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El amor no entiende de etiquetas





Hoy se celebra el Día del Orgullo LGTBIQ+, una fecha que nos recuerda la importancia de poder vivir nuestra identidad y nuestros sentimientos con libertad, sin miedo y sin tener que dar explicaciones.

Pero también debería servir para reflexionar sobre algo esencial: el amor no entiende de etiquetas.

Podemos enamorarnos de un hombre, de una mujer o de personas de ambos géneros; de una persona con discapacidad o sin ella, de alguien que comparte nuestra forma de ver la vida o que nos descubre una completamente distinta. Nadie elige de quién se enamora. Simplemente sucede.

Lo que sí podemos elegir es cómo amamos y cómo queremos ser amados.

Una relación amorosa nace y crece gracias al afecto, la afinidad, la atracción, el respeto, la confianza y la libertad con la que dos personas deciden compartir su vida.

El amor no debería medirse por el género, por el cuerpo, por la orientación sexual, por la discapacidad, por la edad o por cualquier otra característica que nos haga diferentes. Debería medirse por esos vínculos reales que se construyen entre personas.

Como persona con parálisis cerebral, también he visto cómo la sociedad pone barreras cuando se habla de relaciones afectivas en el colectivo de personas con discapacidad. Barreras que muchas veces no se ven, pero que existen: la infantilización, la falta de reconocimiento del deseo o la idea de que no todas las personas tienen el mismo derecho a amar, a ser deseadas o a construir una relación en igualdad.

En muchas ocasiones, esas barreras aparecen incluso antes de que exista una relación. Hay personas que, simplemente por el hecho de que alguien tenga una discapacidad, ni siquiera se plantean que pueda enamorarse, tener pareja o construir un proyecto de vida compartido. Es un prejuicio silencioso que limita nuestras posibilidades incluso antes de conocernos.

Son barreras que no siempre se dicen en voz alta, pero que condicionan profundamente la manera en la que se perciben nuestras vidas afectivas.

Afortunadamente, la sociedad también está cambiando. Cada vez son más las personas que rompen con esos prejuicios y entienden que las personas con discapacidad tenemos el mismo derecho a enamorarnos, a formar una pareja y a construir un proyecto de vida compartido. Poco a poco vamos demostrando, con nuestras propias experiencias, que podemos amar, ser amados y ser felices con la persona que elijamos, independientemente de cuáles sean nuestras circunstancias o condiciones.

También lo he vivido en primera persona. Amo a una persona y, por tener una discapacidad, algunas personas creen que pueden opinar o incluso decidir si debo estar con ella o no. Pero esa decisión no les pertenece.

Las personas de mi entorno que me conocen y me quieren pueden aconsejarme, darme su opinión o compartir conmigo su punto de vista, igual que ocurre con cualquier otra persona. Escuchar esos consejos puede ayudarme a reflexionar, pero la decisión final siempre me pertenece a mí.

Es mi elección. Es mi vida. Yo decido qué espacio ocupa cada persona en ella, porque una relación se construye sobre lo que sentimos las dos personas que la formamos. Mis sentimientos solo me pertenecen a mí. Nadie puede amar por mí ni decidir por mí a quién debo querer.

Y, si la relación no sale bien por el motivo que sea, también seré yo quien afronte las consecuencias, quien viva ese dolor y quien necesite tiempo para que las heridas cicatricen. Porque las decisiones importantes de nuestra vida también implican asumir la responsabilidad de lo que venga después.

Con frecuencia se sigue pensando que unas personas tienen más derecho que otras a enamorarse o a expresar sus sentimientos. Pero el amor no funciona así.

La verdadera inclusión también pasa por reconocer que las personas con discapacidad tenemos los mismos derechos, las mismas responsabilidades y la misma capacidad para tomar decisiones sobre nuestra propia vida, también cuando hablamos de amor.

Las personas con discapacidad también sentimos, soñamos, nos ilusionamos, construimos relaciones, sufrimos cuando una historia termina y volvemos a ilusionarnos cuando aparece alguien que nos hace sonreír.

Y lo mismo ocurre con las personas LGTBIQ+. Nadie debería tener que justificar a quién ama para ser aceptado, respetado o tratado con la misma dignidad que cualquier otra persona.

El verdadero orgullo es poder vivir siendo uno mismo, sin esconderse, sin pedir permiso y sin miedo.

Y, sobre todo, con la libertad de construir relaciones basadas en el respeto mutuo.

Porque el amor no necesita etiquetas para ser real. Solo necesita ser respetuoso, recíproco y auténtico.

Hoy celebramos la libertad de cada persona para vivir su identidad y sus relaciones con autenticidad.

Porque, al final, lo que realmente nos une no son las diferencias, sino la capacidad de querer y de dejarnos querer.

Y lo que nos define no es la etiqueta que la sociedad nos pone, sino la forma en la que vivimos, sentimos y construimos nuestros vínculos.

Ahí es donde reside nuestra verdadera humanidad.

Porque una sociedad verdaderamente inclusiva no solo reconoce el derecho a existir de cada persona, sino también su derecho a amar, a construir su propia historia y a hacerlo con la misma libertad, dignidad y respeto que cualquier otra.

Enamórate de ti, de la vida y luego de quien tú quieras. ❤️🧡💛💚🩵💙💜

Feliz Día del Orgullo LGTBIQ+.🏳️‍🌈 


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Viviendo a través de la Parálisis Cerebral

Visibilizando la discapacidad desde la experiencia y la inclusión. Rompiendo barreras con una voz real que comparte vivencias, historias y reflexiones desde dentro.



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