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El poder de las palabras: lo que escribir sobre discapacidad me ha enseñado en el Día del Libro

 


El poder de las palabras: escribir para entenderme y transformar la mirada sobre la discapacidad

Introducción: celebrar el Día del Libro desde el otro lado de las páginas

Cada 23 de abril celebramos el Día Internacional del Libro, una fecha que nos invita a recordar el valor de la lectura y el papel que los libros han tenido en la historia como herramientas para transmitir conocimiento, preservar la memoria y acercarnos a otras formas de entender el mundo.

La elección de esta fecha no es casual. Coincide con la conmemoración de la muerte de grandes figuras de la literatura universal, como Miguel de Cervantes y William Shakespeare, y con el paso del tiempo se ha convertido en una jornada dedicada a fomentar la lectura, reconocer el trabajo de quienes escriben y poner en valor el poder transformador de las palabras.

Cuando llega este día, las redes sociales y los medios de comunicación se llenan de recomendaciones literarias, autores favoritos, frases inspiradoras y libros que, de una forma u otra, cambiaron la vida de quienes los leyeron.

Y me parece una manera preciosa de celebrarlo.

Los libros tienen una capacidad extraordinaria para acompañarnos en distintos momentos de nuestra vida. A veces llegan justo cuando necesitamos una respuesta. Otras veces nos ayudan a comprender emociones que no sabíamos explicar o nos ofrecen una mirada diferente sobre una realidad que creíamos conocer. Y, en muchas ocasiones, simplemente nos hacen sentir menos solos al descubrir que alguien, en algún lugar, vivió algo parecido a lo que nosotros estamos viviendo.

A mí también me ha ocurrido.

Hay libros que llegaron en momentos muy concretos de mi vida y dejaron una huella que todavía conservo. Frases subrayadas que sigo recordando años después, historias que me hicieron replantearme ideas que daba por sentadas y autores que me enseñaron que las palabras pueden permanecer mucho tiempo en nuestra memoria.

Pero este año quiero celebrar el Día del Libro desde un lugar diferente.

No solo desde la mirada de quien lee, sino también desde la de quien escribe.

Porque, con el paso del tiempo, he descubierto que escribir no consiste únicamente en ordenar palabras sobre una página. Es una forma de comprender lo que vivimos, de cuestionar aquello que damos por hecho, de construir pensamiento y, en mi caso, también de entenderme mejor a mí misma.

Y, además, escribir sobre discapacidad me ha enseñado algo que hoy considero fundamental: las palabras nunca son inocentes. Cada una de ellas puede contribuir a reforzar prejuicios o a derribarlos, invisibilizar realidades o hacerlas visibles, levantar barreras o ayudar a construir una sociedad más inclusiva.

Quizá esa sea una de las mayores lecciones que me ha regalado la escritura: comprender que cada palabra que elegimos dice algo sobre el mundo que queremos construir.

Escribir para entenderme: cuando las palabras también construyen a quien las escribe

Durante mucho tiempo pensé que escribir consistía, simplemente, en contar historias o compartir ideas. Me gustaba hacerlo, disfrutaba buscando las palabras adecuadas y encontraba una satisfacción especial cuando un texto conseguía expresar exactamente lo que quería decir.

Sin embargo, con los años descubrí que, para mí, escribir significaba mucho más.

No era únicamente una forma de comunicarme con otras personas.

También era una manera de escucharme a mí misma.

Hay pensamientos que resultan difíciles de ordenar mientras permanecen dando vueltas en nuestra cabeza. Emociones que parecen confusas, experiencias que no terminamos de comprender o preguntas para las que todavía no tenemos una respuesta clara.

En muchas de esas ocasiones, escribir se convirtió en mi forma de detenerme y pensar.

Cuando empiezo un texto, no siempre sé cómo va a terminar. Muchas veces comienzo con una idea sencilla y, a medida que escribo, aparecen recuerdos, conexiones o reflexiones que ni siquiera sabía que estaban ahí.

Es como si las palabras fueran poniendo orden poco a poco.

Como si cada párrafo me ayudara a comprender un poco mejor aquello que estoy viviendo.

Por eso nunca he sentido que escribir sea únicamente un ejercicio creativo.

También ha sido una herramienta para crecer.

A través de la escritura he aprendido a observar la realidad con más calma, a hacerme preguntas antes de aceptar respuestas fáciles y a mirar muchas situaciones desde perspectivas diferentes.

Incluso cuando escribo sobre temas sociales, siempre ocurre algo parecido: mientras intento explicar una realidad a quienes me leen, también sigo aprendiendo sobre ella.

Y quizá eso sea lo que más me gusta de escribir.

Que nunca deja de enseñarme.

Con el tiempo también dejé de pensar que solo podían llamarse escritores quienes habían publicado un libro.

Comprendí que escribir no depende únicamente de una publicación o de un reconocimiento.

Escribe quien necesita convertir sus pensamientos en palabras.

Quien utiliza un cuaderno, un ordenador o un blog para compartir aquello que considera importante.

Quien encuentra en la escritura una manera de comprender el mundo y de aportar algo a los demás.

Yo me reconozco en esa forma de entender la escritura.

Porque, sin darme cuenta, mientras escribía para compartir mis reflexiones con otras personas, también estaba escribiendo la historia de mi propio crecimiento.

Y fue precisamente ese camino el que me llevó a descubrir otra lección que cambió por completo mi forma de comunicar: comprender que las palabras no solo sirven para expresar lo que pensamos.

También pueden cambiar la manera en que una sociedad entiende la realidad.

Cuando empecé a escribir sobre discapacidad, también cambié mi forma de comunicar

Durante mucho tiempo escribí para comprenderme a mí misma. Pero llegó un momento en el que mi escritura empezó a mirar también hacia fuera.

Comencé a hablar de discapacidad desde mi propia experiencia, con la intención de compartir una realidad que conocía de primera mano. Al principio pensaba que simplemente estaba contando vivencias personales o reflexionando sobre situaciones que formaban parte de mi día a día.

Sin embargo, muy pronto descubrí que escribir sobre discapacidad implicaba una responsabilidad mucho mayor.

Cada artículo me obligaba a detenerme antes de publicar. A preguntarme si la información era correcta, si estaba ofreciendo una visión completa del tema y si las palabras que había elegido contribuían realmente a explicar esa realidad con respeto y rigor.

Ese proceso cambió profundamente mi manera de comunicar.

Empecé a investigar más, a consultar fuentes, a leer documentos especializados y a conocer el trabajo de profesionales, entidades y otras personas con discapacidad que aportaban perspectivas diferentes a la mía.

También aprendí algo igual de importante: escuchar.

Porque ninguna experiencia individual puede representar por sí sola la realidad de un colectivo tan diverso como el de las personas con discapacidad.

Cada historia es única, y comprender esa diversidad me ayudó a escribir con una mirada mucho más amplia, más consciente y más respetuosa.

Fue entonces cuando entendí que comunicar no consiste únicamente en transmitir información.

También significa asumir la responsabilidad de cómo esa información puede influir en la manera en que otras personas entienden una realidad.

Cada texto puede contribuir a generar conocimiento, despertar preguntas, cuestionar prejuicios o abrir conversaciones que antes parecían invisibles.

Y precisamente por eso comprendí que escribir sobre discapacidad requería algo más que experiencia personal.

Requería compromiso.

Compromiso con la verdad.

Compromiso con el respeto.

Y compromiso con una comunicación que ayudara a construir una sociedad más informada, más inclusiva y más humana.

A medida que avanzaba en ese camino descubrí otra lección que, desde entonces, guía cada uno de mis textos.

Las palabras nunca son neutrales.

La forma en que nombramos la realidad también influye en la forma en que la comprendemos.

Las palabras también construyen la realidad

Fue entonces cuando comprendí algo que hoy considero una de las mayores enseñanzas que me ha dado la escritura: las palabras no solo describen la realidad, también influyen en la forma en que la interpretamos.

El lenguaje nunca es completamente inocente.

Con las palabras explicamos el mundo, transmitimos valores, construimos imaginarios colectivos y damos forma a muchas de las ideas que compartimos como sociedad. Por eso, la manera en que hablamos de un colectivo puede contribuir a favorecer su inclusión… o, por el contrario, reforzar prejuicios que llevan años instalados entre nosotros.

Cuando empecé a analizar cómo se hablaba de la discapacidad, descubrí que muchas expresiones estaban tan normalizadas que apenas nos deteníamos a pensar en ellas.

No siempre había mala intención.

En la mayoría de los casos simplemente eran formas de hablar que habíamos aprendido y repetido durante años sin cuestionarlas.

Sin embargo, una expresión puede parecer inofensiva y, al mismo tiempo, transmitir una idea equivocada.

Porque no es lo mismo presentar a una persona con discapacidad como protagonista de su propia vida que reducirla únicamente a su diagnóstico.

No es lo mismo informar que recurrir al sensacionalismo.

No es lo mismo visibilizar una realidad que convertirla en un espectáculo.

Tampoco es lo mismo hablar con las personas que hablar por ellas.

Con demasiada frecuencia, las personas con discapacidad seguimos apareciendo en determinados relatos desde dos extremos muy alejados de la realidad.

En ocasiones se nos presenta desde la compasión, como si nuestra vida estuviera definida únicamente por el sufrimiento.

En otras, se nos convierte en ejemplos de superación permanente, como si cualquier aspecto cotidiano de nuestra vida tuviera que servir para inspirar a los demás.

Ambas miradas simplifican nuestra realidad.

Porque, antes que cualquier otra cosa, somos personas.

Con proyectos, errores, contradicciones, alegrías, miedos, relaciones, sueños y una vida que no puede resumirse en un titular ni en un estereotipo.

Escribir sobre discapacidad me ha enseñado que una comunicación verdaderamente inclusiva no consiste en buscar palabras “perfectas”.

Consiste en mirar a las personas con respeto, reconocer su dignidad y contar las historias desde la realidad, sin paternalismo, sin dramatizar y sin idealizar.

Al final, el lenguaje es mucho más que una herramienta para comunicarnos.

También es una forma de construir la sociedad en la que queremos vivir.

Y cuando elegimos las palabras con conciencia, no solo mejoramos nuestra manera de expresarnos.

También contribuimos, poco a poco, a cambiar la forma en que muchas personas entienden la discapacidad y la diversidad humana.

Comunicar también es una forma de cuidar

Después de todo este proceso comprendí que escribir nunca es un acto completamente individual.

Cada texto que publicamos tiene la capacidad de influir, aunque sea de una forma pequeña, en la manera en que otras personas entienden una realidad.

Por eso, comunicar también implica una responsabilidad.

No significa escribir con miedo a equivocarse ni pensar que existe una única forma correcta de expresar las cosas.

Significa asumir el compromiso de informarse, contrastar la información, revisar nuestros propios prejuicios y preguntarnos qué impacto pueden tener nuestras palabras en quienes las reciben.

Esta responsabilidad no corresponde únicamente a quienes escribimos.

También forma parte del trabajo de periodistas, docentes, profesionales de la comunicación, instituciones, creadores de contenido y, en realidad, de cualquier persona que comparte información o participa en una conversación pública.

Todos contribuimos, de una manera u otra, a construir el relato colectivo sobre la realidad que nos rodea.

Y ese relato importa.

Importa porque condiciona la forma en que entendemos a los demás.

Porque influye en nuestras actitudes, en nuestras decisiones y, muchas veces, también en las oportunidades que tienen determinadas personas para participar plenamente en la sociedad.

En el ámbito de la discapacidad, esto resulta especialmente evidente.

Una comunicación responsable no consiste únicamente en evitar expresiones inadecuadas.

Consiste en ofrecer información rigurosa, contextualizar los hechos, mostrar la diversidad de experiencias y dar protagonismo a las propias personas con discapacidad cuando se habla de cuestiones que afectan directamente a sus vidas.

Solo así podremos construir una mirada más completa y más cercana a la realidad.

Como escritora, ese es también el compromiso que intento mantener en cada publicación.

No escribo para dar lecciones ni para tener la última palabra.

Escribo para abrir conversaciones, compartir conocimiento, despertar preguntas y aportar una mirada que nazca tanto de mi experiencia como del respeto hacia las experiencias de los demás.

Porque creo que la comunicación tiene un enorme poder transformador.

Y cuando se ejerce con conciencia, con sensibilidad y con rigor, puede convertirse en una de las herramientas más valiosas para construir una sociedad más informada, más inclusiva y más humana.

Mi reflexión: escribir también me ha transformado

Cuando empecé a escribir, pensaba que solo estaba compartiendo lo que sentía y lo que había vivido.

Con el tiempo comprendí que, sin darme cuenta, también me estaba construyendo a mí misma.

Cada publicación me ha obligado a detenerme, a hacerme preguntas, a revisar mis propias ideas y a mirar la realidad con más profundidad.

Escribir me ha enseñado a escuchar antes de opinar, a comprender antes de juzgar y a aceptar que siempre hay algo nuevo que aprender.

También me ha permitido descubrir una parte de mí que siempre había estado ahí, aunque tardé años en reconocerla.

Hoy sé que escribir no es solo una afición.

Es una forma de pensar.

De aprender.

De ordenar mis ideas.

De transformar experiencias en conocimiento.

Y, sobre todo, de dar sentido a muchas de las cosas que he vivido.

Si alguna vez me preguntan qué me ha dado la escritura, no responderé que me ha enseñado únicamente a comunicar mejor.

Responderé que me ha ayudado a conocerme mejor.

Porque, mientras intentaba encontrar las palabras para explicar el mundo que me rodea, también fui encontrando las palabras que necesitaba para entender quién soy.

Y esa, probablemente, ha sido la historia más importante que he escrito hasta ahora.

La comunicación también construye la sociedad que dejamos

Después de todo este recorrido, creo que el verdadero valor de escribir no está únicamente en contar una historia, sino en la capacidad que tienen las palabras para influir en la forma en que convivimos.

Toda sociedad se construye a partir de los relatos que comparte.

Las leyes son importantes. Las políticas públicas también. Pero la manera en que hablamos de las personas, los colectivos y las diferencias influye igualmente en la cultura que creamos entre todos.

Por eso, una comunicación responsable no debería limitarse a evitar errores o utilizar un lenguaje más adecuado.

Su mayor reto consiste en contribuir a una ciudadanía más crítica, más informada y más capaz de comprender la complejidad de la realidad.

Cuando contamos las historias con rigor, escuchando a quienes las protagonizan y evitando los estereotipos, favorecemos una sociedad donde resulta más fácil reconocer la diversidad como una parte natural de la condición humana.

En cambio, cuando simplificamos las experiencias, repetimos prejuicios o dejamos fuera determinadas voces, no solo empobrecemos la información. También limitamos nuestra capacidad de comprender a los demás.

Vivimos en una época en la que cada persona puede convertirse en comunicadora con un simple mensaje, una fotografía o una publicación en redes sociales.

Eso convierte la comunicación en una responsabilidad compartida.

Todos contribuimos, en mayor o menor medida, a construir el relato colectivo con el que las próximas generaciones entenderán el mundo.

Quizá por eso escribir nunca ha sido únicamente un acto creativo.

También es un acto de compromiso.

Un compromiso con la verdad, con el respeto y con la convicción de que una sociedad más inclusiva empieza mucho antes de eliminar una barrera física.

Empieza cuando aprendemos a mirar a las personas desde su dignidad, a escuchar sus propias voces y a comprender que ninguna realidad debería ser explicada sin contar con quienes la viven.

Ese es, para mí, el mayor poder de las palabras.

No solo contar el mundo tal como es.

También ayudarnos, poco a poco, a construir el mundo que queremos llegar a ser.

💜✨ Porque las palabras no cambian la realidad por sí solas, pero pueden cambiar la forma en que aprendemos a mirarla. Y toda transformación social comienza, primero, por una mirada diferente.

✦ ✦ ✦ 

Viviendo a través de la Parálisis Cerebral
Visibilizando la discapacidad desde la experiencia y la inclusión. Rompiendo barreras con una voz real que comparte vivencias, historias y reflexiones desde dentro.


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Viviendo a través de la Parálisis Cerebral

Un espacio de divulgación social donde la experiencia, el conocimiento y la accesibilidad se unen para comprender la discapacidad y otras realidades invisibilizadas, promoviendo una sociedad más inclusiva, comprometida y humana.

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