Quiero pronunciarme y dejar claro mi punto de vista. Lo primero que quiero decir es que nadie es un ente aislado: cada persona es el resultado de su interacción constante con el entorno, con el tiempo, con el lugar y con la sociedad en la que vive. Todo lo que nos ocurre, cada experiencia, nos moldea y nos define. Son precisamente estas vivencias las que, hace dos años, llevaron a Noelia a tomar la drástica decisión de solicitar la eutanasia, dejando al descubierto que las redes de apoyo y los agentes sociales no cumplieron su función de acompañamiento ni de asistencia cuando más lo necesitaba
Queda demostrado que, en este caso, han fracasado todas las redes de apoyo y todos los agentes sociales que deberían haber intervenido para evitar que Noelia llegara a una situación tan crítica. Cuando una persona llega a ese punto, no estamos solo ante una decisión individual: estamos ante el reflejo de un fracaso colectivo. Ha faltado acompañamiento, presencia y ayuda real. Todo esto tuvo un desenlace trágico.
Planteo esto desde mi realidad como mujer con discapacidad y gran dependiente. Creo firmemente que los estamentos judiciales le han concedido la eutanasia amparándose en el derecho a decidir, un derecho que nos pertenece a cada persona. Yo soy yo y mi circunstancia.
Yo vivo en la cara opuesta de esa realidad. Cuento con un entorno familiar y social que me acompaña, y eso me permite vivir plenamente. Soy optimista por naturaleza, y aunque vivo con discapacidad y grandes necesidades de apoyo, mi filosofía ha sido siempre la misma: vivir a lo grande, con conciencia, con fuerza y con alegría. Elegir vivir plenamente no es ignorar la dificultad, sino decidir con conciencia cómo quiero enfrentarla.
He defendido y sigo defendiendo que las personas con discapacidad debemos ser protagonistas de nuestras vidas. Debemos decidir sobre todo lo que tiene que ver con la manera en que queremos vivir. No podemos permitir que otros decidan por nosotros.
Si en el futuro, mis circunstancias se complican o empeoran gravemente, solo a mí me corresponde decidir qué es lo que más me conviene: seguir un tratamiento o, llegado el caso, decidir poner fin a mi vida. Nadie puede invalidar esa decisión. Mi vida es mía y no le pertenece a nadie más.
Para decidir de verdad hacen falta apoyos, acompañamiento y la certeza de no estar sola. No es lo mismo tomar decisiones desde la soledad que desde la compañía, el respeto y la escucha. Como sociedad tenemos que mejorar: no basta con reconocer derechos, hay que garantizar que puedan ejercerse plenamente. Cada uno de nosotros puede ser parte de ese cambio real, porque acompañar y respetar decisiones es también un deber moral. La autonomía solo se ejerce plenamente cuando existe una conciencia social que la sostiene.
Desde mi experiencia y desde mi manera de entender la vida no tengo ninguna duda . Lo puedo decir más alto, pero no más claro:
Mi vida es mía. No pido permiso para vivir ni para decidir. Es mi derecho. Hoy y siempre.
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