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Ser mujer, ser yo: cuando la igualdad también necesita ser accesible

 

Cada 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Es una fecha que nos invita a mirar hacia atrás para reconocer los avances conseguidos gracias a la lucha de millones de mujeres y, al mismo tiempo, a reflexionar sobre todo lo que todavía queda por hacer.

Aunque hoy disfrutamos de muchos derechos que hace unas décadas parecían impensables, la igualdad real sigue siendo un reto. Todavía existen desigualdades que afectan a muchas mujeres en distintos ámbitos de la vida, como el empleo, la conciliación, la participación política, la corresponsabilidad en los cuidados o la violencia de género.

Pero hablar de igualdad también significa reconocer que no todas las mujeres vivimos las mismas experiencias.

La edad, el lugar donde vivimos, la situación económica, el origen, la orientación sexual o la discapacidad hacen que cada mujer afronte realidades diferentes. Comprender esa diversidad no divide la lucha por la igualdad; al contrario, la hace más justa, porque nos recuerda que ninguna mujer debería quedarse atrás.

Como mujer con parálisis cerebral, vivo este día desde una perspectiva muy concreta. Mi experiencia no representa a todas las mujeres con discapacidad, porque cada una tiene su propia historia, pero sí refleja una realidad que durante demasiado tiempo ha recibido poca atención.

Con frecuencia, cuando se habla de igualdad, las mujeres con discapacidad apenas aparecemos en la conversación. Y cuando se habla de discapacidad, muchas veces se olvidan las necesidades y experiencias específicas de las mujeres.

Eso hace que muchas vivamos una doble discriminación: por ser mujeres y por tener una discapacidad.

Esta realidad puede manifestarse de muchas formas. A veces encontramos más dificultades para acceder a un empleo o para desarrollar nuestra carrera profesional. Otras veces, la falta de accesibilidad limita nuestra participación en actividades cotidianas. También existen prejuicios que hacen que algunas personas duden de nuestra capacidad para tomar decisiones, vivir de forma independiente, formar una familia o asumir responsabilidades.

Son situaciones que no siempre se ven, pero que forman parte de la vida de muchas mujeres.

Por eso es importante escuchar nuestras voces.

Durante demasiado tiempo se ha hablado de las personas con discapacidad sin contar con ellas. Se han tomado decisiones pensando que otras personas sabían mejor qué necesitábamos o qué era lo más conveniente para nosotras.

Frente a esa forma de entender la discapacidad surgió un principio que hoy sigue siendo una de las grandes reivindicaciones del movimiento asociativo: «Nada sobre nosotras sin nosotras».

Estas cuatro palabras encierran una idea muy sencilla, pero muy importante: ninguna decisión que afecte a las personas con discapacidad debería tomarse sin escuchar nuestra opinión y sin contar con nuestra participación.

No pedimos privilegios.

Pedimos algo tan básico como poder participar en las decisiones que afectan a nuestra vida, igual que cualquier otra persona.

Ese mismo principio también debería formar parte de cualquier conversación sobre igualdad.

Porque construir una sociedad más justa no consiste únicamente en hablar de determinados colectivos. También significa crear espacios donde todas las personas puedan expresarse, participar y ser escuchadas.

Solo así podremos avanzar hacia una igualdad que represente a todas las mujeres, también a aquellas cuyas historias han permanecido demasiado tiempo en un segundo plano.


Cuando hablamos de igualdad, no basta con reconocer que todas las personas tenemos los mismos derechos. También debemos preguntarnos si todas podemos ejercerlos en las mismas condiciones.

En el caso de muchas mujeres con discapacidad, la respuesta sigue siendo no.

Todavía encontramos barreras que dificultan nuestra participación en la educación, el empleo, el ocio, la cultura o la vida social. Algunas son visibles, como la falta de accesibilidad en determinados espacios. Otras son mucho menos evidentes, pero tienen un gran impacto en nuestro día a día.

A veces, la barrera está en la forma en que otras personas nos miran.

En la idea de que necesitamos que decidan por nosotras.

En pensar que, por tener una discapacidad, nuestras opiniones tienen menos valor o nuestras aspiraciones son menos importantes.

Sin embargo, necesitar apoyos no significa ser menos capaz.

La autonomía no consiste en hacerlo todo sin ayuda. Consiste en poder tomar nuestras propias decisiones y contar con los apoyos necesarios para llevarlas a cabo cuando los necesitemos.

Eso también es igualdad.

Poder decidir qué estudiar.

Dónde trabajar.

Con quién compartir nuestra vida.

Si queremos formar una familia o no.

Cómo queremos vivir.

Y qué sueños queremos perseguir.

Estos derechos están reconocidos en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas, que defiende la igualdad, la participación, la accesibilidad, la educación inclusiva, el empleo, la vida independiente y el derecho de todas las personas con discapacidad a decidir sobre su propia vida.

Pero los derechos no cambian la realidad por sí solos.

Necesitan convertirse en oportunidades reales.

Aunque en los últimos años se han conseguido avances importantes, todavía queda mucho camino por recorrer. Muchas mujeres con discapacidad seguimos encontrando más dificultades para acceder al empleo, participar plenamente en la vida social o acceder a determinados recursos en igualdad de condiciones. También seguimos estando poco representadas en los espacios donde se toman decisiones, en los medios de comunicación y en otros ámbitos donde nuestra voz también debería estar presente.

Cuando una realidad apenas se ve, también resulta más difícil comprenderla. Y cuando no se comprende, es más fácil que los prejuicios sigan formando parte de la vida cotidiana.

Por eso es tan importante dar visibilidad a las experiencias de las mujeres con discapacidad. No para despertar compasión ni para convertirnos en ejemplos de superación, sino para favorecer el conocimiento, romper estereotipos y recordar que la igualdad solo puede construirse cuando todas las personas tienen la oportunidad de participar y ser escuchadas.

Hablar de igualdad también significa hablar de un feminismo que represente a todas las mujeres.

Un feminismo que tenga en cuenta la diversidad de experiencias y que entienda que no todas partimos del mismo lugar.

Porque no existe una única forma de ser mujer.

Hay mujeres jóvenes y mayores.

Mujeres rurales y urbanas.

Mujeres migrantes.

Mujeres racializadas.

Mujeres con discapacidad.

Mujeres del colectivo LGTBIQ+.

Y muchas otras realidades que forman parte de nuestra sociedad.

Cada una vive desafíos diferentes, pero todas compartimos el mismo derecho a ser tratadas con respeto, a participar en igualdad de condiciones y a construir nuestro propio proyecto de vida.

La igualdad será realmente inclusiva cuando ninguna mujer tenga que quedarse al margen porque el entorno no ha sabido responder a sus necesidades.

Con el paso de los años he aprendido que la discapacidad es solo una parte de mi vida. Está presente en mi día a día y ha influido en mi forma de ver el mundo, pero nunca ha determinado quién soy ni todo lo que puedo llegar a ser.

Como cualquier otra persona, tengo ilusiones, miedos, proyectos, días buenos y días difíciles. He estudiado, he trabajado, me he equivocado, he aprendido y sigo construyendo mi camino. Mi vida no es un ejemplo de superación constante, ni tampoco una historia marcada únicamente por las dificultades. Es, simplemente, una vida.

Y creo que ahí está uno de los grandes cambios que todavía necesitamos como sociedad.

Con demasiada frecuencia, las personas con discapacidad aparecemos en dos extremos: o despertamos compasión o se nos presenta como personas extraordinarias por hacer cosas cotidianas. Ninguna de esas dos miradas refleja la realidad.

No soy inspiración por existir.

Soy una persona.

Y me gustaría que llegara el día en que una mujer con discapacidad estudiando una carrera, trabajando, formando una familia, viajando, practicando deporte o desarrollando un proyecto personal dejara de ser noticia porque se entendiera como algo completamente normal.

La verdadera inclusión empieza cuando dejamos de sorprendernos por la participación de las personas con discapacidad y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer para que esa participación sea posible para todas.

En mi caso, escribir se ha convertido en una forma de contribuir a ese cambio.

Cuando nació Viviendo a través de la Parálisis Cerebral, el objetivo era compartir mi experiencia y ayudar a que otras personas entendieran un poco mejor qué significa vivir con una discapacidad. Con el tiempo comprendí que este espacio podía ser mucho más.

Hoy también quiere dar visibilidad a historias que muchas veces quedan fuera de la conversación. Quiere hablar de inclusión, de derechos, de accesibilidad, de salud mental, de educación, de participación social y de todas aquellas realidades que afectan a personas y colectivos que, con demasiada frecuencia, permanecen invisibles.

Porque una sociedad inclusiva no consiste únicamente en eliminar barreras físicas.

También consiste en escuchar.

En aprender de las experiencias de otras personas.

En cuestionar los prejuicios que hemos aprendido sin darnos cuenta.

Y en comprender que la diversidad no es un problema que haya que resolver, sino una realidad que debemos aprender a valorar.

Creo profundamente que las historias tienen la capacidad de cambiar miradas.

Cuando conocemos la realidad de otras personas es más fácil comprenderla.

Y cuando comprendemos una realidad, también estamos más cerca de respetarla.

Por eso sigo escribiendo.

Porque cada artículo puede ayudar a abrir una conversación.

Cada conversación puede romper un prejuicio.

Y cada prejuicio que desaparece hace que la inclusión deje de ser una idea para convertirse, poco a poco, en una realidad.

Ese es el propósito que da sentido a este proyecto.

No hablar solo de discapacidad.

Hablar de personas.

De derechos.

De oportunidades.

Y de la importancia de construir una sociedad donde nadie tenga que demostrar constantemente su valor para ser tratado con el mismo respeto que los demás.


Antes de terminar, creo que también es importante recordar que la igualdad no es una responsabilidad exclusiva de las mujeres.

Los hombres también tienen un papel fundamental en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. La igualdad no consiste en enfrentar a mujeres y hombres, sino en trabajar juntos para eliminar las barreras, los prejuicios y las desigualdades que todavía existen.

Ser aliado significa escuchar, respetar, cuestionar estereotipos y entender que la igualdad beneficia a toda la sociedad. Significa apoyar para que ninguna persona vea limitados sus derechos por razón de su género, de una discapacidad o de cualquier otra circunstancia.

Del mismo modo que las personas con discapacidad defendemos el principio «Nada sobre nosotras sin nosotras», también necesitamos que quienes no viven esta realidad estén dispuestos a escuchar, aprender y caminar a nuestro lado. La inclusión no se construye hablando en nombre de los demás, sino creando espacios donde todas las personas puedan participar.

El Día Internacional de la Mujer nos recuerda que los derechos de los que hoy disfrutamos no aparecieron por casualidad. Son el resultado de muchas mujeres que decidieron alzar la voz cuando hacerlo era mucho más difícil que ahora.

Gracias a ellas se han conseguido avances que han cambiado la vida de millones de personas.

Pero la igualdad no es una meta que ya hayamos alcanzado.

Es un compromiso que debemos renovar cada día.

Eso significa seguir trabajando para eliminar las desigualdades que todavía existen, pero también aprender a mirar la realidad desde una perspectiva más amplia, donde ninguna mujer quede fuera por su discapacidad, su origen, su edad, su orientación sexual, su identidad o cualquier otra circunstancia.

Porque la igualdad solo tiene sentido cuando es para todas.

Como mujer con parálisis cerebral seguiré utilizando este espacio para compartir experiencias, reflexiones e información que ayuden a comprender mejor la discapacidad y a romper algunos de los prejuicios que todavía existen.

Pero también seguiré hablando de otras realidades y de otros colectivos que merecen ser escuchados. Porque una sociedad más inclusiva no se construye pensando únicamente en nosotros mismos, sino siendo capaces de entender las necesidades de quienes viven experiencias diferentes a las nuestras.

Ojalá llegue el día en que no sea necesario recordar que todas las mujeres tenemos los mismos derechos.

Que ninguna niña crezca pensando que sus sueños tienen menos valor por tener una discapacidad.

Que ninguna mujer tenga que demostrar constantemente de lo que es capaz para que los demás confíen en ella.

Y que ninguna persona vuelva a sentirse invisible.

Ese día, el 8 de marzo seguirá siendo una fecha para recordar a quienes abrieron camino, pero también será el reflejo de una sociedad que entendió que la igualdad no consiste en parecerse unos a otros, sino en garantizar que todas las personas puedan vivir con la misma dignidad, el mismo respeto y las mismas oportunidades.

Porque ser mujer nunca debería significar tener que pedir permiso para ocupar el lugar que te corresponde.

Y tener una discapacidad nunca debería hacer que otras personas decidan por ti.

La igualdad empieza cuando todas las personas podemos participar, decidir y ser escuchadas.

Porque una sociedad verdaderamente inclusiva no se mide por las oportunidades que ofrece a la mayoría, sino por su capacidad para garantizar que nadie se quede atrás. 💜



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Viviendo a través de la Parálisis Cerebral
Visibilizando la discapacidad desde la experiencia y la inclusión. Rompiendo barreras con una voz real que comparte vivencias, historias y reflexiones desde dentro.




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