8 de marzo · Día Internacional de la Mujer
Cada 8 de marzo, el mundo se llena de mensajes, cifras, reivindicaciones y nombres de mujeres que hicieron historia. Las redes sociales se tiñen de violeta, los discursos hablan de igualdad y los titulares recuerdan tanto los derechos conquistados como todo aquello que todavía queda por transformar.
Pero esta fecha también puede ser una oportunidad para detenernos y hacernos una pregunta menos visible: ¿qué significa realmente poder vivir como mujer en igualdad?
Porque hablar de igualdad no significa únicamente reconocer los mismos derechos sobre el papel. También significa preguntarnos si todas las mujeres podemos ejercerlos, participar, decidir y construir nuestra propia vida en condiciones reales de igualdad.
Y ahí aparece una cuestión que todavía necesita mucha más atención: la igualdad también tiene que ser accesible.
La igualdad también tiene muchas historias
Cuando hablamos de los derechos de las mujeres solemos pensar en grandes conquistas: el derecho al voto, el acceso a la educación, la incorporación al mercado laboral, la participación política o la lucha contra la violencia y la discriminación.
Todas ellas son fundamentales.
Pero la experiencia de ser mujer no es idéntica para todas.
Una mujer con discapacidad puede encontrarse con determinadas barreras. Una mujer mayor puede experimentar otras formas de invisibilidad. Una mujer migrante puede enfrentarse a obstáculos relacionados con su situación social o administrativa. Una mujer LGTBIQ+ puede vivir discriminaciones vinculadas a su identidad. Una mujer en situación de pobreza puede encontrar limitaciones económicas que condicionen sus oportunidades.
Y estas realidades tampoco tienen por qué aparecer de manera aislada.
Las diferentes circunstancias pueden cruzarse y hacer que una misma persona experimente varias formas de desigualdad al mismo tiempo.
Por eso, hablar de igualdad exige ampliar la mirada.
No se trata de competir entre experiencias ni de decidir quién sufre más.
Se trata de comprender que las barreras pueden adoptar formas diferentes y que las respuestas también tienen que ser capaces de contemplar esa diversidad.
Mi experiencia pertenece a una de esas realidades. Y desde ella quiero hablar, sin pretender representar a todas las mujeres con discapacidad, porque cada mujer tiene su propia historia.
Ser mujer y tener discapacidad: cuando las desigualdades se cruzan
Durante mucho tiempo, las mujeres con discapacidad hemos estado atrapadas entre dos miradas aparentemente opuestas.
Una nos presenta como vulnerables, incapaces o necesitadas de protección permanente.
La otra espera que seamos extraordinariamente fuertes, como si cada pequeño logro tuviera que convertirse en una historia de superación.
Ninguna de esas miradas me representa completamente.
No soy incapaz por tener una discapacidad, pero tampoco soy una heroína por vivir mi vida.
Soy una mujer con personalidad, deseos, proyectos, contradicciones, fortalezas, inseguridades y capacidad para tomar decisiones sobre mi propia existencia.
Mi discapacidad forma parte de mi historia, pero no escribe toda mi historia.
Ha influido en mi manera de vivir, de sentir y de observar el mundo. Me ha permitido descubrir realidades que quizá de otra manera no habría conocido y me ha enseñado a valorar algo que a menudo pasa desapercibido: los pequeños avances.
Hay conquistas que desde fuera pueden parecer insignificantes y que, para quien las vive, tienen un enorme significado.
No todo crecimiento hace ruido.
No todo logro necesita aplausos.
Y no todo aquello que transforma una vida es visible desde fuera.
Por eso tampoco quiero que mi historia sea reducida a las dificultades que he encontrado.
Mi vida también está formada por sueños, creatividad, proyectos, familia, amistades, aprendizajes, humor, ilusiones y momentos felices.
No quiero que mi historia sea únicamente una historia de resistencia.
Quiero que también sea una historia de vida.
Necesitar apoyos no significa dejar de decidir
Uno de los aprendizajes más importantes de mi vida ha sido comprender que protección y autonomía no son conceptos opuestos.
Una persona puede necesitar ayuda y seguir teniendo derecho a decidir.
Puede necesitar apoyos y continuar siendo protagonista de su propia vida.
Puede necesitar asistencia y, al mismo tiempo, tener criterio, deseos, preferencias, proyectos y capacidad para elegir.
Sin embargo, todavía existe una tendencia a tomar decisiones por las personas con discapacidad bajo la idea de que se hace «por su bien».
Y ahí aparece una contradicción importante.
Proteger no debería significar sustituir.
Ayudar no debería significar controlar.
Acompañar no debería significar decidir.
Cuando hablamos de igualdad entre mujeres también tenemos que hablar del derecho a decidir sobre nuestra propia vida: sobre nuestro cuerpo, nuestras relaciones, nuestra sexualidad, nuestra maternidad o no maternidad, nuestros estudios, nuestro trabajo, nuestro lugar de residencia, nuestros proyectos y la manera en la que queremos construir nuestro futuro.
La verdadera inclusión no consiste en hacer todo por nosotras.
Consiste en garantizar que podamos participar en nuestras propias decisiones con los apoyos que necesitemos.
Porque nada sobre nosotras debería decidirse sin nosotras.
Un feminismo que también tiene que ser accesible
Si queremos hablar de igualdad, también tenemos que preguntarnos quién puede participar realmente en esa lucha.
No basta con organizar una concentración si el lugar no es accesible.
No basta con publicar información si el contenido no puede ser comprendido por todas las personas.
No basta con hablar de participación si existen mujeres que continúan encontrando barreras para ejercerla.
El feminismo también tiene que ser accesible.
Esto implica tener en cuenta diferentes necesidades y formas de participación. Significa contemplar la accesibilidad física, comunicativa, sensorial, cognitiva y digital. Significa utilizar diferentes formas de comunicación y procurar que la información pueda llegar a más personas.
Pero también significa escuchar.
Escuchar a las mujeres con discapacidad no como receptoras pasivas de decisiones tomadas por otras personas, sino como participantes activas en la construcción de las soluciones que les afectan.
La accesibilidad no debería aparecer al final de un proyecto como un añadido.
Debería formar parte de su diseño desde el principio.
Porque si una mujer no puede acceder a un espacio, comprender una información, comunicarse, desplazarse o participar en igualdad de condiciones, su derecho puede existir legalmente, pero seguir siendo difícil de ejercer en la práctica.
No todas tenemos que ser fuertes de la misma manera
También existe una idea de fortaleza femenina que merece ser cuestionada: la de que una mujer fuerte es necesariamente independiente, autosuficiente y capaz de hacerlo todo sola.
Yo no creo en esa definición.
He aprendido que aceptar ayuda también puede ser una forma de fortaleza.
Reconocer que necesitamos apoyo no nos hace menos capaces.
Pedirlo no nos hace débiles.
Utilizarlo tampoco significa renunciar a nuestra autonomía.
La autonomía no consiste necesariamente en hacerlo todo sin ayuda.
Consiste en poder participar en las decisiones sobre aquello que hacemos y sobre cómo queremos vivir.
Una mujer puede necesitar apoyo, tener días malos, sentirse vulnerable, equivocarse, cambiar de opinión o reconocer que necesita descansar.
Y seguirá siendo plenamente válida.
Durante mucho tiempo también hemos asociado la resiliencia con levantarse siempre sola.
Pero la resiliencia puede tener muchas formas.
A veces significa seguir adelante.
Otras veces significa parar.
Aceptar ayuda.
Cambiar de estrategia.
Reconocer nuestros límites.
Volver a intentarlo.
O simplemente decidir que hoy no podemos y permitirnos descansar.
La vulnerabilidad no nos hace débiles.
Nos hace humanas.
Las mujeres no somos una sola historia
Cada mujer tiene una historia diferente.
No todas necesitamos lo mismo.
No todas queremos lo mismo.
No todas entendemos la libertad de la misma manera.
No todas queremos tener pareja, ser madres, desarrollar una determinada profesión o seguir un camino concreto.
Y eso también es diversidad.
La igualdad no debería obligarnos a parecernos.
Debería permitirnos ser diferentes sin que nuestras diferencias determinen nuestros derechos.
Por eso es importante que el movimiento por la igualdad sea capaz de escuchar las distintas realidades que existen dentro del propio colectivo de mujeres.
Una mujer con discapacidad puede experimentar el machismo de una manera determinada.
Una mujer LGTBIQ+ puede enfrentarse a otras formas de discriminación.
Una mujer migrante puede encontrar barreras diferentes.
Una mujer mayor puede vivir la invisibilidad desde otro lugar.
Una mujer en situación de vulnerabilidad económica puede experimentar la desigualdad de una manera que otra mujer no conozca.
Comprender estas diferencias no divide la lucha por la igualdad.
La hace más completa.
Porque una sociedad verdaderamente igualitaria no debería construirse pensando únicamente en la mujer que encaja en el modelo más visible.
Debería ser capaz de reconocer también a quienes históricamente han quedado en los márgenes.
La igualdad también necesita a los hombres
Hablar de igualdad no significa hablar únicamente de mujeres.
Durante mucho tiempo, muchas reivindicaciones relacionadas con la igualdad se han presentado como asuntos que correspondían principalmente a quienes sufrían las desigualdades. Pero si queremos transformar realmente la sociedad, necesitamos ampliar esa mirada.
La igualdad también necesita a los hombres.
No porque tengan que ocupar el lugar de las mujeres ni porque deban convertirse en protagonistas de una lucha que no les pertenece de la misma manera, sino porque forman parte de la sociedad que queremos transformar.
Un cambio social profundo no puede construirse dejando fuera a la mitad de la población.
Los hombres también tienen un papel importante a la hora de cuestionar comportamientos, prejuicios y modelos que durante generaciones se han considerado normales.
Significa aprender a reconocer situaciones de desigualdad aunque no les afecten directamente.
Significa escuchar sin ponerse inmediatamente a la defensiva.
Significa revisar determinados comportamientos.
Significa educar en relaciones basadas en el respeto, el consentimiento, la corresponsabilidad y la libertad.
Y también significa comprender que la igualdad no consiste en que las mujeres tengan que adaptarse a estructuras que durante mucho tiempo no han tenido en cuenta muchas de nuestras realidades.
Necesitamos hombres que entiendan que cuidar no es una responsabilidad exclusivamente femenina.
Que expresar emociones no les hace menos hombres.
Que pedir ayuda no es una debilidad.
Que compartir las tareas domésticas y los cuidados no es simplemente «ayudar» a una mujer, sino asumir una responsabilidad compartida.
Que respetar los límites de otra persona no es una concesión.
Y que educar a las nuevas generaciones desde la igualdad también forma parte de la transformación social.
Esto es especialmente importante cuando hablamos de mujeres con discapacidad.
La igualdad también implica que los hombres comprendan que una mujer con discapacidad no necesita automáticamente que alguien decida por ella, la proteja constantemente o hable en su nombre.
Necesita que se respete su capacidad para decidir.
Puede necesitar apoyos, pero esos apoyos no deberían convertirse en control.
Puede necesitar ayuda, pero ayudar no significa asumir el control de su vida.
Puede tener una relación de pareja y seguir siendo una persona autónoma.
Puede necesitar asistencia y continuar teniendo deseos, opiniones, límites y proyectos propios.
Por eso, cambiar la perspectiva también significa dejar atrás determinados modelos de masculinidad y de relación que confunden protección con control, cuidado con dependencia o autoridad con poder de decisión.
La igualdad que queremos construir para el futuro necesita hombres capaces de cuestionarse a sí mismos y mujeres capaces de reclamar su espacio, pero también necesita algo todavía más importante: una sociedad que deje de enseñar desde la infancia que existen comportamientos, responsabilidades, profesiones, emociones o formas de vivir que pertenecen exclusivamente a hombres o a mujeres.
La educación tiene aquí un papel fundamental.
Porque la igualdad del futuro no se construirá únicamente cuando lleguemos a la edad adulta.
Se empieza a construir mucho antes.
En cómo enseñamos a los niños a relacionarse.
En cómo hablamos de las emociones.
En cómo distribuimos los cuidados.
En los referentes que mostramos.
En las historias que contamos.
En aquello que permitimos y en aquello que cuestionamos.
Si queremos que las próximas generaciones vivan relaciones más igualitarias, tenemos que empezar a construirlas desde ahora.
Y quizá esta sea una de las grandes responsabilidades que tenemos como sociedad: dejar a quienes vienen detrás un mundo en el que ser hombre o ser mujer no determine qué emociones pueden expresar, qué responsabilidades deben asumir, qué sueños pueden perseguir ni cuánto espacio tienen derecho a ocupar.
La igualdad no debería entenderse como una competición entre hombres y mujeres.
No se trata de decidir quién gana.
Se trata de construir una sociedad en la que nadie pierda derechos por razón de género y en la que nuestras diferencias no se conviertan en una justificación para establecer desigualdades.
Porque las mujeres necesitamos derechos y oportunidades.
Pero los hombres también necesitan aprender nuevas formas de relacionarse, cuidar, participar y entender la igualdad.
Y las nuevas generaciones necesitan crecer viendo que todo eso es posible.
Los derechos tienen que poder vivirse
La igualdad no puede quedarse únicamente en discursos, declaraciones o documentos.
Tiene que poder experimentarse en la vida cotidiana.
En acceder a una educación.
En encontrar un empleo.
En participar en la sociedad.
En vivir de manera independiente con los apoyos necesarios.
En acceder a la justicia.
En poder denunciar una situación de violencia.
En decidir sobre nuestro propio cuerpo.
En vivir nuestras relaciones libremente.
En participar en nuestra comunidad.
En desplazarnos.
En comunicarnos.
En ser escuchadas.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce derechos relacionados con la igualdad y la no discriminación, la accesibilidad, la educación, el trabajo, la participación y la vida independiente.
Pero reconocer un derecho sobre el papel no garantiza automáticamente que pueda ejercerse.
Ese es uno de los grandes retos de la igualdad: conseguir que los derechos reconocidos se conviertan en experiencias cotidianas.
Porque la igualdad real empieza precisamente ahí, cuando un derecho deja de ser únicamente una declaración y se convierte en una posibilidad efectiva.
Mi discapacidad forma parte de mi historia, pero no define mis posibilidades
A lo largo de los años he aprendido que mi discapacidad puede explicar determinadas circunstancias de mi vida, pero no puede utilizarse para escribir por adelantado todo lo que puedo o no puedo llegar a ser.
Tengo proyectos.
Tengo ideas.
Tengo sueños.
Tengo intereses.
Tengo capacidad para equivocarme y para aprender.
Tengo derecho a cambiar de opinión.
Y también tengo derecho a no saber todavía hacia dónde quiero ir en determinados momentos.
No necesito demostrar constantemente que soy capaz.
Tampoco necesito convertir cada dificultad en una historia de superación.
Simplemente quiero poder vivir.
Y dentro de esa vida quiero tener espacio para crear, disfrutar, imaginar, equivocarme, aprender y descubrir.
Eso también forma parte de la inclusión.
Porque una vida inclusiva no debería limitarse a conseguir que una persona pueda acceder a determinados servicios.
También debería permitirle desarrollar una vida con intereses, relaciones, proyectos, ocio, creatividad y libertad.
Mi niña interior sigue aquí
Hoy puedo decir que me siento orgullosa de quién soy.
No porque todo haya sido sencillo, sino precisamente porque no lo ha sido.
Las etapas difíciles me han dado perspectiva y me han enseñado otras formas de fortaleza.
Pero hay algo que me niego a perder: mi niña interior.
Esa parte curiosa, soñadora y llena de vida que todavía me recuerda que la existencia no es únicamente lucha.
También es juego.
Descubrimiento.
Imaginación.
Creatividad.
Celebración.
Quizá crecer no consista en abandonar a esa niña, sino en aprender a caminar junto a ella.
Porque construir una identidad propia también significa conservar aquellas partes de nosotros que nos recuerdan quiénes somos más allá de las dificultades.
Las ideas también pueden abrir puertas
Creo profundamente que todas las personas necesitamos un propósito.
El mío nace de algo sencillo, pero poderoso: el deseo de aportar algo positivo al mundo, aunque sea pequeño.
Mis ideas y mi creatividad forman parte de ese propósito.
Para mí, las ideas pueden ser motor cuando necesito avanzar, refugio cuando el mundo pesa demasiado y posibilidad cuando todo parece cerrado.
Las ideas tienen algo maravilloso: no entienden de límites.
Cuando la realidad parece llena de muros, la imaginación puede encontrar o inventar una puerta.
Y esa capacidad de imaginar alternativas también puede convertirse en una forma de participación social.
Una idea puede convertirse en un proyecto.
Una pregunta puede abrir un debate.
Una historia puede hacer visible una realidad.
Una conversación puede cuestionar un prejuicio.
Y una publicación puede conseguir que alguien conozca una realidad que antes desconocía.
No siempre podemos transformar una estructura completa, pero sí podemos contribuir a cambiar la manera en la que la sociedad piensa sobre determinadas realidades.
También estoy aprendiendo a no exigirme perfección
Durante mucho tiempo conviví con un perfeccionismo que me hacía pensar que todo tenía que hacerse de la mejor manera posible.
Quería que todo estuviera bien terminado.
Que todo tuviera sentido.
Que cada decisión fuera la correcta.
Con los años estoy aprendiendo que no todo tiene que ser perfecto para tener valor.
No todo tiene que estar impecablemente terminado para ser significativo.
A veces lo importante es atreverse.
Crear.
Compartir.
Intentar.
Equivocarse.
Volver a empezar.
Esta también es una parte de mi proceso como mujer: entender que no necesito responder constantemente a las expectativas de perfección que la sociedad coloca sobre nosotras.
No tengo que ser la mujer perfecta.
No tengo que ser siempre fuerte.
No tengo que poder con todo.
Tengo derecho, simplemente, a ser yo.
Ser mujer sin pedir permiso
Durante mucho tiempo, la sociedad ha intentado explicar a las mujeres cómo debemos ser.
Cómo vestir.
Cómo comportarnos.
Qué estudiar.
Qué trabajo desempeñar.
Cuándo formar una familia.
Cómo cuidar nuestro cuerpo.
Cómo relacionarnos.
Cómo debemos envejecer.
En el caso de las mujeres con discapacidad, esa lista puede ser todavía más restrictiva.
Pero mi vida no necesita un manual escrito por otras personas.
Quiero descubrir quién soy por mí misma.
Quiero equivocarme.
Cambiar de opinión.
Aprender.
Crecer.
Elegir.
Construir una vida que tenga sentido para mí.
No necesito encajar en una imagen determinada de mujer.
Necesito sentir que puedo ser yo.
Y eso también significa poder definir mi propia identidad sin que mi discapacidad sea utilizada para reducir mis posibilidades.
Hoy no quiero pedir permiso para existir
El Día Internacional de la Mujer también puede ser un momento para reconocer algo que a veces olvidamos: nuestra identidad no debería depender de la aprobación de los demás.
Hoy quiero celebrar a la mujer que soy.
Con mis luces y mis sombras.
Con mis dudas y mis certezas.
Con mis fortalezas y mis vulnerabilidades.
Con mi discapacidad.
Con mis sueños.
Con mi carácter.
Con mi creatividad.
Con mi niña interior.
Con todo aquello que todavía estoy aprendiendo.
No quiero ser la excepción que confirma la regla.
Quiero formar parte de una sociedad en la que las mujeres con discapacidad no tengan que demostrar constantemente que merecen estar.
Una sociedad en la que nuestra presencia sea normal.
En la que nuestra voz sea escuchada.
En la que nuestra autonomía sea respetada.
En la que necesitar apoyos no signifique perder derechos.
En la que nuestra discapacidad no determine lo que podemos llegar a ser.
Y yo, ¿qué mujer quiero ser?
Con el paso de los años he comprendido que nadie puede escribir mi historia por mí.
Ni los prejuicios.
Ni las expectativas ajenas.
Ni las etiquetas.
Ni siquiera aquellas personas que creen saber qué es lo mejor para mí.
La historia que me define es la que elijo construir cada día.
Eso no significa tenerlo todo bajo control.
Tengo dudas.
Tengo miedos.
Tengo días buenos y días malos.
Tengo un carácter fuerte.
Soy exigente conmigo misma.
Y todavía estoy aprendiendo.
Pero quizá precisamente ahí esté una de las partes más importantes de crecer: comprender que nuestra identidad no es algo terminado.
La vamos construyendo con nuestras decisiones, nuestras experiencias, nuestros errores, nuestras relaciones, nuestros aprendizajes y también con aquello que decidimos dejar atrás.
Por eso, ser mujer no significa cumplir una definición.
Significa tener la libertad de construir la propia.
Reflexión final: la igualdad también necesita que cambiemos la pregunta
Para mí, el Día Internacional de la Mujer no debería servir únicamente para recordar cuánto hemos avanzado o cuánto nos queda por conquistar.
También debería ayudarnos a cambiar algunas preguntas.
En lugar de preguntarnos únicamente qué pueden hacer las mujeres para superar las barreras, deberíamos preguntarnos qué está haciendo la sociedad para eliminar esas barreras.
En lugar de preguntarnos por qué una mujer necesita determinados apoyos, deberíamos preguntarnos si esos apoyos le permiten decidir y participar en igualdad.
En lugar de preguntarnos por qué algunas mujeres no están presentes en determinados espacios, deberíamos preguntarnos qué obstáculos pueden estar impidiendo su participación.
Y en lugar de esperar que todas las mujeres se adapten al mismo modelo de vida, deberíamos construir una sociedad suficientemente flexible para que podamos vivir de maneras diferentes sin que nuestras diferencias se conviertan en desigualdad.
También debemos dejar de entender la igualdad como una responsabilidad exclusiva de las mujeres.
Los cambios que necesitamos no pueden depender únicamente de quienes han experimentado directamente la desigualdad. Necesitamos hombres dispuestos a escuchar, cuestionar modelos aprendidos, compartir responsabilidades y educar desde otros referentes. Necesitamos mujeres que puedan ejercer plenamente sus derechos y decidir sobre sus propias vidas. Y necesitamos generaciones que crezcan entendiendo que la igualdad no es una guerra entre hombres y mujeres, sino una construcción colectiva.
Porque la igualdad real no consiste en conseguir que todas seamos iguales.
Consiste en que nuestras diferencias no determinen cuánto valemos, qué derechos podemos ejercer ni hasta dónde podemos llegar.
Mi discapacidad forma parte de mí, pero no es toda mi identidad.
Soy mis decisiones.
Mis sueños.
Mis errores.
Mis aprendizajes.
Mis contradicciones.
Mis proyectos.
Mis emociones.
Mi creatividad.
Mi manera de mirar el mundo.
Soy todas las versiones de mí que me han traído hasta aquí.
Y también soy la mujer que todavía estoy construyendo.
Por eso, este 8 de marzo no quiero pedir permiso para ser quien soy.
Quiero seguir siendo yo.
Porque ser mujer con discapacidad no me resta valor.
No soy menos mujer.
No soy menos capaz.
No soy menos válida.
Soy mujer. Soy yo. Y no necesito pedir permiso para serlo. 💜✨
Viviendo a través de la Parálisis Cerebral
Un espacio de divulgación social donde la experiencia, el conocimiento y la accesibilidad se unen para comprender la discapacidad y otras realidades invisibilizadas, promoviendo una sociedad más inclusiva, comprometida y humana.

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