LA IMAGEN PERSONAL ES MUCHO MÁS QUE LO QUE VEMOS
Hay temas que nacen de la experiencia y otros que, además, necesitan ser contados para abrir nuevas formas de mirar.
Hoy quiero hablar desde mi cuerpo, mis emociones y mi vida, pero también desde una cuestión que puede afectarnos de diferentes maneras: cómo construimos nuestra imagen personal y cómo influye la mirada de los demás en la forma en la que nos vemos.
Porque la imagen personal no es solamente lo que vemos cuando nos miramos al espejo.
También tiene que ver con quiénes somos, cómo nos expresamos, cómo nos presentamos ante los demás y cómo sentimos que ocupamos nuestro espacio en el mundo.
La forma en la que nos mostramos comunica parte de nuestra identidad. Y, al mismo tiempo, la mirada que recibimos puede influir en cómo nos percibimos.
En este proceso aparecen dos conceptos importantes.
El autoconcepto es la idea que tenemos sobre quiénes somos y cómo nos entendemos.
La autoestima es la valoración que hacemos de nosotros mismos.
Ambos se construyen y pueden cambiar a lo largo de la vida. Las experiencias que vivimos, las relaciones que mantenemos y los mensajes que recibimos de nuestro entorno pueden influir en ellos.
Por eso, cuando hablamos de imagen personal, no estamos hablando únicamente de estética.
Estamos hablando también de identidad, autoestima, autonomía, relaciones y participación social.
La primera impresión puede aparecer incluso antes de que exista una conversación. Nuestra ropa, nuestros gestos, nuestra postura o nuestra manera de movernos pueden influir en la interpretación que otras personas hacen de nosotros.
Pero hay algo que no debemos olvidar:
la primera impresión puede influir en cómo nos perciben, pero nunca puede definir quiénes somos.
¿Qué forma nuestra imagen personal?
La imagen personal está formada por diferentes elementos que se relacionan entre sí.
Uno de ellos es nuestro propio estilo.
Va mucho más allá de seguir una moda. Tiene que ver con cómo elegimos vestirnos, los accesorios que utilizamos y las decisiones que tomamos para expresar nuestros gustos, nuestra personalidad y nuestra identidad.
Cada persona puede desarrollar su propio estilo a partir de su historia, sus preferencias, sus circunstancias y sus necesidades.
Por eso no existe una única manera correcta de vestir o de mostrar nuestra personalidad.
Otro elemento es la comunicación no verbal.
Antes de pronunciar una palabra, nuestro cuerpo puede transmitir información a través de los gestos, la expresión facial, la mirada, la postura o la forma de movernos.
En el caso de muchas personas con discapacidad, nuestra manera de movernos también está relacionada con nuestras características físicas y con los apoyos que utilizamos.
La espasticidad, una forma diferente de caminar o el uso de una silla de ruedas, un bastón u otra ayuda técnica forman parte de nuestra realidad.
Pero ninguna de estas características debería convertirse en una invitación para que los demás nos juzguen.
Un cuerpo diferente no es un cuerpo incorrecto.
También forma parte de nuestra imagen el cuidado personal.
Cuidarnos no debería significar intentar alcanzar un determinado modelo de belleza.
Puede significar atender nuestras necesidades, cuidar nuestro bienestar, sentirnos cómodos y dedicar tiempo a nosotros mismos.
Y existe otro aspecto que a veces olvidamos: nuestro desarrollo personal y profesional.
Aprender, adquirir habilidades, trabajar, estudiar, participar en la sociedad, construir relaciones y seguir evolucionando también forma parte de quiénes somos y de la imagen que proyectamos.
Nuestra imagen, por tanto, no depende únicamente de cómo nos vemos.
También tiene que ver con cómo vivimos, cómo actuamos y cómo nos relacionamos con el mundo.
Cuando la sociedad decide qué cuerpos considera normales
Durante mucho tiempo, nuestra sociedad ha presentado determinados cuerpos como modelo de referencia.
Es lo que podemos llamar cuerpo normativo: un modelo de cuerpo que, por razones culturales y sociales, se ha presentado durante mucho tiempo como si fuera la forma normal, correcta o deseable de tener un cuerpo.
Pero que un determinado modelo haya tenido más presencia no significa que sea mejor.
El problema aparece cuando esa imagen se convierte en una medida con la que se comparan todos los demás cuerpos.
La publicidad, la televisión, el cine, las revistas y, actualmente, las redes sociales tienen una gran capacidad para repetir determinados modelos de apariencia.
Cuando vemos constantemente los mismos tipos de cuerpos, podemos llegar a pensar que representan la realidad completa.
Y no es así.
La sociedad está formada por cuerpos muy diferentes.
Personas altas y bajas.
Personas jóvenes y mayores.
Personas con diferentes características físicas.
Personas con discapacidad.
Personas con diferentes pesos y formas corporales.
Personas con diferentes rasgos, orígenes y culturas.
La diversidad corporal no es una excepción. Es parte de la realidad.
En este contexto también encontramos el movimiento Body Positive, una corriente que promueve una relación más respetuosa con los diferentes cuerpos y cuestiona la idea de que solo algunos merecen ser aceptados o considerados atractivos.
Pero incluso aquí debemos hacernos una pregunta.
¿Necesitamos sustituir un modelo de cuerpo ideal por otro?
Probablemente no.
No necesitamos crear un nuevo cuerpo perfecto.
Necesitamos comprender que el valor de una persona no depende de cumplir un determinado modelo físico.
📊 Dato de interés
Lo que vemos con frecuencia puede llegar a parecernos más normal, aunque no represente toda la realidad.
Por eso la representación importa: aquello que aparece en los medios, en la publicidad y en las redes sociales también influye en nuestra percepción de quién forma parte de la sociedad y quién parece quedar fuera.
Cuando no te ves representado
En el caso de las personas con discapacidad, esta cuestión tiene una dimensión especialmente importante.
Durante mucho tiempo hemos tenido una presencia muy limitada en determinados espacios de representación: publicidad, cine, televisión, revistas, moda o redes sociales.
Y cuando aparecíamos, muchas veces era desde perspectivas muy concretas.
La persona con discapacidad como ejemplo de superación.
Como alguien que necesita ayuda.
Como protagonista de una historia extraordinaria.
O como alguien cuya discapacidad era presentada como el elemento principal de su identidad.
Pero también necesitamos ver algo mucho más sencillo:
personas con discapacidad viviendo.
Vistiendo como quieren.
Trabajando.
Estudiando.
Haciendo deporte.
Teniendo amigos.
Enamorándose.
Viajando.
Creando.
Participando.
Tomando decisiones.
Siendo protagonistas de sus propias vidas.
En mi caso, durante muchos años apenas veía cuerpos como el mío representados con naturalidad.
La mayoría de las imágenes seguían mostrando principalmente cuerpos normativos.
Esa falta de representación también puede influir en la manera en la que una persona aprende a mirar su propio cuerpo y en la sensación de pertenencia.
Afortunadamente, esta realidad está cambiando.
Cada vez encontramos más personas con discapacidad participando en espacios públicos, culturales, deportivos y profesionales, además de creando contenidos desde su propia voz.
Todavía queda mucho camino por recorrer, pero cada nueva representación ayuda a ampliar aquello que entendemos como normal.
Porque representar no es solamente mostrar.
También significa hacer visible que estamos aquí.
El cuerpo con discapacidad también forma parte de la diversidad
Soy mujer con discapacidad y lo digo con claridad.
No tengo que esconderme.
Estoy aquí.
Existo.
Mi cuerpo, mis emociones y mi identidad forman parte de quien soy.
Mi discapacidad es una parte de mi vida, pero no es toda mi vida.
Y mi cuerpo tampoco tiene que parecerse a otro para merecer respeto.
No existe un único cuerpo válido.
Existen diferentes formas de vivir, de moverse, de expresarse y de estar en el mundo.
Y ninguna debería convertirse en motivo de inferioridad.
Pero esta cuestión no afecta únicamente a las personas con discapacidad.
También hay personas que pueden sentirse fuera de determinados modelos sociales por su edad, su peso corporal, sus rasgos físicos, su género, su origen o por otras características.
Las experiencias no son iguales y no debemos mezclarlas ni decir que todas las discriminaciones son exactamente las mismas.
Pero sí podemos reconocer una cuestión común:
la presión social puede hacer que una persona sienta que debe cambiar alguna parte de sí misma para encajar.
Y ahí es donde la reflexión sobre la imagen personal deja de ser solamente individual y se convierte también en una cuestión social.
Mi experiencia con mi propio cuerpo
Escribo sobre esto porque mi relación con mi cuerpo también ha cambiado a lo largo del tiempo.
He pasado por diferentes etapas de peso y de percepción de mi propia imagen.
Y quiero hacer una precisión importante sobre una de ellas, porque fue una etapa muy concreta de mi vida, puntual y especialmente crítica.
Hubo un momento en el que llegué a estar excesivamente delgada.
Físicamente no me encontraba bien, pero, curiosamente, mi percepción de mi propio cuerpo no correspondía con lo que estaba ocurriendo.
Yo me veía superbien cuando, físicamente, no estaba nada bien.
En aquel momento no era consciente de esa diferencia. Mi percepción era otra y veía mi cuerpo de una manera que no se correspondía con su estado físico.
Con el paso del tiempo pude mirar aquella etapa desde otra perspectiva y comprender algo importante: cómo nos vemos y cómo está realmente nuestro cuerpo no siempre coinciden.
Aquella experiencia fue personal y no pretendo presentarla como algo que les ocurra a todas las personas.
Cada persona construye su relación con su cuerpo de una manera diferente, según sus experiencias, circunstancias, emociones, entorno y momento vital.
También he tenido complejos con partes concretas de mi cuerpo.
Durante muchos años me acomplejaron mis manos debido a la espasticidad de mis dedos.
Muchas veces intentaba colocarlas de una determinada manera o esconderlas para que llamaran menos la atención.
Me preocupaba más cómo podían mirarlas los demás que cómo las veía yo.
Con el tiempo entendí algo:
mis manos también cuentan mi historia.
Hablan de mi discapacidad.
De todo lo que he vivido.
Del camino recorrido.
Hoy ya no siento la misma necesidad de esconderlas.
No porque haya dejado de reconocer sus características, sino porque he dejado de pensar que esas características disminuyen su valor.
Cada persona puede tener sus propios complejos. Algunos son visibles y otros no.
Y muchas veces nuestras inseguridades no aparecen únicamente por cómo somos, sino también por los mensajes que hemos recibido sobre cómo deberíamos ser.
Aprender a reconciliarnos con nuestro cuerpo no significa dejar de tener inseguridades.
Significa conseguir que esas inseguridades no sean quienes decidan cuánto valemos.
📊 Dato de interés
Nuestra percepción corporal no siempre coincide con la realidad física. La manera en la que interpretamos nuestro cuerpo puede estar influida por nuestras emociones, experiencias, pensamientos y circunstancias personales.
Cuando los demás opinan sobre tu cuerpo sin pedir permiso
Hay personas que vivimos algo que puede resultar muy incómodo: recibir comentarios sobre nuestro cuerpo sin haberlos pedido.
Sobre cómo caminamos.
Cómo nos movemos.
Cómo hablamos.
Cómo nos sentamos.
Cómo utilizamos una silla de ruedas, un bastón u otro apoyo.
También pueden aparecer comentarios sobre nuestro peso, nuestra ropa, nuestra apariencia o determinadas partes de nuestro cuerpo.
A veces quien hace el comentario no pretende hacer daño.
Pero la ausencia de mala intención no significa que el comentario no pueda resultar incómodo o doloroso.
Y existe una cuestión todavía más profunda:
¿Por qué sentimos que tenemos derecho a opinar sobre el cuerpo de otras personas?
No todos los cuerpos reciben la misma mirada.
Algunos pasan desapercibidos.
Otros son observados constantemente.
Cuando una persona recibe durante años comentarios sobre su cuerpo, puede terminar aprendiendo a mirarse desde los ojos de los demás.
Y recuperar una mirada propia también forma parte del proceso de construir una relación más sana con nuestro cuerpo.
📊 Dato de interés
Un comentario sobre el cuerpo puede durar unos segundos para quien lo hace, pero permanecer mucho más tiempo en quien lo recibe.
Por eso, antes de opinar sobre la apariencia de otra persona, también podemos preguntarnos:
¿Es necesario decirlo?
La ropa también comunica quiénes somos
La ropa no es únicamente una cuestión estética.
También puede ser identidad, personalidad, comodidad, autonomía y una forma de expresión.
La manera en la que elegimos vestirnos puede reflejar nuestros gustos, nuestra personalidad, nuestro estado de ánimo e incluso cómo queremos sentirnos o mostrarnos en determinados momentos.
Nuestro propio estilo puede contar parte de quiénes somos incluso antes de que pronunciemos una palabra.
No necesitamos vestir de una determinada manera para demostrar quiénes somos.
Cada persona puede encontrar su propio estilo y utilizar la ropa como una forma más de expresar su identidad y su personalidad.
Pero para algunas personas con discapacidad, elegir la ropa también implica pensar en cuestiones que otras personas quizá no tienen que plantearse.
¿Puedo ponérmela con facilidad?
¿Puedo abrocharla?
¿Me permite moverme cómodamente?
¿Puedo utilizarla de manera autónoma?
¿Necesito ayuda para vestirme?
Por eso hablar de ropa y discapacidad también significa hablar de accesibilidad y autonomía.
Poder elegir cómo queremos vestirnos forma parte del derecho a decidir sobre nuestra propia imagen.
Y también de nuestra libertad para expresar quiénes somos.
La ropa no debería obligarnos siempre a adaptarnos a ella.
También debería poder adaptarse a las personas, a sus necesidades y a sus diferentes formas de vivir.
Lo que aprendemos desde pequeños también importa
La forma en la que aprendemos a mirar los cuerpos comienza mucho antes de que seamos adultos.
La infancia es una etapa importante para aprender qué consideramos diferente, qué consideramos normal y cómo tratamos a quienes no encajan en determinados modelos.
Por eso es importante que niños y niñas crezcan viendo diferentes cuerpos representados con naturalidad.
Personas con discapacidad.
Personas de diferentes edades.
Personas con diferentes características físicas.
Diferentes familias.
Diferentes culturas.
Diferentes formas de vivir y de relacionarse.
Pero representar diversidad no significa enseñar a los niños simplemente a decir:
«Todos somos diferentes».
También debemos enseñarles algo más profundo:
ser diferente no hace que una persona tenga menos valor.
Esto puede ayudar a prevenir prejuicios y a construir relaciones basadas en el respeto.
Y también debemos enseñar que la ropa, el aspecto físico o la manera de moverse nunca cuentan toda la historia de una persona.
Porque nadie puede resumirse en su apariencia.
📊 Dato de interés
Las ideas que aprendemos durante la infancia pueden influir en la forma en la que interpretamos la diversidad posteriormente.
Por eso educar en el respeto hacia los cuerpos diferentes también es una forma de construir una sociedad más inclusiva.
Una pregunta para quien está leyendo
Hoy elijo mostrarme tal como soy.
Y quiero hacerte una pregunta.
¿Cuántas veces has sentido que tu cuerpo debía encajar para ser aceptado?
Y quizá haya otra pregunta todavía más importante:
¿Cuántas veces has juzgado tu propio cuerpo utilizando como referencia un modelo que nunca fue pensado para representar a todas las personas?
Porque cuando hablamos de imagen personal no hablamos únicamente de apariencia.
Hablamos de:
Y también de derechos.
Mirando hacia adelante
Hablar de imagen personal desde la experiencia no consiste únicamente en contar cómo nos vemos.
También significa preguntarnos quién decide qué cuerpos vemos, cuáles aparecen en los espacios públicos y cuáles siguen teniendo dificultades para ser reconocidos con naturalidad.
Cada vez que un cuerpo diferente aparece sin ser presentado como una rareza, ampliamos un poco más nuestra mirada.
Y esto puede afectar a muchas personas.
A una persona con discapacidad que durante años no se ha visto representada.
A un niño que descubre que los cuerpos no tienen que ser todos iguales.
A una persona mayor que sigue teniendo derecho a sentirse visible.
A una persona con sobrepeso que está cansada de recibir comentarios sobre su apariencia.
A una persona que ha sentido que sus rasgos físicos no encajaban en los modelos que veía a su alrededor.
Las experiencias son diferentes y no debemos confundirlas.
Pero todas nos recuerdan algo:
una sociedad más inclusiva también se construye ampliando aquello que consideramos visible, normal y digno de respeto.
Y aquí también tenemos una responsabilidad colectiva.
Los medios de comunicación pueden ampliar la representación y evitar presentar siempre los mismos modelos corporales.
La publicidad y la industria de la moda pueden mostrar una mayor variedad de cuerpos y tener en cuenta diferentes necesidades.
Las redes sociales pueden convertirse en espacios donde la diversidad tenga presencia sin convertirla en una rareza.
Las familias y los centros educativos pueden ayudar a que niños y niñas aprendan desde pequeños a respetar los diferentes cuerpos.
Las instituciones y la sociedad en general pueden favorecer espacios donde todas las personas tengan oportunidades para participar y ser visibles.
Y cada uno de nosotros también puede aportar algo sencillo: dejar de opinar sobre cuerpos ajenos sin que nos hayan pedido nuestra opinión.
No se trata de conseguir que todo el mundo piense igual.
Se trata de aprender a convivir con una realidad que siempre ha sido diversa.
Ojalá llegue el día en que dejemos de utilizar determinados cuerpos como medida para juzgar a todos los demás.
Un día en el que niñas, niños y personas adultas, con y sin discapacidad, puedan crecer viendo cuerpos diferentes representados con respeto, naturalidad y dignidad.
Un día en el que la apariencia no determine cuánto valor concedemos a una persona.
Porque cambiar nuestra manera de mirar los cuerpos también puede cambiar nuestra manera de relacionarnos con las personas.
✨ Reflexión final
Durante mucho tiempo pensé que aceptar mi cuerpo significaba aprender a estar conforme con aquello que veía.
Hoy creo que es algo diferente.
Aceptar nuestro cuerpo no significa que nos tenga que gustar cada parte de él todos los días.
Significa reconocer que nuestro valor no depende de que nuestro cuerpo encaje en una determinada imagen.
Mi propia experiencia me enseñó algo que no había entendido antes: podemos mirar nuestro cuerpo de una manera que no siempre coincide con cómo está realmente, y también podemos cambiar nuestra forma de mirarlo a medida que cambian nuestras experiencias y nuestra vida.
Pero ese proceso no debería depender únicamente de aprender a aceptarnos individualmente.
También necesitamos una sociedad que deje de decirnos constantemente cómo deberíamos vernos para encajar.
Porque cuando dejamos de exigir que todos los cuerpos encajen en el mismo molde, también empezamos a construir una sociedad en la que hay más espacio para ser, participar y mostrarnos tal como somos.
✨ Cuando dejamos de mirar los cuerpos para decidir cuánto valen, empezamos a mirarlos para comprender que detrás de cada uno hay una persona que merece ser vista, escuchada y respetada.
Viviendo a través de la Parálisis Cerebral
Un espacio de divulgación social donde la experiencia, el conocimiento y la accesibilidad se unen para comprender la discapacidad y otras realidades invisibilizadas, promoviendo una sociedad más inclusiva, comprometida y humana.

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