplemente alguien que quiere disfrutar de su tiempo libre.

La discapacidad es una parte de nuestra vida, pero no es toda nuestra vida.

Por eso, perder un recurso no significa dejar de construir nuestra vida.

Podemos seguir teniendo proyectos, experiencias, relaciones y otros caminos para crecer.

También podemos echar de menos determinadas oportunidades y, al mismo tiempo, estar viviendo otras nuevas.

Una cosa no contradice la otra.

Yo puedo reconocer que desde 2017 he perdido determinadas oportunidades y, al mismo tiempo, reconocer que he seguido construyendo mi vida por otros caminos.

Cada entorno puede permitirnos desarrollar una faceta diferente de quienes somos.

Y eso también es crecer.

Eso también es construir nuestra identidad.

Eso también es tener una vida propia.


Cuando desaparece un apoyo, también puede cambiar la vida cotidiana

Para algunas personas, tener una actividad durante todo el año significa mucho más que ocupar unas horas.

Significa saber que determinado día van a salir de casa.

Que van a encontrarse con otras personas.

Que van a hacer algo diferente.

Que tienen algo que esperar.

Cuando ese recurso desaparece, puede aumentar el tiempo en casa, disminuir la vida social y resultar más complicado hacer planes.

Y esto también puede afectar a las familias.

Porque si antes existía un espacio en el que la persona participaba y ese espacio desaparece, la organización familiar también cambia.

Por eso el respiro no debería entenderse únicamente como un descanso para quien cuida.

También puede ser un espacio de libertad para quien recibe los apoyos.


Las necesidades cambian con el tiempo

Las personas cambiamos.

Cambian nuestras necesidades, nuestras circunstancias, nuestra edad y nuestras preferencias.

Un recurso que funciona durante una etapa de nuestra vida puede dejar de funcionar en otra.

Eso no debería significar que desaparezcan todas las alternativas.

Si una persona deja un servicio, debería poder encontrar otro.

Si una actividad deja de responder a sus necesidades, deberían existir otras posibilidades.

Si cambia su situación, debería poder continuar teniendo oportunidades de participación.

Porque la vida no termina cuando dejamos de encajar en un determinado recurso.

Los apoyos también deberían poder evolucionar con nosotros.


No podemos dejar toda la responsabilidad en las familias

Las familias tienen un papel fundamental.

Pero no podemos esperar que sean ellas quienes solucionen todas las necesidades de ocio, participación y apoyo de una persona con discapacidad.

Tampoco podemos pensar que, si una persona necesita ayuda, será suficiente con que su familia esté siempre disponible.

Las familias también tienen derecho a descansar, trabajar, tener amistades, hacer planes y disfrutar de su propio tiempo.

Y las personas con discapacidad tenemos derecho a construir una vida que no dependa exclusivamente de la disponibilidad de nuestra familia.

Por eso necesitamos una red de apoyos más amplia:

asociaciones, servicios, actividades, profesionales, espacios de ocio, programas de respiro y alternativas que permitan que cada persona encuentre aquello que necesita en cada etapa de su vida.


No hablamos solamente de discapacidad

Aunque esta reflexión nace de mi experiencia como persona con parálisis cerebral, esta situación puede afectar también a otros colectivos.

Personas mayores.

Personas con diferentes necesidades de apoyo.

Personas con problemas de salud mental.

Familias que necesitan ayuda para organizar su día a día.

Cada realidad es diferente y no podemos tratarlas como si fueran iguales.

Pero hay algo que sí podemos compartir:

cuando desaparece un apoyo importante, la vida cotidiana puede cambiar.

Puede cambiar para la persona que recibía ese apoyo, para su familia y para su entorno.

Y también pueden cambiar las oportunidades que tenía para participar en la sociedad.


La inclusión también significa poder hacer planes

Cuando hablamos de inclusión pensamos muchas veces en poder acceder a un edificio, estudiar, trabajar o utilizar un transporte.

Todo eso es fundamental.

Pero la inclusión también está en las cosas aparentemente pequeñas.

En poder quedar con alguien.

En tener una actividad.

En participar en una excursión.

En ir a un campamento.

En conocer gente.

En tener un espacio propio.

En poder decir:

«Este fin de semana tengo un plan».

Puede parecer algo muy sencillo.

Pero no todas las personas tienen las mismas posibilidades de hacerlo.

Y esa diferencia también forma parte de la falta de inclusión.


¿Y si el ocio también fuera un lugar para convivir?

Muchas veces creamos actividades específicas para personas con discapacidad.

Son necesarias y, en determinados momentos, pueden ser la mejor opción.

Pero también creo que deberíamos avanzar hacia actividades en las que personas con y sin discapacidad puedan participar juntas.

No como una actividad especial «para incluir» a unas personas.

Simplemente como una actividad en la que todas puedan participar.

Un campamento.

Una excursión.

Un taller.

Una actividad deportiva.

Un espacio de ocio.

Un grupo de tiempo libre.

¿Por qué no compartirlos?

Porque cuando las personas convivimos, dejamos de relacionarnos solamente con la idea que tenemos de alguien y empezamos a conocer a la persona que tenemos delante.

Y eso puede cambiar muchas cosas.


La inclusión no debería quedarse solamente en el ocio

Creo que esta idea puede ir todavía más lejos.

No deberíamos fomentar únicamente actividades de ocio y tiempo libre compartidas entre personas con y sin discapacidad.

También sería importante que esa convivencia pudiera darse en otros ámbitos:

cultura, formación, deporte, voluntariado, educación, participación social y proyectos comunitarios.

Espacios en los que podamos coincidir, colaborar y aprender unas personas de otras.

Porque cuanto más compartimos espacios, más natural se vuelve la convivencia.

Y cuanto más natural es la convivencia, menos necesario resulta hablar de inclusión como algo extraordinario.


Conocer la discapacidad desde dentro de la sociedad

Creo que una de las dificultades que seguimos teniendo es que muchas personas conocen la discapacidad desde fuera.

La ven.

Escuchan hablar de ella.

Ven campañas de sensibilización.

Pero no siempre tienen la oportunidad de compartir la vida cotidiana con una persona con discapacidad.

Y hay una diferencia enorme entre conocer algo desde fuera y vivirlo junto a alguien.

Cuando compartimos una actividad, un proyecto o un espacio, la discapacidad deja de ser una idea abstracta.

Aparece una persona.

Una persona con sus gustos, su carácter, sus capacidades, sus dificultades, sus opiniones, sus aficiones, sus sueños y su manera particular de entender la vida.

Y entonces quizá dejamos de pensar en «las personas con discapacidad» como un grupo separado y empezamos a entender algo mucho más sencillo:

son personas que forman parte de la misma sociedad que nosotros.

No están fuera de la sociedad esperando a ser incluidas.

Ya forman parte de ella.

Lo que necesitamos es que puedan participar en ella en igualdad de oportunidades.


Cuando convivir deja de ser algo extraordinario

Si una persona con discapacidad participa habitualmente en actividades junto a personas sin discapacidad, llega un momento en el que su presencia deja de llamar la atención.

Y creo que eso es precisamente lo que deberíamos conseguir.

No que la discapacidad desaparezca.

No que dejemos de hablar de las barreras que todavía existen.

Sino que la presencia de una persona con discapacidad en cualquier espacio deje de parecer algo excepcional.

Que no sorprenda verla en una actividad.

Que no sorprenda verla participando en un proyecto.

Que no sorprenda verla haciendo deporte.

Que no sorprenda verla estudiando.

Que no sorprenda verla colaborando como voluntaria.

Que no sorprenda verla tomando decisiones.

Que no sorprenda verla haciendo amigos.

Que no sorprenda verla simplemente viviendo.

Porque cuando algo forma parte de nuestra vida cotidiana, dejamos de verlo como algo extraño.

Y quizá ahí empiece una inclusión mucho más real.


No queremos ser una excepción dentro de nuestra propia sociedad

Las personas con discapacidad no necesitamos que la sociedad nos reserve continuamente espacios extraordinarios para demostrar que nos incluye.

Necesitamos poder formar parte de los espacios que ya existen.

Con los apoyos y las adaptaciones que cada persona necesite, por supuesto.

Pero compartiendo también experiencias con el resto de la sociedad.

Porque no queremos vivir en una sociedad dividida entre «ellos» y «nosotros».

Queremos poder hablar de «nosotros».

De una sociedad en la que existen diferentes maneras de comunicarse, de moverse, de aprender, de relacionarse y de participar.

Una sociedad en la que la diferencia no sea motivo para separar, sino una característica más de las personas que la forman.

Y quizá por eso deberíamos dejar de preguntarnos únicamente:

«¿Cómo podemos incluir a las personas con discapacidad?»

Y empezar a preguntarnos:

«¿Cómo podemos construir espacios en los que todas las personas puedan participar desde el principio?»

La primera pregunta parte de la idea de que alguien está fuera y tenemos que incorporarlo.

La segunda reconoce que ya somos parte de la misma sociedad y que los espacios deberían estar preparados para todos.


El ocio también puede cambiar nuestra mirada sobre la discapacidad

Los programas de ocio y respiro tienen una oportunidad especialmente importante.

No solamente pueden ofrecer descanso, actividades y relaciones.

También pueden convertirse en espacios donde la sociedad conozca la discapacidad de una manera mucho más cercana y real.

Porque cuando compartimos una actividad, aprendemos de manera natural.

Aprendemos que una persona puede necesitar más tiempo para hacer algo, que otra puede comunicarse de una manera diferente o que alguien puede necesitar determinados apoyos.

Y también descubrimos que esas personas tienen sentido del humor, gustos, carácter, opiniones, aficiones, sueños y ganas de pasarlo bien.

Es decir, descubrimos a la persona antes que a la discapacidad.

Y eso puede ser mucho más transformador que limitar nuestra relación con la discapacidad a campañas o jornadas puntuales de sensibilización.


No se trata de eliminar los espacios específicos

Defender actividades compartidas no significa decir que ya no necesitamos servicios específicos para personas con discapacidad.

Hay situaciones en las que estos recursos son imprescindibles.

Hay personas que necesitan determinados apoyos, profesionales o adaptaciones que no siempre pueden ofrecerse en cualquier actividad.

Por eso no se trata de sustituir una cosa por otra.

Se trata de ampliar las posibilidades.

Que existan espacios específicos cuando sean necesarios.

Pero que también existan espacios compartidos en los que participar en igualdad de oportunidades.

Porque la verdadera elección también consiste en poder decidir dónde queremos estar.


¿Y si la inclusión empezara antes de que tuviéramos que hablar de ella?

A veces parece que tenemos que explicar constantemente qué es la inclusión.

Tenemos que hacer campañas, crear jornadas, organizar actividades específicas, sensibilizar y explicar.

Todo eso sigue siendo necesario.

Pero también podríamos preguntarnos si hay otra manera de avanzar.

¿Y si la inclusión estuviera presente desde el principio en nuestras actividades cotidianas?

Si desde pequeños creciéramos compartiendo espacios con personas diferentes, quizá muchas de las barreras que hoy tenemos que intentar derribar ni siquiera llegarían a construirse de la misma manera.

No porque dejaran de existir las diferencias.

Sino porque aprenderíamos a convivir con ellas como algo normal.

Una persona con discapacidad no tendría que aparecer únicamente cuando hablamos de discapacidad.

Podría estar en un campamento, en una excursión, en un equipo, en un taller, en un grupo de amigos, en una actividad de ocio, en una formación o en un proyecto comunitario.

Simplemente porque forma parte de la sociedad.


Tener un recurso no debería depender de la suerte

Creo que también tenemos que cambiar una idea.

No debería ser cuestión de suerte encontrar una asociación que tenga una actividad adecuada.

Ni de vivir en un determinado lugar.

Ni de conocer a las personas adecuadas.

Ni de que exista financiación durante unos años.

Las oportunidades de participación deberían formar parte de una red de apoyos que pudiera acompañarnos a lo largo de las diferentes etapas de nuestra vida.

Porque cuando una puerta se cierra, debería existir otra.

Quizá no sea igual.

Quizá necesitemos otro tipo de apoyo.

Pero debería existir una alternativa.


El respiro también protege las relaciones familiares

Tener espacios separados no significa querer menos a nuestra familia.

En muchas ocasiones, poder tener momentos y actividades diferentes puede ayudar a que las relaciones familiares no estén centradas únicamente en los cuidados.

Una familia puede compartir tiempo porque quiere, no solamente porque tiene que hacerlo.

Puede disfrutar de estar junta sin que cada momento esté condicionado por una tarea de cuidado.

Y la persona con discapacidad puede volver a casa con sus propias experiencias, historias y cosas que contar.

Eso también forma parte de una relación familiar saludable.

El respiro no tiene por qué alejarnos de nuestra familia. Puede ayudarnos a relacionarnos con ella desde otro lugar.


Lo que aprendí cuando dejé de tener aquel espacio

Con el paso del tiempo he podido entender mejor lo que significaban para mí aquellos años.

Mientras tenía aquellas actividades durante todo el año, formaban parte de mi vida.

No pensaba constantemente en lo que me aportaban.

Simplemente estaban ahí.

Hoy, después de tantos años sin disponer de un recurso equivalente, puedo mirar atrás y valorar aquellas oportunidades de otra manera.

No eran solamente actividades.

Eran experiencias.

Eran relaciones.

Eran planes.

Era salir de la rutina.

Era tener una parte de mi vida que no dependía únicamente de la organización familiar.

Y, sobre todo, era haber conocido a personas que terminaron ocupando un lugar importante en mi vida.

Ahora puedo comprender algo que antes no veía con tanta claridad:

no siempre somos conscientes de cuánto espacio ocupa la libertad en nuestra vida hasta que empezamos a tener menos oportunidades para ejercerla.


El respiro también debería ayudarnos a vivir

Por eso creo que tenemos que ampliar nuestra manera de hablar del respiro.

Quien cuida necesita descansar y conservar sus amistades, sus aficiones, sus proyectos y su identidad.

Y quien recibe apoyos necesita poder relacionarse, participar, disfrutar, tomar decisiones y construir experiencias propias.

Cuando un recurso desaparece, no deberíamos preguntarnos solamente:

«¿Quién va a asumir ahora los cuidados?»

También deberíamos preguntarnos:

«¿Qué oportunidades está perdiendo esa persona?»

Esta segunda pregunta puede cambiar completamente nuestra manera de entender el problema.

Porque apoyar a una persona no significa únicamente garantizar que esté atendida.

También significa garantizar que pueda vivir.


Una reflexión para terminar

Mi experiencia me ha enseñado que un servicio puede parecer una pequeña parte de nuestra vida y, sin embargo, estar haciendo posible muchas cosas.

Durante años tuve actividades que me permitían salir de la rutina, hacer planes, relacionarme y disfrutar de espacios propios.

Y, al mismo tiempo, mi familia podía disponer de momentos para descansar, hacer sus propios planes y recuperar espacios de su vida que no estaban relacionados con los cuidados.

Cuando aquellas actividades dejaron de formar parte de mi vida, no desapareció solamente un servicio.

También cambiaron algunas de mis oportunidades.

Y creo que eso merece que reflexionemos sobre ello.

Porque cuando hablamos de apoyar a las personas con discapacidad, no deberíamos pensar únicamente en lo que necesitan para estar atendidas.

También deberíamos pensar en lo que necesitan para vivir.

Y cuando hablamos de apoyar a quienes cuidan, tampoco deberíamos esperar a que estén agotados para ofrecerles un espacio de descanso.

Cuidar no debería hacer desaparecer a quien cuida.

Y necesitar cuidados tampoco debería hacer desaparecer la vida propia de quien los recibe.

Tenemos, además, una oportunidad enorme en la manera en la que diseñamos estos servicios.

Si conseguimos que los programas de ocio, actividades y respiro sean cada vez más espacios compartidos entre personas con y sin discapacidad, estaremos haciendo algo más que ofrecer actividades.

Estaremos creando lugares donde aprender a convivir, donde conocernos y donde descubrir nuestras diferencias y nuestras semejanzas.

Y no solamente en el ocio.

También en la educación, la cultura, el deporte, la formación, el voluntariado, la participación social y en todos aquellos espacios donde las personas construimos nuestra vida.

Quizá entonces necesitemos hablar menos de «incluir» y podamos empezar a hablar más de convivir.

Porque una sociedad verdaderamente inclusiva no debería necesitar crear continuamente espacios extraordinarios para demostrar que incluye a las personas con discapacidad.

Debería conseguir que esos espacios ya fueran parte de nuestra vida cotidiana.

Y quizá ahí encontremos una de las claves del verdadero sentido del respiro:

que ninguna de las dos personas tenga que renunciar a su identidad para que la otra pueda estar bien.

Quien cuida necesita seguir siendo persona más allá de los cuidados.

Y quien recibe apoyos necesita seguir siendo persona más allá de su discapacidad.

El respiro no debería separarnos de la vida: debería ayudarnos a que cada uno pueda seguir construyendo la suya, compartiéndola también con los demás.


✦ ✦ ✦

Viviendo a través de la Parálisis Cerebral

Un espacio de divulgación social donde la experiencia, el conocimiento y la accesibilidad se unen para comprender la discapacidad y otras realidades invisibilizadas, promoviendo una sociedad más inclusiva, comprometida y humana.

Comentarios

Canal de YouTube Viviendo a través de la Parálisis Cerebral

🎧 Episodio 1
🎧 Episodio 2
🎧 Episodio 3

Calendario VPC

Calendario Maestro VPC

Viviendo a través de la Parálisis Cerebral

Nuestro calendario de fechas, contenidos y momentos importantes.
Aquí encontrarás las principales conmemoraciones, fechas relacionadas con la discapacidad y la inclusión, fechas propias de VPC y las publicaciones programadas del blog.

Entradas populares de este blog

Más amor, cero bullying

Los niños de hoy son el futuro de mañana   y   la educación es la base de su pensamiento y personalidad, de ahí la importancia de educar en tener una visión positiva sobre cada uno y también en el    respeto hacia los demás, ya que antes de juzgar a alguien    ponte en sus zapatos, recorre el camino que recorrió y entonces ahí podrás juzgarle!!   La escuela debe ser un lugar donde poder sentirse seguros, por eso   es muy importante que los niños y jóvenes conozcan y tengan los medios y estrategias para terminar con el acoso escolar o bullying, se trata de    la intimación y el maltrato de forma repetida en el ámbito escolar, el agresor busca humillar al agredido. Que hacer si sufres bullying: Pide ayuda.  Nunca respondas a las provocaciones.  Comunica a quienes te acosan que lo que están haciendo te molesta y pídeles que dejen de hacerlo.  Guarda las pruebas del acoso. Trata de hacerles saber que lo que están haciendo es p...

La familia no tiene una sola forma

Introducción: la familia, mucho más que un vínculo de sangre Cada 15 de mayo se celebra el Día Internacional de las Familias, una jornada promovida por las Naciones Unidas para reconocer el papel fundamental que las familias desempeñan en la vida de las personas y en el desarrollo de nuestras sociedades. Sin embargo, esta fecha también nos invita a reflexionar sobre una cuestión que va mucho más allá de la celebración: qué entendemos realmente por familia y por qué es importante reconocer la diversidad de formas en las que puede construirse. Durante mucho tiempo se transmitió la idea de que solo existía un modelo familiar válido. Pero la realidad siempre ha sido mucho más amplia. Hoy convivimos con familias monoparentales, reconstituidas, adoptivas, homoparentales, extensas y también con familias elegidas, formadas por personas que, sin compartir un vínculo biológico, construyen relaciones basadas en el cuidado, el afecto y el compromiso mutuo. Lo que convierte a un grupo de personas e...

Mira desde las capacidades y menos la discapacidad

  La vida comienza con circunstancias que nunca elegimos ser o tener. Esta frase, cobra aún más sentido, cuando hablamos de personas con diversidad funcional, pues me resulta algo súper llamativo, que siempre nos toque a nosotros hacer el mayor esfuerzo para adaptarnos al entorno, en vez de ser a la inversa: debería ser el entorno quien se adecue a nuestras necesidades.   Por eso, tiene tanta importancia hacerlo visible, para garantizar y alcanzar aquello que nos pertenece tener, porque también formamos parte activa de la sociedad, además debemos fomentar una visión más positiva, ya que somos muchísimo más que personas con limitaciones, si se nos brinda la oportunidad, podemos mostrar un mundo de capacidades y romper así con antiguos estereotipos para poner en alza nuestra valía.  En mí pasado, muchas veces se han supuesto mis capacidades sólo por el simple hecho de mi diversidad funcional, a mi parecer desde la ignorancia más absoluta, pero ahí estaba yo d...

Traductor