Cada 8 de marzo, cuando llega el Día Internacional de la Mujer, el mundo se llena de mensajes, cifras y nombres propios que hicieron historia. Las redes se tiñen de violeta; los discursos hablan de igualdad y los titulares recuerdan todo lo que aún falta por conquistar. Es un momento para mirar hacia atrás, reconocer las luchas que otras abrieron antes que yo, valorar las conquistas alcanzadas y preguntarme, con honestidad, cuál es el lugar que ocupo en el mundo.
Como mujer con discapacidad, vivo este día desde un espacio profundamente íntimo. No lo hago desde lo que la sociedad proyecta sobre mí ni desde lo que otros esperan que represente, sino desde mi propia mirada: desde mis límites y mis capacidades; desde mis miedos y mi valentía; desde mi libertad emocional.
Durante mucho tiempo, la historia de las mujeres con discapacidad pareció avanzar en silencio, marcada por límites impuestos más por la mirada social que por la propia realidad. Hubo épocas en las que el mundo no estaba pensado para nosotras. Las barreras no eran solo arquitectónicas; también eran simbólicas y emocionales. La mirada externa intentaba reducirnos a una etiqueta, a una limitación, a un prejuicio. Esa visión se traducía en silencios incómodos, en miradas cargadas de lástima y en frases disfrazadas de preocupación que, en el fondo, cuestionaban nuestra autonomía.
En el otro extremo, aparecía una narrativa distinta, aunque igualmente reduccionista: aquella que convertía nuestra vida en una supuesta hazaña heroica, como si simplemente existir ya fuese algo extraordinario. Sin embargo, no soy inspiración: soy persona. No soy una lección constante de superación ni un ejemplo motivacional andante. Soy una mujer con carácter, con contradicciones y con ambición; con días luminosos y días oscuros. No necesito que me aplaudan por vivir; necesito que me incluyan por derecho.
Ser mujer ya implica enfrentarse a la desigualdad, a la violencia y a la invisibilización. Y, si a eso se le suma una discapacidad, las desigualdades no se duplican: se multiplican. Se manifiestan en la infantilización, que te reduce a alguien incapaz; en la negación de tu autonomía “por tu bien”; en la hipersexualización, que exotiza; o, por el contrario, en la idea de que no somos deseables. También se evidencian en las dificultades de acceso al empleo y en la sobreprotección, que asfixia más de lo que protege.
Así, ser mujer con discapacidad significa enfrentarse al machismo y al capacitismo al mismo tiempo. Durante años, el mundo pareció querer explicarme quién debía ser. Hoy sé que esa narrativa me pertenece solo a mí: mi voz importa, mi cuerpo me pertenece y mi criterio vale. Porque la verdadera inclusión no es asistencia constante; es respeto.
Por eso, el feminismo tiene que ser real y accesible; necesita rampas, oportunidades, lenguaje inclusivo y políticas que transformen la vida cotidiana. La diversidad es real, compleja y poderosa. Cuando hablamos de igualdad, hablamos de todas: también de las que usamos ayudas técnicas; también de las que necesitamos apoyos; también de las que no encajamos en la imagen tradicional de mujer fuerte e independiente y, aun así, lo somos a nuestra manera.
En el centro de todo está el derecho a decidir: decidir sobre mi cuerpo, sobre mi futuro profesional y sobre mi maternidad o no maternidad; decidir cómo quiero vivir mi independencia. No quiero que otros hablen por mí ni que decidan por mí en nombre de una supuesta protección. Porque, insisto, la verdadera inclusión no es asistencia constante; es respeto.
Ese respeto también está reconocido en marcos internacionales como la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que establece derechos fundamentales para garantizar una vida digna y en igualdad de condiciones. Entre ellos se encuentran el acceso a la justicia, la educación inclusiva, el derecho al trabajo y al empleo, la movilidad personal, la participación en la vida política y pública y el derecho a vivir libres de violencia.
Sin embargo, estos derechos no pueden quedarse solo en los documentos legales. Deben materializarse en la vida cotidiana a través de políticas públicas inclusivas, accesibilidad real y cambios culturales que reconozcan la diversidad de nuestras experiencias.
Reflexionar sobre el Día Internacional de la Mujer, implica ampliar la mirada: la igualdad de género no puede construirse sin considerar las múltiples realidades que atraviesan a las mujeres. Reconocer a las mujeres con discapacidad, escuchar sus experiencias y garantizar sus derechos es un paso fundamental hacia una sociedad más justa, inclusiva y verdaderamente equitativa.
Porque la igualdad real solo es posible cuando nadie queda fuera de la lucha por los derechos.
Hoy puedo decir que me siento orgullosa de quien soy. No porque todo haya sido sencillo, sino precisamente porque no lo ha sido. Las etapas difíciles no me han quitado valor; al contrario, me han dado perspectiva. Me han enseñado resiliencia y me han mostrado otras formas de fortaleza. Sin embargo, me niego a perder la esencia de mi niña interior: curiosa, soñadora y viva; esa parte que me recuerda que la vida no es solo lucha, sino también juego, descubrimiento y celebración. Amo la vida que estoy construyendo porque la estoy creando a mi medida, día a día.
Quizá la verdadera paz llegue cuando dejemos de pedir permiso para existir tal como somos. Hoy, en este Día Internacional de la Mujer, mi voz se suma a tantas otras que, durante demasiado tiempo, fueron silenciadas. No quiero ser la excepción que confirma la regla; quiero ser parte de la regla.
Ser mujer con discapacidad no me resta valor.
No soy menos mujer.
No soy menos capaz.
No soy menos válida.
Soy mujer, y eso es suficiente.
Hoy celebro ser mujer. Pero, sobre todo, celebro ser yo
💜✨
#DiaInternacionalDeLaMujer
#FeminismoInclusivo
#ConcienciaSocial
#MiVozImporta
Comentarios
Publicar un comentario