Anoche asistí al concierto de Dani Martín acompañada por mi madre y mi hermana. Como cualquier otra persona, íbamos con la ilusión de disfrutar de la música, compartir una noche especial y vivir un concierto juntas.
Quiero dejar claro desde el principio que esta reflexión no va dirigida al artista. Dani Martín hizo un concierto increíble, lleno de emoción y de música en directo. Mi reflexión va dirigida a una realidad que sigue repitiéndose en demasiados conciertos, festivales y grandes eventos culturales: que la accesibilidad, en muchas ocasiones, sigue sin pensarse desde el principio.
Porque la accesibilidad no depende de quien está sobre el escenario. Depende de cómo se organizar previamente todo para que cualquier persona pueda disfrutar del evento en igualdad de condiciones.
La primera barrera: llegar al lugar correcto
La noche comenzó con algo que, por desgracia, muchas personas con discapacidad conocemos demasiado bien.
Preguntar dónde está el acceso accesible y recibir una respuesta diferente según la persona a la que preguntes.
Nos enviaron de una entrada a otra. Después de desplazarnos varias veces, cada persona de la organización nos daba una información distinta. Nadie parecía tener claro cuál era el acceso que debíamos utilizar.
Al final tuvimos que hablar con los responsables de la organización para poder entrar.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
¿Cómo es posible que un evento de estas dimensiones no tenga perfectamente organizados y coordinados los accesos accesibles?
Ese primer contacto ya marca la diferencia entre sentirte bienvenida o volver a encontrarte con barreras que el resto de asistentes ni siquiera llega a ver.
Y lo más preocupante es que esta situación no fue un caso aislado. Se repite una y otra vez, tanto a nivel local como provincial, y en todo tipo de eventos culturales. Cambian los escenarios, pero las barreras suelen ser las mismas: información poco clara, falta de coordinación y personas con discapacidad teniendo que resolver sobre la marcha situaciones que deberían estar previstas desde el principio.
Un espacio que no responde a la realidad de las personas
Una vez dentro llegamos al espacio reservado para personas con discapacidad.
Y allí nos encontramos con una situación que sigue repitiéndose en muchos eventos: un único espacio para todas las personas con discapacidad que necesitan este tipo de ubicación.
Pero lo que más me hizo reflexionar fue una norma que me resultó profundamente injusta.
Solo se permitía un acompañante por persona con discapacidad.
En mi caso había ido con mi madre y mi hermana.
Sin embargo, solo una de ellas podía quedarse conmigo. La otra tenía que vivir el concierto sola, en otra zona del recinto.
Esa norma puede parecer un simple criterio de organización. Pero en realidad condiciona cómo vivimos la experiencia. Mientras la mayoría de las personas puede compartir un concierto con quien elija, algunas personas con discapacidad tienen que adaptarse a una norma que decide con quién pueden vivir ese momento.
Y entonces me hice una pregunta muy sencilla:
¿Por qué una discapacidad debe obligarte a vivir una experiencia separada de las personas con las que has decidido compartirla?
Si vamos juntos a un concierto es porque queremos disfrutarlo juntos.
Porque un concierto no es solo escuchar música.
Es cantar.
Es emocionarse.
Es recordar momentos.
Es compartir una experiencia que permanecerá en la memoria.
Cuando la accesibilidad obliga a separarte de las personas con las que has decidido vivir ese momento, deja de ser inclusión.
El espacio también importa
El tamaño del espacio también merece una reflexión.
Resulta difícil entender que en eventos con miles de asistentes siga existiendo un único espacio de este tipo y, además, con unas dimensiones tan reducidas.
La accesibilidad no consiste solo en reservar un espacio para las personas con discapacidad.
También consiste en que ese espacio sea cómodo, seguro y permita disfrutar del concierto como cualquier otra persona.
Además, no debería existir una única ubicación.
Sería mucho más inclusivo contar con varias zonas repartidas por el recinto, ofreciendo distintas opciones según las necesidades y preferencias de cada persona.
Porque no todas las personas vivimos los eventos de la misma manera.
Hay quien prefiere estar más cerca del escenario.
Hay quien necesita un acceso más directo.
Hay quien, por comodidad o seguridad, prefiere otra ubicación.
La accesibilidad también consiste en poder elegir, no en que exista una única opción para todo el mundo.
La inclusión no puede diseñarse sin nosotros
Por eso creo que quienes organizan conciertos, festivales y grandes eventos deberían contar desde el principio con asociaciones, entidades especializadas y, sobre todo, con personas con discapacidad.
Nadie conoce mejor esta realidad que quienes la vivimos cada día.
Nuestra experiencia no es solo una opinión.
Es el resultado de vivir estas situaciones una y otra vez.
Por eso sabemos mejor que nadie qué cosas funcionan y cuáles todavía necesitan mejorar.
Muchas de las barreras que encontramos desaparecerían si la accesibilidad formara parte de la organización desde el principio y no fuera algo que se intenta resolver cuando el evento ya está prácticamente preparado.
También creo que debería existir un protocolo claro para todos los eventos culturales. Una forma de trabajar que establezca qué debe hacerse desde que una persona llega al recinto hasta que finaliza el evento.
Además, debería haber personal claramente identificado y formado en discapacidad e inclusión, disponible durante todo el concierto para orientar, resolver dudas, ayudar cuando sea necesario y atender cualquier incidencia que pueda surgir.
Porque la inclusión no consiste únicamente en eliminar barreras físicas. También consiste en comprender que cada persona puede tener necesidades diferentes.
Otra medida que podría facilitar mucho la organización sería que, en el momento de comprar la entrada, las personas con discapacidad pudieran indicar si asistirán con uno o dos acompañantes. No para justificar una necesidad, sino porque son las personas con las que han decidido compartir esa experiencia, igual que cualquier otra persona que acude a un concierto.
Así, la organización tendría una idea mucho más aproximada del número de personas que utilizarán estos espacios y podría preparar mejor todo lo necesario.
Planificar la accesibilidad significa saber con tiempo cuántas personas asistirán y preparar los espacios, el personal y los recursos necesarios. Así resulta mucho más fácil que todas las personas puedan disfrutar del concierto en igualdad de condiciones.
Porque la accesibilidad empieza mucho antes del día del concierto: empieza cuando el evento se organiza y las entradas se ponen a la venta.
No se trata de buscar culpables.
Se trata de aprender, mejorar y conseguir que los próximos eventos sean realmente inclusivos.
Visibilizar también es transformar
Cuando ocurren situaciones como esta no deberían quedarse en una anécdota.
Tampoco deberíamos acostumbrarnos a ellas.
Las personas con discapacidad, nuestras familias y el movimiento asociativo tenemos la responsabilidad de visibilizar estas barreras.
No para enfrentar.
Sino para mejorar.
Porque aquello que no se conoce difícilmente puede cambiar.
También es importante dejar de vernos únicamente como asistentes y empezar a reconocernos como parte activa de los eventos.
Queremos participar.
Queremos aportar.
Queremos estar presentes también en las decisiones.
Porque la accesibilidad no puede diseñarse sin contar con quienes la vivimos cada día.
Una reflexión final
Hablamos mucho de inclusión.
Pero la inclusión no puede quedarse solo en una palabra bonita .
Tiene que convertirse en hechos.
En accesos bien organizados.
En información clara.
En espacios adecuados.
En personal formado.
En una planificación que piense en todas las personas desde el principio.
Porque la inclusión no se improvisa.
Se planifica.
Se escucha.
Y se construye contando con las personas que viven esta realidad cada día.
Porque la accesibilidad no es un privilegio.
Es un derecho.
Y visibilizar estas situaciones no es quejarse.
Es contribuir a que puedan cambiar.
Porque cada barrera que conseguimos hacer visible es una oportunidad para mejorar.
Una experiencia cultural solo puede considerarse verdaderamente inclusiva cuando cualquier persona puede disfrutarla en igualdad de condiciones, junto a las personas con las que ha decidido compartir ese momento y sin encontrarse con barreras que podrían haberse evitado desde que compró su entrada hasta que regresa a casa.
Porque una sociedad inclusiva no se mide por cuántas personas asisten a un evento, sino por cuántas pueden disfrutarlo plenamente, en igualdad de condiciones y sin barreras.
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Viviendo a través de la Parálisis Cerebral
Visibilizando la discapacidad desde la experiencia y la inclusión. Rompiendo barreras con una voz real que comparte vivencias, historias y reflexiones desde dentro.

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